El origen del término museo tiene sus orígenes en la época de Tolomeo, quien fundó en Alejandría un espacio denominado mouseion, el cual albergaba un jardín botánico, un zoológico, un observatorio astronómico y diversas salas de anatomía, junto con salas que albergaban objetos científicos. Este espacio era frecuentado por pensadores e investigadores y con el paso del tiempo, se designó la palabra museum por parte de los romanos para nombrar un área especial en el que tenían lugar las reuniones de los filósofos, espacio custodiado por las musas. Durante el Renacimiento italiano se configura el término para adaptarlo a espacios donde se muestran objetos importantes. Muestra de ello lo representa la construcción de un edificio por parte del humanista italiano Paolo Giovio para albergar su colección de arte. Diversas galerías o espacios expositivos fueron creados de esta manera, como el palacio de los Uffizi en Florencia, con colecciones de los Médicis y la galería Antiquarium de Alberto V en Baviera.
Durante los siglos XVI y XVII el arte es destinado a ser el objeto de contemplación de la aristocracia y la nobleza, vetando el acceso a las clases sociales inferiores. Es precisamente en el periodo renacentista cuando se desliga el arte de su función sagrada, concerniente a la religión y deja de ser expuesta en iglesias, catedrales y conventos. Asimismo, se permite su intención profana de disfrute y plasmación, lo que orienta el arte a un sentido más comercial. A finales del siglo XVIII se da la apertura pública oficial del museo como institución que alberga obras de gran valor artístico y comercial con la fundación del Louvre en París en plena agitación de la Revolución Francesa. Durante este periodo se crea la concepción de estado moderno que pretende legitimar su identidad mediante los símbolos, objetivo que es apoyado por pensadores y políticos al reconocer en el museo un espacio de representación patrimonial. De esta acción surgen diversos museos nacionales en Europa, conformados con pasadas colecciones reales, donadas, compradas y en ocasiones, expropiadas. Desde Francia surgió la idea del museo como lugar de encuentro y reflexión de la memoria nacional que no enseñara sobre ideales de belleza o buen comportamiento.
Durante el siglo XIX, la noción de museo estuvo enfocada en el coleccionismo metódico y organizacional, adaptado a los numerosos descubrimientos de civilizaciones antiguas y conquistas que se daban a través del coleccionismo. Ya en el siglo XX se desarrolló la temática del museo como contenedor neutral del objeto artístico, que permite su libre interpretación y vivencia subjetiva por parte de los espectadores. Por otra parte, está muy marcada la concepción que el museo desliga el contexto original de la obra de arte para pasarlo a un lugar de deleite y explotación cultural. Las diversas vanguardias de comienzos del siglo XX como el dadaísmo y el expresionismo le quitan poder expositivo al museo y desarrollan obras con un sentido más crítico y radical, asuntos que hasta ese entonces no eran tratados en estos lugares tradicionales. Asimismo, con la llegada del denominado “arte moderno” en la década de 1930 y 1940, los artistas prefieren la utilización de nuevos medios y espacios artísticos para exponer sus ideas y obras, lo que genera una ruptura con el ámbito museal. De igual forma, las siguientes décadas van a presentar diversos ideales artísticos novedosos como la práctica de no exhibir obras de artistas en museos, propósito muy ligado con la reivindicación de espacios no convencionales como la calle y áreas a espacio abierto; por consiguiente, esta idea también está adherida a la intervención del arte por parte de los visitantes. Ya en las décadas de 1980 y 1990, el museo se centra más en la gestión cultural y en el ámbito empresarial, centrando sus propósitos institucionales en la didáctica, la interacción dinámica y la llegada de nuevos preceptos de la museología contemporáneo.
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