PROGRAMA 

 

GARDNER READ (1913-2005)

De Profundis (1946)

JOHANN SEBASTIAN BACH (1685-1750)

Wachet auf, Ruft uns die Stimme, BWV 140 (1731)

MARTIN SCHMEDING (n. 1975)

Improvisación de órgano solo (s. f.)

JOHANNES BRAHMS (1833-1897)

Vier ernste Gesänge (1896)          

            

INTERMEDIO

            

PER-ERIK MOREAUS (1950)

Koppången (1999)

HÅKAN NORLÉN (1917-2003)

Visa i midsommartid (1946)

OSKAR LINDBERG (1887-1955)

Gammal fäbödpsalm (1936)

FREDERIC BELLI (n. 1982)

Improvisación para trombón solo (s. f.)

JOHANN SEBASTIAN BACH

Wenn wir in höchsten Nöten sein, BWV 641 (1714-1715)

STJEPAN ŠULEK (1914-1986)

Vox Gabrieli (1973)

ACERCA DE LOS ARTISTAS 

 

El Dúo Belli & Schmeding está conformado por dos intérpretes alemanes de amplia trayectoria internacional. Frederic Belli es trombonista y reconocido como uno de los solistas más destacados de su generación. Ha actuado con agrupaciones como la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, la Rundfunk-Sinfonieorchester Berlin y la SWR Symphony Orchestra. Martin Schmeding es organista, profesor y ganador del ECHO Klassik; su formación abarca el órgano, el clavecín, la dirección y la teoría musical. Juntos, exploran una combinación instrumental poco habitual, pero de larga historia: trombón y órgano, que han sido capaces de moverse entre la intimidad de la música de cámara y una sonoridad de dimensiones casi sinfónicas.

NOTAS AL PROGRAMA

Que nos acompañen los ángeles 

Por Francisco Castillo 

[Párrafo]

Asistir a un concierto de música clásica suele ofrecernos la oportunidad de presenciar la puesta en marcha de un criterio estético, una especie de apuesta artística en la que muchos elementos se articulan en un todo coherente y unificado. El concierto del Dúo Belli & Schmeding no es la excepción, de hecho, es uno en el que se tejen varios diálogos sumamente provocadores.

Si bien muchos conciertos organizan su discurso en torno a un compositor concreto, a una obra de grandes dimensiones o a un estilo musical, este es un concierto que resalta por varias razones:  Por un lado, dispone en escena a dos instrumentos que no hacen dueto habitualmente, y por otro, da cuenta de una selección sumamente variada de tradiciones musicales, estilos separados por muchos siglos pero capaces de conversar amistosamente.

Poner entonces bajo un mismo techo composiciones sacras del siglo XVIII con canciones tradicionales suecas, a lo que se suman obras para trombón y órgano compuestas recientemente, es una especie de metáfora o analogía estructural del cómo distintos elementos son capaces de sentarse juntos, mirarse a los ojos y desplegar sus especificidades en favor de un diálogo constructivo.

Las músicas 

En este concierto hay cuatro escenarios musicales identificables: el canon de los compositores conocidos como clásicos o sentados en una tradición, como Johann Sebastian Bach o Johannes Brahms; la evocación de canciones tradicionales suecas, la composición académica del siglo XX y la improvisación musical.

Johann Sebastian Bach (1685-1750) y Johannes Brahms (1833-1897) son dos compositores alemanes, si bien separados por muchos años, enlazados de varias maneras. Ambos cubrieron un espectro amplio de intereses, en músicas para formatos reducidos y obras de gran escala, obras de marcada inclinación religiosa y otras para usos más ‘terrenales’ o seculares.  Las innegables calidades de su producción y su presencia recurrente en salas de concierto y escuelas de música han ayudado mucho a que sus nombres se integren dentro de lo que se conoce como el canon de los compositores, una lista cambiante de compositores (y, aunque aún no suficientes; cada vez más compositoras) considerados como piezas claves para entender el transcurso de la música académica en la cultura occidental.  De lo bonito en la producción de estos artistas es que nunca termina de agotarse; sus obras se reinventan constantemente, revelando elementos distintos que se vuelven a tocar y escuchar. Las obras de Bach y de Brahms que hace parte de este concierto apuntan a estimular una disposición para percibir lo sagrado, no bajo la lupa de un credo concreto, sino en la certeza del valor que tiene la solemnidad espiritual.

Se entrelazan con estos clásicos, elaboraciones o arreglos de canciones tradicionales suecas. Koppången es el nombre de una reserva natural, lugar que inspiró una melodía del mismo nombre que aún se canta y tararea en épocas navideñas. Visa vid midsommartid significa Canción para el solsticio de verano, pieza cantada en ambientes rurales de Suecia para recordar la tradición de tejer coronas de flores mientras se espera la llegada del esperado verano, al tiempo que se recuerdan también los valores del amor y la naturaleza con melancólica sensibilidad. 

Cierra esta sección el Salmo de los pastores o Gammal fäbodpsalm, otra de esas melodías incrustadas en la memoria colectiva de folklor sueco. Cerca de 1930, en un paseo por el campo de la región de Dalarna (Suecia), el compositor y organista Oskar Lindberg (1887–1955) escuchó a un violinista ciego interpretar esta melodía, y de tal experiencia resolvió hacer una adaptación para órgano que interpretó luego en una transmisión radial de 1936. Desde ese momento la popularidad de la canción se ha consolidado y muchas otras versiones musicales se han diseñado.

Aunque se suele asociar al órgano con músicas muy antiguas y religiosas, el instrumento ha sido un punto de interés para muchos compositores en años recientes, quizás en parte porque ofrece muchísimas opciones. De alguna manera, un órgano son muchos instrumentos en uno. Además de las teclas dispuestas para las manos y los pies, hay varias filas de botones adicionales con los que el organista elige qué tipo de sonidos desea, seleccionando ciertos tubos o combinaciones de estos. En ese contexto se insertan las composiciones del estadounidense Gardner Read (1913-2005) y del croata Stjepan Šulek (1914-1968). Las obras recogen la imagen devocional o espiritual que tiene el sonido del órgano, pero recontextualizada en las exploraciones sonoras y estéticas de los músicos académicos del siglo pasado.

Por último, pero no menos importante, el concierto ofrece un par de momentos en los que se pueden escuchar improvisaciones. Esto es altamente valioso por varias razones: de hecho, recupera una práctica musical que ha venido cayendo en declive dentro de la formación académica las últimas décadas, pero aún más relevante, ofrece a los asistentes al concierto la posibilidad dorada de escuchar algo que nunca ha sido antes escuchado, y que no se escuchará nunca más. Improvisar no es un ejercicio de azar ni aleatorio, es un acto de composición espontánea que unos pocos afortunados tienen la oportunidad de presenciar; un momento único e irrepetible en que el músico, no falto de arrojo y valentía, se distancia de las partituras para explorar con el público varios caminos sonoros.

El vehículo de la invocación

Si bien cualquier formato o configuración instrumental se prestaría para armar un programa con músicas diversas, la combinación de este concierto es bastante inusual. Aunque el órgano y el trombón comparten raíces históricas en la música de iglesia durante el periodo Barroco, verlos juntos en dúo es una oportunidad quizá única.

Y no solo única, sino altamente eficaz para un programa que combina lo sagrado con lo terrenal. El trombón es un instrumento integrado en nuestra cotidianidad por medio de varias rutas; lo encontramos con papeles protagónicos en la salsa, el merengue y otros géneros caribeños. Aparece con fuerza en el jazz y en muchas expresiones de música colombiana, además de tener un lugar ganado en la orquesta y la banda sinfónica. Es de esos instrumentos camaleónicos que vemos en la historia adaptándose a músicas muy variadas.

El órgano por su parte, no es un instrumento que solo sirva a un tipo de música, pero es un hecho que por siglos se ha asociado fuertemente a la música solemne, profunda, espiritual y religiosa, y esto se debe en parte a sus condiciones materiales, puesto que está construido de manera integrada con el espacio arquitectónico que lo aloja.

Si el sonido del trombón se proyecta directamente desde la campana hacia adelante, nítido y enfático, el sonido del órgano nos abraza, puesto que todos cuando lo escuchamos estamos dentro —literalmente— de la caja acústica del instrumento. Así las cosas, la voz contundente y certera del trombón junto con la atmósfera sobrecogedora del órgano logran en conjunto el propósito del concierto: invocar a manera de plegaria que se conecten dos planos aparentemente separados y lograr que los ángeles nos acompañen. No hay mejor anhelo que ese en los tiempos que vivimos.

La música canonizada de sujetos que murieron hace siglos como Bach y Brahms dan inicio la invocación, las canciones tradicionales suecas los disponen en un lenguaje más coloquial para poderlos recibir, las voces contemporáneas de Read y Šulek les abren un espacio en el mundo moderno, y las improvisaciones recuerdan la fragilidad efímera de los momentos que vivimos, cortos, fugaces y muy valiosos, como este concierto.

Para terminar

El concierto ofrece varias oportunidades. Además de la consabida experiencia estética que supone ver a dos maestros desempeñando su oficio con virtuosismo y sensibilidad, podemos también reconocer la combinación inusual de instrumentos, uno muy grande y sonoro cargado de solemnidad y otro muy humano, directo y concreto.  Será cuestión de notar las maneras en que tal escenario aparentemente desbalanceado logra equilibrarse armoniosamente. El repertorio, en su conjunto ofrece opciones para encontrar formas coloquiales de aproximarse a lo sagrado y otras muy sacralizadas de acercarse a lo humano.

 

Imagen principal Media
Dos músicos, vestidos de negro, mirando una partitura, frente a un órgano
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