ACERCA DEL ENSAMBLE
Añoranzas es una agrupación de jóvenes estudiantes de artes musicales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá Colombia, conformada a finales del año 2021 con el objetivo de resaltar la música de los llanos colombo-venezolanos mediante sus formas y estilos más característicos. Además de apropiar nuevas sonoridades e incluirlas en su formato tradicional de arpa llanera, cuatro, maracas, bajo eléctrico y voz femenina.
La propuesta artística de añoranzas se consolida desde la ejecución y adaptación de diferentes estilos de la música llanera que se han difundido desde los años 50. Asimismo, busca incluir desde las experiencias de sus integrantes nuevos estilos adaptables al formato.
Cada uno de sus integrantes cuenta con una amplia experiencia artística desde temprana edad participando en distintos teatros, festivales, conciertos y eventos a nivel distrital nacional. Por otra parte, desde su formación han participado en diferentes certámenes, teatros y festivales destacando el X Encuentro Internacional Maestros del Arpa, el festival universitario Casabierta 2023 y en distintos foros distritales de arte.
NOTAS AL PROGRAMA
De la sabana a la casa en el aire
Por Laura Alarcón
Las músicas que se montaron en el galeón y la nao trajo consigo —del Oriente, aparentemente lejano en espacio y tiempo—, llegaron en esas ‘cajitas’ en forma de lira, de ocho y de media-pera. Bien fuera por evangelización, estudio en comunidad o por la creación de nuevas escuelas —que erigieron sus arquitecturas y sonidos como símbolos identitarios entre los cordófonos de América Latina—, aquel punto cardinal se unió con la travesía trasatlántica del arpa, el cuatro y la bandola llanera.
Los Llanos colombovenezolanos, especialmente a nivel musical, son un universo que merece visitas constantes y a fondo y que pide dejar de clamar por el ‘rescate’ de las músicas colombianas, ya que el joropo cuenta con una escena que pega fuerte y cada vez trepa más pisos térmicos en festivales y certámenes en varios lugares de Colombia.
Añoranzas es consecuencia de los procesos de consolidación del ensamble llanero de la Facultad de Artes ASAB de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, cuyo claustro forja múltiples sistemas musicales, indistintamente del instrumento o énfasis. De hecho, Juan Carlos Contreras, uno de los compositores presentes en el repertorio, dirige el ensamble. Esto explica la curiosidad, sembrada y regada en cada integrante, que ha inspirado que este proyecto sonoro abarque distintas regiones de Colombia. Si al escuchar la palabra joropo sólo le llega a la mente «ay, cuando estoy pensando en ti», el repertorio de Añoranzas es una oportunidad para degustar la mixtura actual de este gran universo.
La patoneada
Escuchar el Fandango en re menor del padre Antonio Soler del año 1740 es zamparse un pajarillo con clavecín. El joropo llanero es la amalgama de origen eurasiático, africano e indígena, con rizomas andaluces que conectan también con el flamenco, tanto en el canto -con sus portamentos y melismas- como en el baile -zapateo hasta el piso-. El ritmo se enraizó en la vasta llanura adaptándose al sentir de las comunidades. Aquella danza de pareja que zapatea a galope tendido o a trote, mientras responde el escobilla’o, es una de las formas de entender la musicalidad detrás.
Ser mujer en el joropo: una tonalidad distinta
Las mujeres de Añoranzas no se habían tenido que fijar en las cuitas que tenemos al ser intérpretes y compositoras en un medio, históricamente, de tinte masculino. Más bien, se han sentido respaldadas en la escena de la música llanera con la inspiración de figuras como la colombiana Milena Benites y la venezolana Yenifer Mora. Eso sí, han tenido que pensársela muy bien ya que el repertorio, por lo mismo de lo históricamente interpretado por voces graves, ha de someterse a cambios de tonalidad y lo que eso conlleva para que le horme bien a las voces medias y agudas, sea contralto o sea soprano.
Apenas hace poco, si se analizan las letras recurrentes en el joropo tradicional —temas como el amor filial, romántico o el que se aferra a la tierra y la identidad—, ya se escuchan desde las visiones femeninas, cuando mil y una anécdotas de este tipo se han relatado a viva voz de hombres. ¿Es Añoranzas, en efecto, la primera agrupación de ensamble llanero, con cantante mujer y arpista mujer, que se presenta en la Sala de Conciertos de la Luis Ángel Arango? Si la respuesta es afirmativa —y todo apunta a que sí—, entonces no sólo es su segundo concierto, sino la ratificación de un acontecimiento en la historia femenina de la música llanera en Bogotá.
De la sed de estudiar al manantial de la experimentación
¿A usted no le ha pasado que acude a filtros en redes sociales pa’ ver cómo se ve con maquillaje, con bigote, con ojos verdes, hasta con calva? Bueno, Añoranzas explora las posibilidades de las músicas colombianas con la misma curiosidad de ver qué tal suenan a través del ensamble llanero. Exacto, como Los Rolling Ruanas cuando se preguntaron en sus inicios a qué sabía el rock en el formato carranguero.
El sello de Añoranzas es la experimentación con otros horizontes que se divisan o, por lo menos, se escuchan desde la llanura. Es un grupo que le da especial importancia al componente instrumental en las piezas, ya que la tradición ha mostrado a la figura del/la cantante como protagonista a secas. En el primer concierto, propusieron un viaje interno entre los estilos del joropo criollo y estilizado, los golpes, los cantos de vaquería, entre otras moléculas endémicas; en este segundo concierto, además, rinden homenaje a diferentes regiones del país dados sus ancestros e intereses en particular.
Las transliteraciones tímbricas o cómo hablar en otro instrumento
¿Cómo puede la maraca hacer los repiques y los golpes de la guacharaca del vallenato? ¿Cómo puede el cuatro encarnar un tiple, acompañar un paseo y una guabina? ¿Cómo el arpa cede y retoma su papel melódico respecto a los otros cordófonos a su lado?
Estas preguntas resumen la estrategia detrás de los arreglos de Añoranzas, un ejercicio de traducir el lenguaje de unos instrumentos a otros cuyas técnicas pueden distar enormemente. El resultado es un puente sonoro donde el vallenato retoma las melodías hechas por cuerdas pulsadas derivadas de la guitarra, la marimba del Pacífico peregrina en notas y golpes hacia el formato de la agrupación, como también la banda pelayera, la flauta, la tambora, el guasá, el llamador, el alegre, el clarinete y la guitarra requinto, inclusive.
Son conscientes de la situación de la música llanera a nivel global en el cual, todo lo que no encaje en los géneros preponderantes, se encasilla en world music. Sin embargo, sienten que hay público pa’ todo y el que cobija la música llanera no es cualquier cosita, como tampoco el medio que le abre campito a alternar expresiones musicales mutuamente. La difusión, sea por el canal que se dé, permite expandir el radio de apreciación de la cultura llanera con el movimiento que rodea hoy en día.
Las músicas migrantes levantan la frente: el repertorio
Palomita Morena de Bovea y sus Vallenatos tiene armonía de puro sanjuanito, por ejemplo. ¿Coincidencia? No lo creo, son las músicas migrantes mostrando sus bíceps latinoamericanos. Desde luego, aires colomboecuatorianos como el son sureño y el albazo también fueron fruto de aquella entropía, pues su marcación ternaria también ha cautivado a Añoranzas.
Celebran lo cosmopólita de las músicas en Bogotá, por su carácter accesible y asequible hacia la comunidad. También resaltan la relación entre la música popular —la que afloró de la guasca, guascarrilera o las relaciones de las músicas locales con las que llegaron por estos lares gracias al impacto de la época dorada del cine mexicano— y el joropo como una síntesis sociocultural que se vive en muchos pueblos del país. Por eso, no se le haga raro cuando vea un cuatro en un conjunto de corridos.
El concierto se ensilla con Sabana de Juan Carlos Contreras, como de cuento ilustrado, sobre el paisaje llanero en un pasaje. La armonía recuerda a la mezcla que han logrado las músicas tradicionales, como el bambuco, al entablar charla con las baladas y otras alusiones sonoras a nivel mundial. Entre otras licencias poéticas, cuando se habla de Añoranzas, flota de primerazo el nombre que bautiza a la agrupación, por lo cual la estiman como la obra más importante de este recorrido.
El popurrí de las costas colombianas con Prende la Vela de Lucho Bermúdez y Yo-Po-No-Po de la agrupación Semblanzas del Río Guapi es de los primeros sabores experimentales de esta entrega. Las notas de la banda pelayera y la marimba se transfiguran a las cuerdas pulsadas y las maracas tras el rastro de los membranófonos. En cambio, en el popurrí vallenato con La Casa en el Aire y El Testamento, las cuerdas pulsadas aparecen tras un aroma humeante de vallenato cuerdia’o en el siglo pasado.
Guabinas Torbellineras de Daniel Sossa son un juego bien coqueto entre tonalidades: Si bien el torbellino nació entre la incursión de la gallarda napolitana en las músicas populares que se cocinaron por siglos en tonalidad mayor, éste parquea el camión para volcar las melodías a una tonalidad menor. Ya despuesito, se regresa a la mayor y dan gusto con las improvisaciones características de la guabina y el torbellino de pu’allá arribita.
El canto de vaquería, como el inicial en Sabana, se despierta también en Tonada para un llanero de Teté Quijano. Escrita en verso largo, relata una de las historias de supervivencia a las que el joropo le canta desde sus personajes brotando en la lírica y la poesía, presente también en Flor de Cayena del Cholo Valderrama, notoriamente tradicional en una secuencia de acordes más sencilla, la estructura de la letra más definida e, incluso, la melodía que suele rematar la pieza. Se siente el vaivén entre un seis por derecho para voltearse al conocido por corrío en el momento que la voz toma lugar.
En el popurrí sureño con Matitas de Perejil de Luis Alberto y El Milanchurito -recordado por la versión flautera de Chimizapagua-, las cuerdas del sur de los Andes reencarnan en el formato llanero con el albazo -de corte melancólico, contrastante con el joropo; ya habrá escuchado "ay, no se puede, ay no se puede, ay, olvidar a quién se quiere"- y el son sureño. Si pone especial atención en la armonía, entenderá el apunte de la "Palomita Morena".
Suele pasar que, siendo alma intérprete de músicas tradicionales en Latinoamérica, hablan de jazz y se cree estar más en la onda de "jazztás tejiendo la red" pero, en Señora Julia o Sol de Amanecer, se deja ver haciéndose cocos con las complejidades rítmico-melódicas que han adornado al joropo en estas últimas décadas, resultantes de las músicas que sobrevuelan el cielo latino y le tienden tapete a la improvisación, elemento en común entre ambas expresiones musicales.
Es el turno de la música popular de ponerse de tú a tú con el ensamble llanero. La fortuna de contar con esta clase de repertorios que le jalan las mechas a los paradigmas es poder resolver experimentaciones misteriosas, ya que estamos tratando con un bolero ranchero que deviene en fox o corrido —ritmos binarios que se están dando la mano con los ternarios peculiares del joropo- con Amor que daña de Adriana Bottina.
Y, finalmente, después de tanto galopar, Bendita Tierra Llanera remueve el sentido identitario de las músicas del Llano con la condensación emocional de la contemplación y la vida misma en estas latitudes.