Alberto Saldarriaga Roa (Bogotá, 1941), arquitecto de la Universidad Nacional, especializado en Vivienda y Planeamiento Urbano, es un destacado representante de la arquitectura colombiana, no tanto por los edificios que llevan su firma –aunque los hay, y de gran calidad-, si no por sus profundas reflexiones y teorías en torno al concepto de hábitat, o la forma en la que las personas se relacionan con los espacios. Durante décadas fue profesor de las facultades de arquitectura de las Universidad de los Andes y la Universidad Nacional y docente de diseño en la Universidad Jorge Tadeo Lozano.
Además de desempeñarse como profesor, Saldarriaga Roa fue coordinador académico de la Maestría en Historia del Arte y la Arquitectura de la Universidad Nacional, y decano de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. También estuvo vinculado con la Fundación Cosanti, una organización sin ánimo de lucro creada por el arquitecto italiano Paolo Soleri con el objetivo de reflexionar, divulgar y promover estudios de arquitectura y planeación urbana.
Este arquitecto bogotano es autor o coautor de numerosos libros sobre la historia de la arquitectura en Colombia, en los que destaca el papel de lo popular, y reflexiones en torno al concepto de habitar. Entre ellos sobresalen Hábitat y arquitectura en Colombia: modos de habitar desde el prehispánico hasta el siglo XIX (2016); Arquitectura para todos los días: la práctica cultural de la arquitectura (1988); Casa Republicana: la Bella Época en Colombia (1995); Casa moderna: medio siglo de arquitectura doméstica del siglo XX (1996); La arquitectura como experiencia: espacio, cuerpo y sensibilidad (2002); y Los lugares habitados: temas y variaciones (2010).
Desde la década de los setenta Saldarriaga Roa, comenzó a viajar por Colombia para registrar con su cámara –primero con una Brownie Fiesta y luego con una Rolleicord y una Pentax K1000– edificaciones, paisajes y conjuntos urbanos que le llamaban la atención o que expresaban algo sobre la compleja relación entre el ser humano y su entorno. El Saldarriaga fotógrafo disparaba con su cámara cuando veía en una construcción elementos de la cultura popular, ignorados hasta entonces por los transeúntes; cuando percibía ejemplos claros de las culturas campesinas (sobre todo de la cafetera, debido a sus orígenes: su familia paterna es caldense); cuando, en una vivienda, encontraba una narración de la identidad colombiana; cuando descubría vestigios prehispánicos o coloniales olvidados y a punto de desaparecer; cuando se encontraba frente a una obra de la arquitectura moderna firmada por alguno de sus colegas; y cuando veía la relación arquitectura-paisaje, ya fuera en casas campesinas del sur, del centro o de los Santanderes, en edificaciones palafíticas del Pacífico, o en viviendas de madera en los pueblos del Caribe y del archipiélago de San Andrés.
En sus fotografías, Saldarriaga consigue ser documental al tiempo que estético. Sus registros evidencian un claro sentido de la composición y uso de color, pero también tienen un propósito informativo y académico. A Saldarriaga le interesaba que quien se acercara a sus fotografías viera los materiales con los que están construidas las casas, de qué están hechos los tejados, cómo son los pisos y qué vigas los sostienen, y también, cuando se trata de arquitectura antigua o de conservación, en qué estado se encuentran las construcciones y los riesgos que afrontan. En las fotografías de Saldarriaga no hay preproducción, tampoco efectos, ni edición de Photoshop, y las personas no posan: él estaba interesado profundamente en mostrar el vínculo entre los espacios y quienes los habitan, por eso registró las escenas de la vida diaria con imperfecciones y defectos.
El Archivo
Desde 2020, aproximadamente 14.900 diapositivas a color, 4.900 negativos en blanco y negro y 83 cuadernos de apuntes y borradores de Saldarriaga hacen parte de la colección de la Red de Bibliotecas del Banco de la República y se conservan para su consulta en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Una parte de este archivo será exhibido durante 2024 y 2025, en la exposición “Alberto Saldarriaga Roa y la arquitectura: la experiencia de habitar”, que tendrá una versión itinerante.
Sobre sus cuadernos, Saldarriaga dice: “Soy ordenado hasta para hacer desorden”. Mientras estuvo activo, el arquitecto hizo esquemas y mapas conceptuales que le permitieron no solo aclarar su trabajo investigativo y teórico, sino también preparar las clases que lo convirtieron en un prestigioso profesor universitario. Asimismo, trazó los borradores de algunos de los proyectos arquitectónicos con los que se comprometió, aunque siempre prefirió la academia, la reflexión y la escritura sobre el hábitat y la fotografía. Desde niño, se interesó por la pintura (su primer cuadro, que hizo a los cinco años, fue la copia de un cuadro de Pierre-Auguste Renoir) y nunca dejó de pintar: lo obsesionaban los juegos geométricos que veía en muros, luces y sombras. “Me dedico a pintar paredes”, dijo alguna vez riendo.
En el libro Hábitat y arquitectura en Colombia (2016), Saldarriaga escribió: “La vivienda como el centro del mundo personal no es tan solo un depósito de muebles y enseres o un albergue que protege de las inclemencias del tiempo y de los peligros del entorno. Es también el sitio donde se alojan lo mítico, lo mágico, lo explicable y lo inexplicable”.
La colección digital
En 2024 la Biblioteca Virtual de la Red de Bibliotecas del Banco de la República publicó una selección de cerca de 400 fotografías del Archivo de Alberto Saldarriaga Roa. Esta selección se realizó a partir de dos lineamientos: el primero, fue darle prioridad al material del archivo físico dedicado a la arquitectura popular y, el segundo, descentralizar la colección, dándole protagonismo a las fotografías tomadas en las regiones.
Esta colección se encuentra dividida en ocho categorías:
Arquitectura popular: corresponde a construcciones hechas por personas sin educación formal en arquitectura y que no son el resultado de procesos planeación urbana. La arquitectura popular muchas veces está ligada a tradiciones aprendidas de generación en generación y a procesos de colonización de zonas del país. Así se entienden, entonces, como elementos de arquitectura popular las casas de buena parte de los pueblos, veredas y fincas. Materiales como la madera, el bahareque, la guadua y el adobe son representativos de esta tipología. Pero también hay una arquitectura popular urbana, relacionada con el crecimiento acelerado de las ciudades, en las que el cemento y el ladrillo son protagonistas.
Arquitectura prehispánica: corresponde no sólo a las formas de construir en América antes de la conquista y la colonia, sino también a las expresiones, técnicas y tradiciones indígenas que se mantienen en viviendas de hoy en diferentes zonas del país. La arquitectura prehispánica está presente, sobre todo, en los resguardos y zonas que habitan distintas comunidades indígenas.
Arquitectura colonial: en esta categoría se encuentran las obras arquitectónicas que tienen su origen entre la colonización española y 1819, cuando se proclama la Independencia. Comúnmente, cuentan con un patio central y están construidas con mampostería en adobe, ladrillo y piedra, y estructuras en madera para las cubiertas en teja de barro. Estas obras evidencian una clara influencia española: trazado en cuadrículas que gira en torno a una plaza central, en la que se encuentran los edificios del poder, presididos por el templo católico, cuyo campanario fue, durante años, la edificación más alta de la población.
Arquitectura republicana: corresponde a la arquitectura producida en el país entre 1820 y 1920. Según Saldarriaga, durante este periodo, la incidencia de los parques en la vida de los habitantes de una ciudad o pueblo sustituyó la de las plazas centrales, empezaron a aparecer las casas de dos pisos y los edificios religiosos y civiles de influencia neoclásica, y se empezaron a implementar materiales como el vidrio, el hierro y, tardíamente, el cemento.
Arquitectura moderna: corresponde, sobre todo, a edificaciones construidas en el siglo XX, de formas simples o geométricas, en la que se usan materiales como el ladrillo, el cemento y el concreto. Como lo anota Saldarriaga, “la casa moderna es fruto de una racionalidad y de una imaginación guiadas por ideas y principios. Es un acto de conciencia creativa”. Tras las obras de arquitectura moderna se asume que hay un arquitecto y planeación precisa. En la arquitectura moderna hay un enfoque analítico y funcional del diseño.
Paisaje arquitectónico pueblos: incluye fotografías que muestran la relación entre viviendas y edificios, y la geografía. El trabajo fotográfico de Saldarriaga evidencia su interés por este tipo de paisajes, que registra, comúnmente, a través de fotografías panorámicas. La fotografía de la arquitectura y urbanismo de un pueblo permite interpretar la historia del lugar: cómo creció, los materiales comunes en la zona, las diferencias sociales, las tragedias que ha sufrido la población y hasta sus lógicas morales y religiosas.
Paisaje arquitectónico ciudades: la planeación y el urbanismo, así como su ausencia, estructuran la forma cómo miramos la ciudad: generan un paisaje. Saldarriaga hace composiciones fotográficas en las que prevalecen la arquitectura moderna, pero también le interesa mostrar cómo las viviendas populares dialogan entre sí, o las relaciones entre un edificio contemporáneo, una avenida del siglo veinte y una iglesia colonial.
Paisaje natural: es aquel que ha sido poco, o para nada, modificado por el ser humano; se trata, por lo general, de ambientes no habitados. Saldarriaga también hizo tomas panorámicas de montañas, ríos, playas, selvas y bosques. Al tiempo que registraba manifestaciones arquitectónicas, tomaba fotografías de los paisajes del país. También se interesaba por los diálogos entre los paisajes naturales –muchas veces al fondo de las imágenes- y la arquitectura –casi siempre en primer plano.
Textos: Andrés Arias