PROGRAMA
PIERRE REGNAULT ‘SANDRIN’ (c. 1490–c. 1561)
Doulce mémoire (1538)
JACQUES ARCADELT (c. 1507–1568)
Les yeux qui me sçeurent prendre (1554)
Laissez la verde couleur (1561)
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SIMON MacHALE (n. 1981)
Three poems by Tarquinia Molza (2020)
Dopo l’aspra partita
La luce occhi miei lassi
Eran le vostre lagrime
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GIOVANNA BAVIERA (n. 1988)
Hor ch’el ciel e la terra (2022)
GIULIO CACCINI (1551–1618)
Queste lagrime amare (1602)
Dalla porta d’oriente (1615)
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EVA REITER (n. 1976)
Such dimmest light as never (2021)
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TOBIAS HUME (c. 1579–1645)
What greater griefe (1607)
A souldier’s galliard (1605)
A Pavin (1605)
Fain would I change that note (1605)
ACERCA DE LA ARTISTA
Giovanna Baviera, música italo-irlandesa, estudió viola da gamba con Paolo Pandolfo en la Schola Cantorum Basiliensis, en Suiza, donde obtuvo su maestría en 2016. Paralelamente, se formó como cantante, fascinada por el arte histórico del canto acompañado por la viola da gamba. Es integrante de diversos ensambles, entre ellos Concerto di Margherita, Profeti della Quinta y Voces Suaves. Su carrera como concertista la ha llevado a presentarse en numerosos festivales y salas de concierto, como Oude Muziek Utrecht, Amuz, Innsbrucker Festwochen der Alten Musik, Thüringer Bachwochen y York Early Music Festival. Su investigación sobre nuevas formas de cantar acompañándose con la viola da gamba la llevó a reelaborar repertorios históricos susceptibles de ser interpretados de esta manera. Además, Giovanna Baviera ha colaborado con varios compositores en la creación de obras contemporáneas dedicadas a esta práctica. El resultado es su primera grabación, Soloindue, un álbum dedicado al arte del canto con viola da gamba, publicado por Albus Fair Editions en febrero de 2024.
NOTAS AL PROGRAMA
DUETOS PARA UNA SOLA VOZ
Por Francisco Castillo
En el mundo de la música ‘clásica’ encontramos grandes personalidades: pianistas virtuosas, violinistas notables y cantantes conmovedores. Sus éxitos son el
resultado de ocupar muchos años perfeccionando un conjunto de habilidades, nada simples ni evidentes. Ahora bien, hay algo extraño y particular en ese
contexto: los músicos intérpretes han elegido ese instrumento a muy temprana edad, y con ello han conducido su carrera siempre apegados a la práctica de un instrumento. De hecho, cuando una persona quiere formarse profesionalmente en la música, la primera pregunta que escucha es siempre «¿qué instrumento tocas?»
Sin embargo, durante siglos fue habitual que los músicos desempeñaran múltiples funciones: cantaban, tocaban, componían e incluso construían
instrumentos. En ese contexto se inscribe la propuesta de Giovanna Baviera, quien canta mientras se acompaña con la viola da gamba, recuperando una
práctica que dialoga con el pasado y, al mismo tiempo, acerca la música antigua a sensibilidades contemporáneas.
El programa reúne canciones cuyos textos exploran experiencias profundamente humanas como el amor, la pérdida, la nostalgia y la desesperación. Las obras muestran personajes que intentan comprender y expresar emociones que las palabras apenas alcanzan a nombrar. Escucharlas hoy no significa compartir literalmente el sufrimiento de sus autores, sino ejercitar la empatía. Sus sutilezas musicales y delicados matices nos invitan a una escucha atenta, distante de las expresiones emocionales exageradas que predominan en la cultura contemporánea.
Sobre los músicos multitareas
¿Cuál es la razón para que los músicos de la escena clásica deban escoger un solo instrumento para toda su vida? Claro está, es una situación reciente, de apenas unos doscientos años (poco para toda la historia de la música occidental), y solo está presente en el núcleo de los músicos clásicos.
Puede haber varias respuestas: por un lado, hay parte de responsabilidad en el sistema educativo: conservatorios y universidades han apostado por la ‘hiper especialización’ en sus disciplinas, y se asume que para avanzar mucho hay que escoger un camino muy estrecho; así, uno 'no se pierde'. Por otro, hay parte de responsabilidad en la música y quienes la escribieron, pues desde el siglo XIX se consolidó la idea de músico virtuoso, capaz de interpretar música increíblemente compleja. Quien quiera ser capaz de tocar las obras más difíciles del repertorio debe dedicarse por completo a ello. Por último, hay una influencia del mercado musical: públicos, consumidores y canales de difusión prefieren, por lo general, ver en el escenario a alguien realizando una tarea extraordinaria, veloz y virtuosa, y para lograr ese efecto ayuda mucho haber sido persistente en un solo instrumento.
Así las cosas, es llamativo cuando leemos las biografías de los músicos que estuvieron activos hace doscientos, trescientos o cuatrocientos años, ver
que el viernes tocaban trompeta, el sábado el violín, el domingo cantaban en misa y el lunes construían instrumentos musicales. Tocar varios instrumentos o desempeñar varias funciones no era antes la excepción, sino la norma, y en los tiempos de Johann Sebastian Bach o Wolfgang Amadeus Mozart —incluso en la Edad Media— un músico competente habría sido capaz de tocar bien en varios instrumentos.
Un lugar especial en esto lo ocupa la práctica de cantar y tocar, por razones obvias: pueden hacerse simultáneamente. La práctica musical en la que un músico canta y se acompaña, es un lugar común en muchos géneros populares, y en los casos que podemos conocer de músicos en siglos pasados. De esta manera el gesto valiente de Giovanna Baviera al cantar y tocar es un puente, no solo que conecta músicas del pasado con oyentes del presente, sino que pone en diálogo músicas llamadas ‘clásicas’ o ‘académicas’ con otras tradiciones musicales regionales, populares y tradicionales.
Sobre las canciones
Varios asuntos atraviesan esta práctica de cantar y acompañarse. Aunque sirvió en el pasado y sigue sirviendo como tribuna para dar a conocer acontecimientos, registrar poéticamente eventos, o aprovecharse como medio de comunicación, lo más importante es el poder expresivo que tienen sus canciones. Las poesías articuladas con melodías y armonías son una estrategia muy potente para conmovernos, para vernos reflejados y para proyectar mundos posibles. Y, si de conmover o emocionar se trata, hay unos temas que resultan muy evocadores, como el amor, el dolor o la muerte.
La canción de Pierre Sandrin (1490-1561) llamada Doulce mémoire [Dulce memoria] lo pone de manera muy explícita. Su letra presenta un caso en el que un sujeto reconoce, con tristeza, que el amor que compartió con alguien más, se ha extinguido; que ha perdido la esperanza ya de volver a la felicidad de antes. La canción termina, asegurando que «sirvo de ejemplo para todos aquellos que, tristemente, vean cómo el bien termina y el mal comienza de repente»1. Casi a
manera de advertencia, un cantautor francés del siglo XVI nos recuerda la fragilidad de las relaciones sentimentales, el cuidado que hay que tener para conservarlas, pues corren el riesgo de convertirse en un simple dulce recuerdo.
Triste el caso anterior, sin duda. Pero viene al rescate otro cantautor francés, Jacques Arcadelt (1507-1568). Su canción Les yeux qui me sçeurent prendre [Los ojos que supieron atraparme] tiene tres estrofas en las que intenta de muchas maneras expresar una sensación amorosa, pero reconoce que no encuentra las palabras: ¿quién no ha sentido algo tan profundo que fracasa poniéndolo en palabras? Por eso todas las estrofas de la canción terminan con la misma frase: «Oh, qué feliz es aquel capaz de expresar su tristeza»
De los compositores-cantantes del pasado, resalta el nombre del Giulio Caccini. Sus canciones se convertirían en modelo para muchos músicos posteriores, principalmente por la habilidad que tuvo para inventar melodías y harmonías apropiadas a las emociones contenidas en las poesías. Uno de sus lamentos cantados (o, si se quiere canción de despecho) fue Queste lagrime amare [Estas lágrimas amargas], que cierra con una sentencia demoledora:
«Estoy herido por la flecha de tu desprecio, lamentablemente, mi espíritu vital languidece tanto que siento que estoy muriendo. ¿Quieres que muera? Entonces moriré, pero quien muere es quien te adora».
El músico escocés Tobías Hume (1569-1645) también logra despertar nuestra empatía en su canción What greater griefe [¿Qué mayor dolor?]. El texto nos comparte una situación desesperada.
«¿Qué mayor pena que no hallar alivio en el más hondo dolor? La muerte no es amiga si no da fin al pesar de este corazón. ¡Auxilio!, grito en vano, pues no hay ayuda cerca, solo viento y aire, que van y vienen, soplando y arrojándolo todo a la desesperación. Ya que debo desesperar, y aun así no me es dado morir, no hay hombre más desdichado que yo sobre la Tierra».
Vemos en estas canciones, como en otras del mismo concierto, a sujetos expresando sus angustias y exteriorizando su sufrimiento. Los compositores son también cantantes, y sus canciones son poesías que nos interpelan a todos.
Las oportunidades
Y con tantas cosas tristes pasando en el mundo contemporáneo ¿qué valor hay en escuchar las emociones de un músico del pasado, interpretados por una intérprete del presente?
Quienes han estudiado psicología de la música nos cuentan que, al escuchar canciones tristes o conmovedoras los oyentes no sentimos la misma tristeza del autor, sino que se estimula en nosotros la empatía, una forma de resonancia sentimental en la que nos conmovemos y reaccionamos comprensivamente. Así las cosas, un concierto como este es una tribuna para poner en práctica nuestras capacidades de ser empáticos, comprensivos y valorar las expresiones ajenas, una habilidad, por cierto, cada vez más necesaria.
Si estamos de alguna manera saturados por las formas excesivas o caricaturizadas en que los memes o ciertos programas de televisión (por ejemplo, los realities) presentan las emociones, las canciones emocionantes del pasado son una oportunidad para recalibrar nuestra propia sensibilidad. La sentimentalidad de las piezas no está en la superficie; no hay gritos exagerados ni grandes explosiones, sino giros sutiles, momentos muy profundos y delicados, silencios cuidadosamente dispuestos, en fin, en ellas, se logran captar los detalles que piden de nosotros atención y disposición para notar las líneas finas que dibujan una escena preciosa.
Todos lo sabemos: las emociones son complicadas de definir. Amor y amargura, por ejemplo, son apenas palabras vacías de contenido cuando se presentan solas. Para términos así de profundos, lo sabemos también, el diccionario, Wikipedia o Chat GPT son insuficientes. Quizás sean el arte —las canciones en este caso—, las encargadas de llenar de contenido esas palabras, de mostrar qué tipo de amor es el sentido por los artistas. Y quizás lo sean porque cuando las definiciones verbales resultan insuficientes, hay que acudir a lenguajes más profundos, no hechos solo de palabras sino de sonidos y de propuestas poéticas.
Para terminar…
El concierto ofrece varias oportunidades: nos permite valorar el gesto audaz de quien realiza dos funciones simultáneamente. Hay que tener la mente, los oídos y el corazón abiertos a reconocer el material emocional, importante, a su vez, una atención afilada y dispuesta a notar detalles muy sutiles y elegantes. Por último, sin tomar un bando, atender a las conversaciones: conversan músicas muy viejas con músicas nuevas; sonidos del instrumento con la voz humana; músicas clásicas con músicas populares; emociones contrastantes. Conversa Giovanna con el público y conversamos entre nosotros después del concierto.