A finales de los noventa, Singh abandona la fotografía documental para centrarse en un mundo familiar e intimo que le interesa visual y emocionalmente:”me volvía a mi propio mundo y empecé a fotografiar a mis amigos y sus familias”. Comienza a crear un álbum en el que recomponer su pasado y escribir su propio futuro. En estos retratos colectivos de la clase alta urbana en interiores domésticos más que una crónica encontramos un autorretrato.
Los personajes aparecen verdaderamente como quieren que les vean las futuras generaciones, pues esa fotografía estará presente en sus casas y, aún más, son conscientes de que puede formar parte de libros y exposiciones en el futuro. A partir de ahora Singh enfatiza el valor de la imagen como documento, superior incluso al de la obra de arte.