Se caracterizó el panorama de la escena artística colombiana de comienzos del siglo XX, por la predominancia de los cánones de representación pictórica academicista, con gran preeminencia en el género del paisaje, donde el verismo y la preocupación por imitar la naturaleza, sin dejar de captar la belleza inscrita en ella, complejizaba la introducción de las vanguardias artísticas surgieron en le ultimo cuarto del siglo XIX en Europa. Andres de Santa María, artista bogotano, que se crio en el Viejo Continente, tuvo un breve paso por Colombia, en donde dirigió la Escuela de Bellas Artes, entre 1904 y 1911, en una estancia que aprovecho para cultivar las trazas estéticas del posimpresionismo, por entonces en boga en el ambiente artístico de Paris, con la preocupación por capturar los efectos de la luz sobre los colores, la aplicación de los oleos al impasto, y la creación de escenas de connotaciones expresionistas, sacrificando en detalles de minuciosidad académica, algo que no fue bien visto por los adalides del arte decimonónico, con lo cual acabó renunciando a su cargo partiendo a Bruselas para no volver nunca más.
La resistencia a la introducción de aquellas innovaciones, en salvaguarda de un modo tradicional de representar sus escenarios, coexistió con la paulatina adopción de aquellos influjos de la modernidad que, tras el ejemplo de Santa María, otros artistas colombianos, quienes habían tenido la oportunidad de viajar a Europa para formarse en sus más prestigiosas academias, regresaron al país para impartir sus nuevos conocimientos. De ahí el gran renombre al que se hicieron personajes como Ricardo Borrero Álvarez, Roberto Paramo, Jesús María Zamora, Ricardo Moros Urbina, Eugenio Zerda, Francisco Antonio Cano, Marco Tobón Mejía, entre otros.
Para los años treinta, bajo la sombra del impacto mediático suscitado por los monumentales trabajos del Muralismo mexicano, un conjunto de jóvenes artistas optó por reivindicar las tradiciones autóctonas del país, a través de la adopción estética de patrones geométricos y temáticos de ascendencia indígena y campesina. Esto se sintetizó con la publicación del manifiesto de los Bachué, en el cual declaran haber ¨oído la llamada de la tierra¨ a fin de denotar y exhibir la ¨verdad desnuda¨ del escenario geográfico y social del país. No sea atenían a un compromiso propiamente nacionalista, pues no seguían los dogmas programáticos correspondientes a organización política alguna, a diferencia de la inspiración de sus congéneres mexicanos. Sus obras desplegaron toda una versatilidad técnica, poniendo a disposición de sus ideales temáticos, la redención del rol social de comunidades campesinas e indígenas, en piezas como esculturas, pinturas y la fotografía, entre cuyos representantes identificamos a Rómulo Rozo, Luis B. Ramos, Ramón Barba, Josefina Albarracín, Luis Alberto Acuña, José Domingo Rodríguez, Julio Abril.
Simultáneamente, se fue afirmando una veta estilística que, alejándose de las presunciones nacionalistas de los Bachué, optó por darle cabida a la creación de mundos y figuras que les permitieran experimentar con las formas, las gamas cromáticas, la gestualidad de la aplicación pictórica; y la llegada del artista alemán Guillermo Wiedemann al país, en 1939, por el puerto de Buenaventura, se erigió en ejemplo de obras enmarcadas en la recreación visual de la cotidianidad de las comunidades afro de la zona, con un lenguaje pictórico de claras evocaciones expresionistas traídas de su natal Alemania. El expresionismo poco a poco iría adquiriendo fuerza cuando artistas como Débora Arango, se atrevieron a resaltar en sus imágenes, las particulares condiciones de sujeción y explotación femenina, posteriormente pasando a subrayar mensajes críticos, mediante alegorías, hacia el orden político establecido. La abstracción también se fue haciendo un lugar con el interés de artistas como Eduardo Ramírez Villamizar o Edgar Negret, quienes propendieron por geometrizar las raíces expresionistas de sus obras, incursionando en el trabajo de materiales de origen industrial.
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