Las lavanderas, portando poncheras llenas de ropa, jabón, rallo y manduco sobre sus cabezas, se dirigen al río al amanecer para lavar la ropa de sus clientes. Dependiendo del lavado para subsistir debido a la falta de acueducto y la cercanía de los ríos, sumergen la ropa en las poncheras, la enjabonan y restriegan con la ayuda de una tabla estriada llamada rallo. Golpean vigorosamente la ropa con un garrote de madera, el manduco, para eliminar la suciedad. Aprendieron el oficio de sus madres desde la infancia, aunque sufrieron más de un golpe en el proceso. Aunque han sobrevivido trabajando bajo el sol o la lluvia, les resulta difícil trabajar cuando los ríos crecen y las playas desaparecen. En el Atrato, se entrelazan diversas tradiciones culturales en el proceso de lavado de ropa, creando sus propios cantos y alabaos.