PROGRAMA
RICHARD RODGERS (1902-1979)
My Funny Valentine (1937)
CHICK COREA (1942-2021)
500 Miles High (1972)
ISABELLA RUIZ GALLARDO (n. 2000)
Cerezo en flor (2023)
ADELIS FREITEZ (1943-2000)
Acidito (1981)
INTERMEDIO
JORGE FANDERMOLE (n. 1956)
Oración del remanso (1998)
ISABELLA RUÍZ GALLARDO
Alto (2023)
PETRONA MARTÍNEZ (n. 1939)
Un niño que llora en los Montes de María (2002)
IVÁN BENAVIDES (n. 1957)
Ausencia (1998)
ACERCA DE LA ARTISTA
Isabella Ruiz, cantante
Se formó como Músico con énfasis en Canto Jazz y como Psicóloga en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Es la voz solista de la Banda Filarmónica Juvenil de Bogotá y vocalista en la JazzLab Big Band, ganadora del premio distrital de bandas 2025. Ha sido cantante de sesión para Carlos Vives, Piel Camaleón y Diana Burco, entre otros. Hace parte del Coro Cantoría Cuarto Menguante y del ensamble vocal Vientoquebrada. En su proyecto como solista, busca incorporar elementos de la improvisación y el paisaje sonoro dentro de la grabación de fonogramas. Encuentra en el canto un acto de resistencia y concibe el cantar desde narrativas de cuidado, como un acto colaborativo que teje lazos comunitarios.
Margarita Rodríguez, bajo
Alejandro Peña, batería
Juan Manuel Echeverri, piano
NOTAS AL PROGRAMA
ISABELLA RUÍZ Y LA BÚSQUEDA DE UNA IDENTIDAD SONORA
Por Juanita Delgado
Conversé con Isabella. Vivimos en la misma urbe, compartimos el oficio de cantar y la vida nos ha permitido cruzarnos en el camino. Al final, es la suma de voluntades lo que convierte los encuentros citadinos en milagros.
Cuando indago sobre un punto de partida, ella rememora la pregunta clave de una maestra de canto: «Sí, lo estás haciendo muy bonito, pero ¿cuál es tu voz?» No buscaba respuestas técnicas; pretendía desestabilizar. Isabela Ruiz Gallardo tenía diecinueve años, venía de los jingles, del jazz —heredado de su padre—, de la admiración por los grandes intérpretes de los American songbooks y de la certeza de que cantar bien era cantar ‘como se debe’. Quedó helada: «Uff, no sé cuál es mi voz. Siempre me han dicho cómo hacerlo».
Ese instante define el concierto de hoy: para Isabella, no se trata de una identidad vocal fija, sino de una indagación en proceso constante; una búsqueda que habla de relaciones sutiles, de procesos cocinados a fuego lento, de sentido crítico en la vida y en la música, de rituales urbanos compartidos que dejan traslucir su interés por lo místico y de matices musicales que tienen como pretexto el jazz, pero son mucho más que jazz.
Es música, cantante y psicóloga. Mientras estudiaba, su vocación fue más allá del encandilamiento por la fama y se sumergió en un universo de sonidos que hoy la traen aquí. Isabela se graduó en marzo de la Universidad Javeriana como intérprete de jazz y este recital puede ser vivenciado como su primera declaración como creadora emergente que ya sabe que el título no define el oficio, pero compartir el proceso va redefiniendo una identidad sonora que se construye paso a paso.
ENTRE EL AMOR Y LA MUERTE ESTÁ LA VIDA
Al preguntarle por el repertorio, parece que la artista diseñó una suerte de coreografía de encuentros y abandonos, de pulsiones románticas y desapegos contemporáneos. «Entre el amor y la muerte está la vida», dice, «no entre la vida y la muerte, el amor».
Ese juego sutil de palabras enuncia la posibilidad de un reconocimiento del sentimiento amoroso como una puerta hacia todo lo demás: al vacío, a la iluminación, al desencanto, al ardor y al dolor, como en una novela flaubertiana, o en una letra de canción de despecho. Pero también advierte la posibilidad de la construcción del amar como una práctica primigenia que tensiona el mundo interno y lo desata, lo convulsiona, lo difracta, lo multiplica, lo expande y lo moldea.
Este concierto se inaugura con My Funny Valentine, una pieza hermosa e ineludible del repertorio clásico del jazz. Coincidimos con Isabella en que la versión de Chet Baker es ‘la única respuesta correcta’ y bromeamos. Una melodía delicada para una declaración de amor dulce y sincera que también se vuelve súplica, enmarca lo que, para Isabella, es su canción ritual; la música que le permite disponerse en actitud de entrega generosa al arte y al público.
Y de ese amor infatuado y joven, pasamos, en palabras de la cantante, a un amor «platónico y casi patético», con 500 Miles High, el estándar clásico de 1972 de Chick Corea con texto de Neville Potter, que fue inmortalizado por la voz de la inmensa Flora Purim. La responsabilidad de la caída libre a tierra recae en Cerezo en flor, una de sus composiciones originales, que da paso a Acidito, un merengue venezolano que reza en su poesía: «te amo, pero como amo a la tierra y a la vida». El amor deja de ser romántico para tornarse universal; muta porque el ser muta, se transforma porque se desplaza la mirada hacia algo más allá del ser amado: un ‘algo’ en el que se ponen todas las certezas para abrirse a la experiencia de la vida en su inconmensurabilidad.
Sin duda, una de las joyas de este recital es Oración del remanso, canción con aire de chamamé del cantautor argentino Jorge Fandermole en la que un pescador le reza al Cristo de las redes. La oración ahora es poesía y fe.
Llega Alto, una dedicatoria personal de Isabella a la guerra en Colombia. Para componerla, la compositora piensa en tres personas que van huyendo de ellas mismas porque «nadie sabe quién es el bueno y quién el malo». En el espectro del amor, la tristeza y la nostalgia llegan para recordar la fragilidad humana, la necesidad de encontrar sosiego en tiempos aciagos, la profunda herida de patria que tenemos y la esperanza de sanar en colectivo.
Dos canciones colombianas cierran este concierto: Un niño que llora en los Montes de María, de la maestra y cantora Petrona Martínez, y Ausencia, compuesta por Iván Benavides e interpretada por la inmensa referente del jazz colombiano: Lucía Pulido. Con ellas se canta a la muerte y a las despedidas; al dolor de las partidas físicas y espirituales, a los llantos por las pérdidas y las injusticias. El dolor se transforma cuando se canta; cuando se nombra, y es la voz el lugar donde anidan las ausencias. Para ahuyentarlas se hacen conjuros en ritmo de bullerengue o porro y se abren las fauces para, entre lereos y revoléos cadenciosos de las caderas y las almas, practicar la bondad.
CUIDAR LOS VÍNCULOS PARA COMPONER EN COLECTIVO
Isabella me cuenta que muchas veces compone junto al pianista Juan Manuel Echeverri, en sesiones en las que no hay partituras. Se reúnen a improvisar, a jugar con los sonidos, las melodías, los ritmos; y en ese intercambio espontáneo, la escucha mutua y el afecto van dando forma a lo que luego serán canciones.
Hacer música con los amigos no tiene precio. Adicionalmente al privilegio de sentarse a crear, la oportunidad de hacerlo en una comunidad cuidada hace toda la diferencia. La presencia sincera y sensible de un músico, la escucha en colectivo y el compromiso por elaborar un lenguaje compositivo y expresivo conjunto que hable del universo íntimo de una humanidad en tiempos de velocidad x2, resultan emocionantes para quienes advertimos y celebramos la potencia de las nuevas generaciones de músicos y músicas.
Isabella y el colectivo con el que hoy se junta, crean momentos musicales bellísimos y de calidad impecable. Nos presentan arreglos que ponen en diálogo la estética del jazz que importamos de América del Norte con la crudeza y honestidad de las tonadas de la música tradicional del sur global, sin dejar de lado la improvisación como parte fundamental de este intercambio y del lenguaje de la propuesta.
RECONOCER EL TERRITORIO PARA ENCONTRAR UNA IDENTIDAD
Isabella no interpreta músicas latinoamericanas; las traduce a su modo, en su propia lengua, desde su propia lengua. Así, el merengue venezolano desde Bogotá, el currulao del Pacífico, desde quien no vivió esa realidad, pero sí se siente atravesada e interpelada por ella, y la música del nordeste argentino, no son un remedo de aires lejanos, sino producción sensible desde su subjetividad puesta en juego. Como intérprete, para esta joven cantante el repertorio le permite reconocer el territorio, con respeto y admiración hacia la música de tradición sin apropiarse de sus lenguajes.
La Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en su esfuerzo por reconocer las prácticas artísticas del sur global y el mundo, se transforma en cúpula sonora que amplifica los cantos del río y de la pampa, del tambor y del ritual, del gospel afroamericano y del piano jazzero. Porque estas músicas nunca han estado en las márgenes, solo han estado aguardando para que escuchemos su permanente susurro al corazón.
El 80% del concierto no está en inglés. Reformulo: el 80% del concierto es en español. Isabella hace énfasis: «Realmente el 'sí, canto jazz' es el otro 80%, que no es en inglés». Jazz como libertad, como plataforma para la improvisación, como desafío a la escucha, como recordatorio de que la música que ahora llena las salas y vende boletos, en algún momento fue clamor de amor, canto de laboreo, evangelio entonado a la orilla de un río o canción de amor en la majagua.
EPÍLOGO: LAS MUJERES Y LOS ESPACIOS EN LA MÚSICA
Hablar con mujeres sobre su música me alegra; me llena de vitalidad y de ganas de continuar haciendo y escuchando la música. En ellas identifico nuestras luchas colectivas, encuentro lugares de afecto y en nuestras singularidades, como músicas y creadoras, como mujeres, identifico que se erige un deseo por ocupar un espacio que históricamente hemos ganado a fuerza de resistencia y persistencia.
Y esto no es menor. En un mundo en el que la historia ha sido escrita por hombres y las mujeres hemos quedado en el margen, nuestra presencia recuerda que hemos estado susurrando al corazón de la humanidad siempre y ahora, nuestro eco retumba cada vez más fuerte en cada parte a donde vamos. Nosotras, como los cantos de adiós que se lleva el mar, buscamos la cadencia que da paso a nuevas maneras de ver el mundo, porque siempre es nueva la marea.
Isabella Ruiz Gallardo canta hoy desde una certeza única: «Mi búsqueda ha sido una indagación de quién soy, pero que ha trascendido a lo identitario. Ya no se trata de mí, sino de a qué vengo. ¿Estoy al servicio de qué?»
La pregunta de su maestra sigue abierta. Este concierto es una respuesta provisional, colectiva e incompleta, pero que vaticina con fuerte acento que su voz viajará tan lejos como ella quiera y tan alto como se lo merece.