PROGRAMA

VICTOR MANUEL GUERRERO (1888-1956)

A mis colegas (s.f)

LUIS ANTONIO CALVO (1882-1945)

Adiós a Bogotá (1916)

JAIME ROMERO (n. 1966)

Confesiones (s.f)

LUIS ANTONIO CALVO

Encanto (1913)

JAIME ROMERO

La fantasía del escribano (s.f)

VICTOR HUGO REINA (n. 1979)

Violeta (2000)

    
INTERMEDIO
    

ADOLFO MEJÍA (1905-1973)

Bambuco en si menor (1937)

ARIEL RAMÍREZ (1921-2010)

Alfonsina y el mar (1969)

CARLOS ALBERTO ORDÓÑEZ (n. 1972)

Revoloteando (2013)

DAVID OCAMPO CIRO (n. 1996)

Ensoñación (2016)

GENTIL MONTAÑA (1942-2011)

Michel (c. 1988)

LUIS ANTONIO CALVO

Secretos (1915)
 

ACERCA DEL ENSAMBLE

Johan Sebastián Rodriguez Acosta, tiple
Luis Felipe Illera Cabrera, bandola
Humberto Alejandro Illera Cabrera, guitarra

Entre conversaciones de amigos y tazas de café, nació Pere Tintico Trío, una agrupación forjada a partir de este vínculo y del amor compartido por el formato de trío típico colombiano. Fundado a mediados de 2022 en el Conservatorio del Tolima, en la ciudad de Ibagué, este trío surge del encuentro entre tres jóvenes músicos motivados por el deseo de explorar, interpretar y revitalizar el repertorio tradicional andino colombiano.

Luis Illera nació en Paicol, Huila, y es el menor de tres hermanos. Es licenciado en Música con énfasis en Dirección de Orquestas Escolares del Conservatorio del Tolima. Como bandolista, ha hecho parte de distintas agrupaciones de la escena nacional, entre ellas la Estudiantina del Alto Magdalena. Su trayectoria lo ha llevado a presentarse en escenarios como la Sala Beethoven, el Teatro Fundadores y el Teatro El Ensueño, entre otros.

Alejandro Illera Cabrera es un joven guitarrista perteneciente a la cátedra de guitarra del Conservatorio del Tolima. Actualmente estudia con el maestro John Quijano en la ciudad de Ibagué. A lo largo de su formación ha participado en diversos espacios académicos, incluyendo clases magistrales con reconocidos guitarristas nacionales e internacionales. Su dedicación y amor por la guitarra lo han llevado a presentarse como solista y como integrante de diversos ensambles musicales.

Johan Rodríguez es Licenciado en Música del Conservatorio del Tolima e intérprete de instrumentos de cuerdas pulsadas como la guitarra y el tiple. A lo largo de su formación ha participado en diversos ensambles dedicados a la música tradicional colombiana. Además, ha trabajado como docente en espacios de formación artística, liderando procesos de iniciación musical y práctica instrumental en distintos contextos educativos.

La agrupación busca seguir compartiendo con el público las músicas de la región andina colombiana y resaltar la riqueza del formato de trío típico colombiano, contribuyendo activamente a la preservación y renovación de estas expresiones musicales.
 

NOTAS AL PROGRAMA

Deje el afán y pere tintico...

Por Laura Alarcón

Esta situación cordófona, originada en ‘El Hueco’ del Conservatorio del Tolima —un pasillo que habitaron para ensayar en sus ‘huecos’ y espacios curriculares—, arrejunta una amistad más entorchada que las cuerdas de una bandola, un tiple y una guitarra. Ahí, tres seres coincidieron en el embeleso de este oficio y pasaron de escuchar, a interpretar horas enteras de bambucos, pasillos, valses, danzas y otros aires, pulsando cuerdas andinas.

Si nos ponemos a pensar en la voluntad de conformar un parche pa’aprenderse obras que se repiten copiosas veces en la mente y calan hondo en la colectividad, entonces llega flotando la acepción española de una estudiantina, o tuna. De haber empezado siendo una cuadrilla de estudiantes rascando palos por el pueblo, fue caracterizándose, con el paso de las décadas —y los siglos—, por ser un grupo de plectros —la pequeña uña que chispea las cuerdas de la bandola— de diez, dieciséis, veinte integrantes (no necesariamente estudiantes). Cada uno de los tres instrumentos —bandola, tiple y guitarra— germinó su propia técnica y modos de construcción, conforme la tradición oral y la academia arrojaban sus escuelas entre los siglos XIX y XX. Con recintos más íntimos para las tertulias e insinuaciones de la historia misma para arreglar, grabar y prensar, el movimiento musical del trío típico evoca nombres como el Trío Morales Pino, el Trío Joyel, la agrupación Palos y Cuerdas, Plectro Trío y, por supuesto, Pere Tintico Trío.

Con la misma contemplación que huele a tintico con achira después del almuerzo ante alguna despedida indeseada, o una invitación a evitar el afán, sirvieron el nombre del trío en la mesa: Johan Senastián, Luis Felipe y Humberto vienen rascando palo desde el Huila pa’pasar por el Tolima y llegar a la Sala de Conciertos Luis Ángel Arango.

No son sólo pepitas

Los hermanos Illera asomaron el piecito al río del trío típico colombiano gracias a un amigo de Paicol, Huila. Le jalaban a los rajaleñas y otras músicas campesinas del Tolima Grande en sus andanzas. Esas agüitas refrescantes de la música colombiana instrumental los llevó a un viaje interno por las cuerdas pulsadas y, al toparse con Johan en el Conservatorio, iniciaron por unos instrumentos, se decidieron por otros, estudiaron los tres y el tintico ya había hecho tres amigos.

Alejandro, con su guitarra, sostiene la armonía y el bajo, con un bordoneo que asienta las frecuencias graves y, sobre estas piedras del río, se esparce la bandola y el tiple. La corriente de agua que representa el tiple de Johan es el ‘guajeo’ o la técnica para rasguear las cuerdas y marcar los acentos de cada ritmo, como lo pulsátil del bambuco, el vuelo del pasillo, la elegancia del vals o la percusión de una polka. Las cuerdas metálicas le dan un timbre de guacharaca en simultáneo al brillo tenue de una campana.

La bandola de Luis suele ser la melodía, como las hojas y las flores y las ‘pepitas’ (así suelen llamarse las notas musicales escritas en un pentagrama) que corren en función de su velocidad, cantidad y duración. Se oyen notas sostenidas en trinos, contenidas en pizzicatos, apenas tocadas con armónicos y algunas veces cayendo en cascada. 

Tratándose esta de una muy breve radiografía escrita de la minuciosa labor, apreciar la música instrumental en el contexto andino colombiano incita a un trance que pone en el radar a quien compuso, quien interpretó, quien enseñó y quien decidió perpetuar el sonido en el tiempo. Todo esto, gracias a los espacios que albergaron comunidades enteras del país en torno a crear y difundir las historias en forma de notas, como en aquella época de La Lira Colombiana, la primera estudiantina conformada en el país por Pedro Morales Pino, cuya orquesta dio su borondo por otras latitudes exponiendo la simbiosis de las técnicas europeas con las músicas campesinas de los Andes colombianos.

De las teclas a las cuerdas

La presencia de Luis A. Calvo, si bien es una de las grandes fuentes de admiración de Pere Tintico, muestra el piano desdoblarse en un tríptico de cuerdas. Sugiere una ambientación muy precisa para imaginar un salón rebosando de sus notas a inicios del siglo XX con Chopin tertuliándose unas danzas. Adiós a Bogotá, escrita justo antes de partir hacia el confinamiento, es de las piezas más emblemáticas y el arreglo es de Fabián Forero. Esta vez, el tiple es quien se entreteje en mayor medida con la melodía de la bandola. Encanto y Secretos, dos valses y, uno de ellos, el más extenso de la entrega con nueve minutos, inyecta el misterio con los trinos y los pellizcos que extienden las notas de la bandola, como también con las velocidades con las que se despliega hasta su fin. 

Bambuco is not dead

A mis colegas de Víctor Manuel Guerrero tiene un arreglo muy retador, sin embargo, es una obra muy querida en el trío y la pueden tocar al derecho y al revés. El bajo en la guitarra recuerda los instrumentos de frecuencias graves siendo protagonistas, como el trombón en varios temazos de salsa. Es un bambuco que evoca el soplo antiguo de Las brisas del Pamplonita con su tonalidad mayor y menor, como sucede también con la obra huilense Victoria de Víctor Hugo Reina.

Confesiones de Jaime Romero —aquí va una: la obra que le reventó dos cuerdas al tiple en el primer ensayo del trío— es un bambuco situado más allá del paradigma en su armonía y en su estructura con un final azorador: 

Del costal de los serenos y cautivadores está el Bambuco en si menor de Adolfo Mejía, el respiro en medio de tanta pepa con una bandola que se imprime instantánea en la mente si puede recordar Amor se escribe con llanto; el bambuco fiestero se retoma con Revoloteando de Carlos Alberto Ordóñez, otra perla en el repertorio que mantiene prendido el fogón opita del trío para rematar el encargo bambuquero con el clásico Ojo al Toro de Cantalicio Rojas.

Como hay bambuco, hay pasillo y un costal latinoamericano

Si Confesiones se le hizo bien curiosa, espere a La fantasía del escribano, la primera pieza que empezaron a estudiar con el trío. Empieza con un pasillo que, en el transcurso de pulsos de intensidades y duraciones entre los tres instrumentos, se estira hacia un valse. Cuando se encoge, cae el ritmo intempestivo que remata la obra con un punteo a toda mecha. Otra forma del mismo aire está en Ensoñación de David Ocampo, el maestro que influyó en el trío para afianzar su devoción a la música instrumental andina. Alfonsina y el Mar, otro desafío para el trío y, por ende, otro aire musical para encariñarse como lo es la zamba, pesca notas argentinas a doble cuerda otrora Los Visconti o los Trovadores de Cuyes. 

¿Siempre habrá tintico?

Johan Sebastián, Luis Felipe y Humberto guardan la inquietud de demostrar qué se puede llegar a hacer con el trío típico, tanto para fomentar el gusto y la apreciación por las sonoridades de las cuerdas pulsadas, como para honrar un movimiento musical que, en menos de nada, cumple dos siglos de vigencia. Saben que la música instrumental andina ha contado su historia a través de grabaciones en cintas, elepés, cassettes, cidís y lo que la buena fe todavía sostiene en la internet con las agrupaciones que han perdurado desde ese entonces.

Recorrer Colombia en toda su geografía y geofonía —la representación sonora de un territorio— es otro de sus propósitos para difundir su obra y permearse de los relieves colombianos para recorrer el mundo después, como La Lira Colombiana se mochileó gran parte de América a punta’e guitarras, bandolas, tiples y una sola pasión donde la palabra escrita y cantada le cede el tapete al ensueño instrumental.

Imagen principal Media
Tres artistas, sonriendo, usando camisa roja, sosteniendo sus instrumentos y posando al aire libre
No convertir a WebP
Desactivado
Derechos de uso