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PROGRAMA
CARL MARIA VON WEBER (1786-1826)
Andante y Rondó húngaro (1813)
AMY BEACH (1867-1944)
Romance, Op. 23 (1893)
ÁSTOR PIAZZOLLA (1921-1992)
Estudio de tango No. 3 (1987)
Oblivion (1982)
Libertango (1974)
INTERMEDIO
CINDI HSU (n. 1970)
Spring fever (2017)
SERGÉI RACHMÁNINOV (1873-1943)
Andante de la Sonata para violonchelo en sol menor, Op. 19 (1901)
GEORGE GERSHWIN (1898-1937)
Rhapsody in Blue (1924)
ACERCA DE LOS ARTISTAS
Eleni Katz, fagot
La fagotista Eleni Katz, reconocida por su virtuosismo y su vibrante espíritu musical, se ha consolidado como solista, música de cámara e intérprete orquestal. Su manera de hacer música, descrita como «reflexiva y expresiva» por el San Diego Union Tribune, la ha llevado desde escenarios en Bermudas, hasta el Carnegie Hall de Nueva York. En 2022 fue ganadora del Victor Elmaleh Competition de Concert Artists Guild y se ha presentado con agrupaciones e instituciones como la Chamber Music Society del Lincoln Center, el SummerFest de La Jolla Music Society, Camerata Pacifica y la Saint Paul Chamber Orchestra. Actualmente es profesora de fagot en la Mead Witter School of Music de la University of Wisconsin-Madison.
Entre los compromisos destacados de su temporada 2026-2027 se encuentran presentaciones con Camerata Pacifica, Tippet Rise Art Center, una gira por Colombia junto al pianista Llewellyn Sánchez-Werner, la Emory Chamber Music Society of Atlanta y Lincoln Friends of Chamber Music. Sus actuaciones recientes incluyen también la Bridgehampton Chamber Music Series, el Highlands-Cashiers Chamber Music Festival, Newport Classical, el Festival de Ibagué en Colombia, una gira por California con The Concert Truck, la Chamber Music Society of Fort Worth y el Lake George Music Festival. Como intérprete orquestal, ha colaborado con la Milwaukee Symphony Orchestra, Fort Worth Symphony, Saint Paul Chamber Orchestra, Sarasota Orchestra y Nu Deco Ensemble, y fue integrante de la New World Symphony.
Formada también como cantante clásica, Katz ha considerado siempre que el fagot puede acercarse a la naturaleza orgánica de la voz humana; su interpretación ha sido descrita como «sorprendentemente humana» por The Royal Gazette. En 2021 encargó y estrenó, junto a la compositora Lila Meretzky, Sea Glass Partita for Singing Bassoonist, obra cuyo texto parte de un poema escrito por la propia Katz y que alterna la interpretación del fagot con el canto y proyecciones visuales. A partir de esta experiencia ha encargado nuevas obras para fagot, concebidas desde una perspectiva multidisciplinaria a compositores como Tanner Porter, Harry Castle, Marc Vallon, Gabrielle Herbst, Cindi Hsu y Richard Brasseale.
En mayo de 2024 participó en la publicación de un álbum que incluye Enlaced Friendship, de Richard Brasseale, obra basada en poemas de Katz y estrenada en la New World Symphony en abril de 2023. Entre sus proyectos actuales se encuentran nuevos encargos y giras con Basso Vox, dúo de reciente creación que comparte con la contrabajista Nina Bernat.
Eleni Katz obtuvo su pregrado en Música en la Mead Witter School of Music de la University of Wisconsin, donde estudió con Marc Vallon, y realizó una maestría en la Yale School of Music bajo la guía de Frank Morelli. Fue ganadora de los concursos para solista con orquesta de ambas instituciones.
Llewellyn Sánchez-Werner, piano
El pianista Llewellyn Sánchez-Werner, descrito como un «virtuoso excepcional» por el San Francisco Chronicle, ha sido reconocido también por su «arte hipnótico y extraordinaria capacidad de comunicación» (The Post-Standard) y por una «técnica magistral y un verdadero torrente de sonoridades» (La Presse, Montreal). Fue ganador del primer premio del Concert Artists Guild International Competition y distinguido como Gilmore Young Artist, reconocimiento otorgado a algunos de los pianistas estadounidenses más prometedores de su generación. Su trayectoria ha sido reseñada por medios como The New York Times, CBS, PBS, NPR, CNN International, The Wall Street Journal y WDR-Arte.
Entre sus presentaciones internacionales recientes se cuentan conciertos en el Royal Concertgebouw de Ámsterdam, el Louvre y el Museo de Grenoble en Francia, la Smetana Hall de Praga, la State Philharmonic Hall de Eslovaquia, el Verbier Festival en Suiza y escenarios en Irlanda y Abu Dabi. Desde su debut como solista con orquesta a los seis años, ha trabajado con directores como Mirga Gražinytė-Tyla, Peter Oundjian, Tito Muñoz, Karina Canellakis, Michael Morgan, Boris Brott y Anna Rakitina, entre otros.
Sánchez-Werner se ha presentado en el Kennedy Center y en la Casa Blanca ante los presidentes Barack Obama y Joe Biden, así como ante mandatarios de México, Israel y Ruanda. Su compromiso con la acción social a través de la música le valió el Atlantic Council Young Global Citizen Award, en reconocimiento a su trabajo en países como Irak, Ruanda, Francia, Canadá y Estados Unidos.
Se formó con maestros como Ilya Itin, Eduardus Halim, Boris Berman, Robert Durso y Yoheved Kaplinsky; también estudió composición con Lowell Liebermann e improvisación con Noam Sivan. Obtuvo los títulos de pregrado y maestría en Música en The Juilliard School, donde recibió la Kovner Fellowship, y un Artist Diploma en la Yale School of Music, donde fue distinguido con el Charles S. Miller Prize. Actualmente es becario doctoral Steinhardt y profesor adjunto en la New York University.
NOTAS AL PROGRAMA
De ‘lo clásico’ a los clásicos a través del fagot
Por Irene Littfack Neira
Dicen que en este mundo está ya todo inventado, que la originalidad absoluta es ilusión y que es extremadamente difícil, si no imposible, encontrar algo verdaderamente nuevo. Y es cierto, es casi imposible pensar en una idea que no se haya inventado en los siglos de historia de la humanidad. No obstante, todo concepto, aunque no sea nuevo, adopta una forma diferente según quien lo apropie: un clásico puede sonar distinto según la voz que lo interprete; un mismo tema de inspiración puede ser contado desde una mirada muy personal y contemporánea; incluso un objeto que puede ser una copia idéntica de otro, puede resultar novedoso en su uso o significado. Y es allí, en la forma, y no exclusivamente en el contenido, donde se encuentra uno de los mayores potenciales de innovación de nuestros tiempos. El recital de Eleni Katz y Llewellyn Sánchez-Werner es un gran ejemplo de lo anterior y pone el foco sobre esa cuestión.
Mientras otros vientos de madera, como el clarinete, la flauta o el saxofón han expandido sus horizontes con músicas de índole popular como el jazz, la salsa, los ritmos del Caribe o el pop, el fagot ha permanecido, más bien, anclado en el ámbito de lo académico; de hecho, sus incursiones más modernas se enmarcan sobre todo en la denominada música contemporánea o de vanguardia, vinculada a la llamada composición erudita. Pero es justamente por lo anterior que cuando los fagotistas o compositores actuales deciden explorar estilos musicales en los que nunca hemos escuchado a ese instrumento, se abren las puertas de un nuevo universo deslumbrante que no solo sorprende, sino que refresca.
Este recital que oscila entre la música clásica, el tango, el jazz y el blues, nos invita a escuchar algunas obras del repertorio universal, pero desde una nueva perspectiva: un timbre que, aunque antiguo, es nuevo en esos estilos; una voz que, aunque reconocemos, es inédita, y un instrumento que, aunque creíamos identificar, se nos presenta en una nueva dimensión.
El programa Joyas robadas propone una mirada en plural hacia ‘lo clásico’, que se transforma en ‘los clásicos’, y nos obligan a preguntarnos ¿qué hace que un clásico sea un clásico? o ¿cómo hacer que perdure en el tiempo? A lo mejor, la respuesta no solo radica en la genialidad de la obra, sino en la capacidad que tiene el artista y el público para seguir apropiándola, leyéndola, resignificándola y vinculándola con su tiempo presente.
De ‘lo clásico’ a los clásicos a través del fagot
Dicen que en este mundo está ya todo inventado, que la originalidad absoluta es ilusión y que es extremadamente difícil, si no imposible, encontrar algo verdaderamente nuevo. Y es cierto, es casi imposible pensar en una idea que no se haya inventado en los siglos de historia de la humanidad. No obstante, todo concepto (aunque no sea nuevo) adopta una forma diferente según quien lo apropie: un clásico puede sonar distinto según la voz que lo interprete; un mismo tema de inspiración puede ser contado desde una mirada muy personal y contemporánea; incluso un objeto que puede ser una copia idéntica de otro, puede resultar novedoso en su uso o significado. Y es allí, en la forma, y no exclusivamente en el contenido, donde se encuentra uno de los mayores potenciales de innovación de nuestros tiempos. El recital de Eleni Katz y Llewellyn Sánchez-Werner es un gran ejemplo de lo anterior y pone el foco sobre esa cuestión.
Nacido en el siglo XVII, el fagot es uno de los instrumentos de viento madera más antiguos, sucesor del dulcián o bajón que tuvo origen en el centenio anterior y era utilizado para reforzar los bajos de los ensambles. Su timbre amaderado, añejo y absolutamente singular ha estado vinculado a lo largo de la historia a la música de carácter sacro, al barroco y el Clasicismo, a la música de cámara, al repertorio orquestal y, solo a partir del siglo XVIII, al repertorio solista. Fuera de ese ámbito, es un instrumento muy poco habitual, prácticamente ausente o desconocido. Mientras otros vientos de madera, como el clarinete, la flauta o el saxofón han expandido sus horizontes con músicas de índole popular como el jazz, la salsa, los ritmos del Caribe o el pop, el fagot ha permanecido, más bien, anclado en el ámbito de lo académico; de hecho, sus incursiones más modernas se enmarcan sobre todo en la denominada música contemporánea o de vanguardia, vinculada a la composición erudita. Pero es justamente por lo anterior que cuando los fagotistas o compositores actuales deciden explorar estilos musicales en los que nunca hemos escuchado a ese instrumento, se abren las puertas de un nuevo universo deslumbrante que no solo sorprende sino que refresca.
Así, este recital que oscila entre la música clásica, el bolero, el tango, el jazz y los espirituales afroamericanos, nos invita a escuchar algunas obras del repertorio universal pero desde una nueva perspectiva: un timbre que, aunque antiguo, es nuevo en esos estilos; una voz que, aunque reconocemos, es inédita, y un instrumento que, aunque creíamos identificar, se nos presenta en una nueva dimensión.
Eleni Katz y Llewellyn Sánchez-Werner nos proponen una mirada en plural hacia ‘lo clásico’, que se transforma en ‘los clásicos’, y nos obligan a preguntarnos ¿qué hace que un clásico sea un clásico? o ¿cómo hacer que perdure en el tiempo? A lo mejor, la respuesta no solo radica en la genialidad de la obra (como sujeto pasivo), sino en la capacidad que tiene el artista y el público para seguir apropiándola, leyéndola, resignificándola y vinculándola con su tiempo presente. Katz y Sánchez-Werner son sujetos activos en esta cuestión y nos invitan a serlo también para respondernos de manera muy personal por qué algunas de las obras que escucharemos se han convertido en mitos y por qué varios siglos después siguen fascinándonos y aportándonos altas dosis de novedad.
Del Clasicismo al ‘exotismo’
Carl Maria von Weber (1786-1826) fue una de las figuras más prominentes de la composición del Clasicismo alemán de inicios del siglo XIX. Su aporte, en especial a los instrumentos de viento, fue fundamental para el desarrollo y expansión de estos. El Andante y rondó húngaro es una pieza breve, una especie de concierto en miniatura original para viola y piano que Weber escribió para su hermano en 1809. Gracias al éxito de esta pieza, varios intérpretes le encargaron obras solistas y, producto de ello, surgió la adaptación de esta obra para fagot y piano. Fue estrenada por Georg Friedrich Brandt, uno de los virtuosos del instrumento y para quien, dos años más tarde, Weber escribiría su Concierto para fagot. En el rondó, introduce giros melódicos y gestos rítmicos típicos del folclor húngaro, haciendo uso del ‘exotismo’ que tanto cautivaba a Europa en aquella época, tanto en la música como en las bellas artes.
La voz de Amy Beach
Amy Beach (1867-1944) fue una de las figuras más destacadas de la composición estadounidense de finales del siglo XIX y una de las primeras mujeres de su país en alcanzar un importante reconocimiento como compositora de música académica. Pianista virtuosa y compositora de formación fundamentalmente autodidacta, desarrolló su carrera en una época en la que las mujeres encontraban grandes obstáculos para dedicarse profesionalmente a la creación musical. Su Romance, Op. 23 fue escrito en 1893 para violín y piano, y dedicado a la violinista Maud Powell, una de las intérpretes más reconocidas de su generación. Ambas artistas estrenaron la obra durante la Exposición Universal de Chicago, como parte del Congreso Musical de Mujeres, y su acogida fue tal que tuvieron que repetirla ante la insistencia del público. La pieza recoge algunos de los rasgos más característicos del Romanticismo tardío: el lirismo, las armonías cromáticas y una escritura que transita entre la intimidad de la música de cámara y la intensidad dramática.
El tango de Piazzolla
Tres piezas icónicas del genio artístico de Ástor Piazzolla (1921-1992) nos llevarán a las calles de Buenos Aires y nos traerán ráfagas de otras metrópolis como París, Nueva York, Roma y Milán, que fueron fundamentales para el compositor argentino. Piazzolla fue uno de los más grandes músicos del siglo XX, formado entre Argentina y Francia con figuras como Alberto Ginastera y Nadia Boulanger, quien lo alentó decididamente a perseverar en el tango como materia prima de su obra.
El Estudio de tango No. 3 es una de las piezas que le han dado la vuelta al mundo entero y que, muy seguramente, todos hemos escuchado alguna vez. Pertenece a una colección de seis estudios para flauta sola que el compositor escribió en 1987, durante una etapa de gran expansión internacional. Su intención, como él mismo lo dijo en un texto de su puño y letra, era que estos estudios tanguísticos llegasen a los conservatorios de todo el mundo. Y no solo fue así, sino que se convirtieron en cánones del repertorio y han sido adaptados a otros instrumentos, como confirmaremos hoy con la versión para fagot. Se trata de una pieza virtuosa, de carácter contrapuntístico que resalta el carácter y la acentuación sincopada típica del tango mientras alterna el lirismo de las melodías.
Otra de esas piezas emblemáticas es Oblivion, escrita durante la estancia de Piazzolla en la Gran Manzana, en 1982. La obra es una evocación del olvido a ritmo de milonga lírica, de ahí que la melodía sea melancólica e inquietante y que su atmósfera sea envolvente y sutil, pero a la vez pesante y repleta de añoranza. Es original para trío de bandoneón, piano y contrabajo, aunque, como todo buen clásico, ha sido adaptada e interpretada en diferentes formatos.
Finalmente, otro de los grandes éxitos del compositor argentino: Libertango, un emblema de la libertad creativa de Piazzolla y de su mirada vanguardista —en oposición al purismo — con la que creó el llamado ‘nuevo tango’. Influencias del jazz, de la música europea y del tango tradicional convergen en esta pieza, publicada en 1974 en Milán en un álbum homónimo que marcó un antes y un después en la historia musical.
La nueva creación
Cindi Hsu es una prolífica compositora de Colorado, Estados Unidos. Su música es reconocida por su riqueza de color y sus líneas melódicas expresivas. Ha escrito alrededor de cien obras para distintos formatos, entre orquestal, música de cámara, instrumento solista, ensambles vocales y música para niños.
Spring Fever para fagot y piano, fue escrita en la primavera de 2017, cuando Hsu se mudó de Nueva York a una comunidad tranquila cerca de Denver. «La abundancia de flores salvajes en mi nuevo jardín y los campos al aire libre del vecindario inspiraron esta obra», dice la artista. El primer movimiento, Pastoral, tiene una línea melódica exquisita y apacible que nos traslada a esa atmósfera primaveral. La calma es interrumpida por una sección vivace intermedia que, en palabras de Hsu refleja «la energía de los niños del barrio jugando y riendo». Musicalmente es una sección breve, brillante y sincopada, con influencias del jazz y el ragtime americano, que recuerda de forma muy lúcida piezas como el tercer movimiento de la Sonatina para clarinete de Horovitz. Esta misma influencia del ragtime se verá reflejada en el segundo movimiento, Fever, un movimiento ágil y virtuoso que inicia con una pequeña sección fugada entre el fagot y el piano, con patrones rítmicos repetitivos y sincopados, armonías coloridas, acordes y escalas típicos del blues. Técnicamente es un movimiento virtuoso en el que sobresalen aspectos como la agilidad del staccato del fagot, uno de los rasgos más característicos del instrumento de viento, así como el uso del registro completo.
Sergéi Rachmáninov (1873-1943) escribió su Sonata para violonchelo y piano tan solo un año después de su famoso Concierto para piano No. 2 y tras superar su largo periodo de depresión y recuperación psicológica. Se trata de una obra de gran intensidad emocional y un equilibrio absoluto en los roles de ambos instrumentos que refleja el ideal romántico de la época y la intención de exaltar las pasiones humanas. El tercer movimiento, Andante, que escucharemos en versión fagot y piano, funciona perfectamente como pieza independiente. Es un movimiento pesante, íntimo y expresivo, de líneas melódicas largas, líricas y sencillas. Juntos, los dos instrumentos mantienen un diálogo a la vez sencillo, a la vez profundo, que da lugar a una pieza de absoluta belleza.
Jazz al estilo Gershwin
A pesar de su corto paso por el mundo, George Gershwin (1898-1937) fue uno de los grandes genios musicales del siglo XX que conectó de manera brillante dos universos musicales que estuvieron distanciados por mucho tiempo: el de la música popular americana y el de la música clásica. Mediante la inclusión de recursos del blues o del jazz, así como de las músicas afroamericanas o latinas, enriqueció la creación musical y creó un nuevo horizonte absolutamente fascinante. Rhapsody in Blue es una de las obras que mejor representan su capacidad para transitar entre universos sonoros. Escrita en 1924, cuando el compositor tenía apenas veinticinco años, esta pieza surgió por encargo del director de orquesta Paul Whiteman, quien organizó un concierto en Nueva York bajo el título «Un experimento en música moderna». La obra fue estrenada Gershwin al piano, acompañado de la orquesta de Whiteman. Desde el glissando inicial del clarinete, que se convirtió en una de las frases más reconocibles de la música occidental del siglo XX, la rapsodia nos lleva por un universo de contrastes: ritmos sincopados, escalas de blues, pasajes virtuosos y melodías de carácter lírico que llegan a evocar el Romanticismo europeo. Se trata de una obra que oscila entre la improvisación y la escritura, y que captura parte de la efervescencia cultural de los locos años veinte. Eleni Katz, quien realizó una adaptación para fagot y piano, propone una nueva manera de escuchar este clásico, trasladando a su instrumento de viento un lenguaje que nació del encuentro entre el jazz, las músicas populares y las salas de concierto.