‘Nadie sabe la sed que otro vive’ es, como diría el Chapulín Colorado, un ‘viejo y conocido refrán’. Usualmente sirve de invitación para poner en práctica la empatía o, como reza otro refrán, para ‘ponerse en los zapatos del otro’, quien, dicho sea de paso, suele ser parte de nuestro propio tiempo y hasta de nuestra cotidianidad. Pero también podemos pensar en muchos ‘otros’ en la historia, irremediablemente inasequibles en virtud de las barreras infranqueables que nos presenta el paso del tiempo. Su sed, sus zapatos, su dolor y sus luchas todavía resuenan, aunque es fácil perder todo de ello de vista, bien sea porque otros asuntos capturan nuestra atención o por el mal hábito de falsificar la historia, al estilo del Departamento de Registro en la famosa novela 1984 de George Orwell.
Hay canciones que no solo son un testimonio de hechos lamentables del pasado, sino un recordatorio de cuán frágiles e inestables pueden ser nuestros escenarios políticos y un clamor para no olvidar a aquellos que, en nombre de la justicia y la dignidad, sufrieron horrores simplemente inenarrables. Aunque su sed pereció con ellos, otros se tragaron su dolor y se pusieron sus zapatos. Hoy quiero traer a la memoria tres de esas canciones: Anacaona, Antes de que nos olviden y Flor de retama. Son parte de tradiciones musicales distintas: la salsa, el rock en español y el huayno, respectivamente. Sin embargo, las tres hablan de masacres; de episodios donde cualquier vestigio de humanidad en aquellos que dieron la orden de matar —o en aquellos que obedecieron dichas ordenes— se disipó por completo para satisfacer otro tipo de sed: la de la subyugación, la codicia y la intolerancia.
Anacaona, escrita por Catalino Curet Alonso y famosa en la voz de ‘Cheo’ Feliciano, es un homenaje a la reina del pueblo Taíno, una comunidad indígena que habitaba lo que hoy es Haití y Cuba en el momento de la llegada de los españoles. Anacaona lideró la resistencia y eventualmente procuró la paz con los invasores, pero a la larga, cuando finalmente lograron capturarla, la ahorcaron, en medio del exterminio impune de millares de Taínos, mientras estos celebraran la fiesta ritual del areito. Casi cinco siglos más tarde, en 1968 y 1969, otras dos masacres, la primera en México y la segunda en Perú, fueron la inspiración dolorosa para Antes de que nos olviden, de Caifanes, y Flor de retama, una composición de Ricardo Dolorier y cuya interpretación más memorable es, quizás, aquella de Martina Portocarrero. Ambas masacres fueron contra estudiantes y para reprimir protestas legítimas. De la misma forma como Colón y sus descendientes inmediatos hicieron con Anacaona y los Taínos, los gobiernos dictatoriales de Gustavo Díaz Ordaz y Juan Velasco Alvarado lidiaron con el clamor popular a sangre y fuego.
Como muestra León García Corona, a la vez que mexicanos de distintos sectores sociales disfrutaban de la gira de Duke Ellington por el país, un movimiento estudiantil en contra del abuso de la violencia estatal y en defensa de la autonomía universitaria estaba ganando fuerza. El 2 de octubre de 1968, en medio de una protesta masiva en la famosa Plaza de las Tres Culturas de Ciudad de México, el ejército abrió fuego contra los manifestantes. Como en otras tantas ocasiones similares, y como haciendo latente la falta de creatividad de parte de los regímenes opresores, las fuerzas armadas infiltraron personal entre los estudiantes para hacerlos pasar por instigadores y terminaron por presentar una cifra oficial de víctimas tan ínfima como ridícula. Si parece otra versión de la masacre de las bananeras es porque a lo mejor lo es. Menos de un año después, en junio de 1969, estudiantes y campesinos de la ciudad de Huanta, en Perú, se movilizaron en contra del Decreto Supremo 006-69 que imponía costos exorbitantes para la educación pública. En respuesta, como eco de otras barbaridades de antaño, el gobierno mandó a los ‘Sinchis’, una fuerza especial de la policía cuyas habilidades bélicas sirvieron para dejar al menos veinte víctimas mortales.
Pero estas canciones no solo retratan la historia. A menudo son instrumentos para replantearse el presente e imaginar el futuro. Por ejemplo, como explica Julio Mendívil, «(..) se ha dicho a menudo que Flor de retama es significativa porque retrata la memoria de la guerra interna que vivió el Perú en los años ochenta. Pero esto es solo parcialmente cierto. Flor de retama es más bien una herramienta cultural con la cual distintos actores sociales construyen diversas memorias sobre los años de violencia.» Y a lo mejor lo mismo podría decirse casi de cualquier canción que dé cuenta de la historia, pues la música, como nos recuerda Alejandro Madrid, «… existe siempre más allá del espacio y tiempo en que es creada; la música del pasado existe en el presente como música» y no simplemente como un vestigio del pasado. No podemos saber de la sed con la que los Taínos bebieron el trago amargo de la conquista ni ponernos en los zapatos de los estudiantes masacrados en México y Perú, pero a la vez que la música suena y vuelve a sonar podemos imaginar el sonido de su ‘angustiado corazón’, y con ello, hacer de tripas corazón para afrontar las contradicciones de nuestro propio tiempo.