En el marco de las grandes transformaciones acaecidas en América tras el final del periodo colonial, Perú fue uno de los territorios que vería mayores cambios en lo concerniente a su perdido estatus socioeconómico. Junto con México, siendo antaño los principales territorios generadores de riqueza para las arcas peninsulares, el otrora Virreinato del Perú, debía enfrentarse a un nuevo contexto donde la trascendencia sociopolítica brindada por su potencial económico debía recaer ahora sobre la gestión de un nuevo aparato burocrático autónomo, residenciado en la Lima virreinal.
Como capital de un país que heredó la configuración social del antiguo sistema de castas que condicionaba la movilidad de sus individuos al estamento racial al cual perteneciesen, la concurrencia de un variado trasegar de gentes por sus calles se convirtió en objeto digno de representación para el ojo de Pancho Fierro, pintor mulato, quien plasmó en sus acuarelas todo un desfile de transeúntes indígenas, afros, mestizos y blancos, circunscritos al ejercicio de una gran variedad de ocupaciones del día a día, desde funcionarios públicos, hasta campesinos vendiendo sus productos en el mercado, criadas acompañando a sus amos, clérigos, médicos, abogados, hasta bailes populares o espectáculos de tauromaquia.
Su trabajo fue una válvula de escape para la representación visual de lo popular, de lo propio, de lo autóctono, en consonancia con el costumbrismo que, por entonces, se alejaba de los clásicos temas pictóricos tratados desde las consabidas academias de bellas artes, instituciones en las que Pancho Fierro jamás fundamentó su formación artística, pues aprendió del oficio merced de la elaboración de carteles, decoraciones murales y escudos heráldicos. No se sabe mucho sobre su vida, más allá de los pocos trabajos que bien pueden atribuírsele, pues gran parte de sus acuarelas, las cuales vendía por poco dinero, usualmente no eran firmadas. La caracterización narrativa, anecdótica, espontanea es propia del sinfín de personajes que desfilaron de manera inadvertida ante sus ojos, en el marco de una Lima que gradualmente se adentraba en transcurso de su naciente identidad republicana.
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