Asistir en directo a la delicada conversación que establecen entre sí los integrantes de un cuarteto de cuerdas es una experiencia memorable. El timbre particular de estos instrumentos de cuerda, así como sus posibilidades técnicas, han seducido desde hace casi trescientos años a un número cada vez más importante de compositores y de intérpretes que no dudan en consagrarse a este tipo de formato instrumental. La palabra ‘consagrar’ cobra acá un sentido casi literal, pues el nivel de comunión que se establece entre los integrantes de un cuarteto es algo difícil de superar. Y aunque mi opinión pueda parecer subjetiva al ser yo misma intérprete de la viola, uno de los instrumentos que conforman este tipo de conjunto, sirve también como testimonio del nivel de exigencia y conciencia musical que demanda la interpretación del repertorio dedicado a estos ensambles.

Con todo esto en mente llegué al encuentro de los cuatro jóvenes integrantes del Cuarteto Agate el pasado domingo 25 de febrero en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Este conjunto francés nos ofreció un concierto, por decir lo menos, sorprendente: solo tres obras conformaban el programa, con la particularidad de haber sido escritas cada una en un siglo distinto lo que, en perspectiva, nos permitió apreciar las diferencias estilísticas entre ellas y además de entender a cada una de ellas como parte de una época particular. También fueron la ocasión perfecta para que estos intérpretes demostraran una amplia gama de recursos musicales que les permitieron adaptarse a las exigencias de obras muy disimiles entre sí.

El concierto debutó con una obra del periodo clásico: el Cuarteto de cuerdas en mi bemol mayor K.428 de Wolfgang Amadeus Mozart. Este es uno de los ‘Cuartetos Haydn’ compuestos en homenaje al compositor, amigo, colega y mentor de Mozart. Acá se asocian los nombres de los dos más importantes compositores de este periodo, que vio nacer al cuarteto de cuerdas. Su escritura es brillante, inocente, divertida y juguetona con importantes referencias a la danza. Destaca el segundo movimiento, reflexivo y expresivo, con algunas secciones disonantes, y estéticamente muy distinto a los demás. Entusiasmados los intérpretes danzaron, dialogaron y discutieron entre líneas y entre cuerdas, logrando un gran equilibrio y cohesión entre las partes. Cada uno fue protagonista y acompañante respetando su rol y el de los demás. Descubrimos desde el público la pasión y vehemencia con la que interpretan cada sección con una coordinación impecable entre ellos y la partitura.

La segunda obra fue, sin embargo, la obra más sorprendente del concierto, no solo por su contexto sino por su escritura. El Cuarteto de cuerdas en do menor No. 8, Op. 110 compuesto en 1960 por Dmitri Shostakovich en honor a las víctimas del fascismo, es la obra de un hombre que vivió la persecución de Stalin y conocía la angustia y la desesperanza que efectivamente translucen en esta obra. Desde la primera nota parecíamos estar frente a un conjunto muy distinto del que tocó la primera obra. Llevándonos a un ambiente completamente distinto, cambió la técnica, cambió la expresión corporal y cambió el sonido. Una obra larga y densa (cinco movimientos sin pausa) pero además con una escritura llena de referencias, como aquellas hechas a melodías judías o a las iniciales del nombre del compositor, que fueron brillantemente puestas en relieve por los integrantes del cuarteto. Apasionada, intensa y con un perfecto respeto de los matices, fue una obra en la que los intérpretes supieron mantenernos completamente cautivos.

Terminó el recital el Cuarteto de cuerdas en sol mayor No. 13, Op.106 compuesto en 1895 por Antonin Dvorák un verdadero ‘puente’ entre el estilo de los dos primeros compositores, con elementos ‘mozartianos’ por un lado, pero con un estilo que se debatía entre solemne y sobrio por otro. Una vez más estos interpretes cambiaron de piel, manteniendo el apasionamiento que los caracteriza, pero sumándole un delicado tratamiento de cada una de las partes, difícil por la densidad de la escritura. El final llegó no sin cierta nostalgia al saber que la experiencia de oír y, mejor aún, ver tocar a un conjunto de estas características es una oportunidad única. Me quedo con su espíritu joven, apasionado, sincero, respetuoso de cada detalle, siempre en busca del equilibrio, apegados al estilo de cada composición sin perder de vista su propia interpretación, garantía de autenticidad. ¡Que bella experiencia! 

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Foto del concierto del Cuarteto Agate en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango
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