Con la entrada del siglo XX, y la difusión de los dispositivos de captura fotográfica, esta técnica cargó con el lastre de encasillar su producción visual bajo el carácter documental, por el cual la reproducción de sus escenas denotaba el mayor realismo, minucia y detalle que se erigió en testimonio de las grandes catástrofes bélicas que advendrían en las primeras décadas de la centuria. El mundo conoció de primera mano los desastres de la guerra, el drama de familias asesinadas, desplazadas y despojadas de sus territorios, el dolor de individuos cuyos seres queridos fueron abatidos en los campos de Verdún, Galipoli. Somme, Kursk, Konnigsberg, todo esto a través de las fotografías que la prensa internacional difundía en periódicos y revistas.
Trascender el carácter documental, adscrito por ese entonces a la fotografía, se erigió en una de las labores emprendidas por artistas que apreciaron el potencial estético de la cámara fotográfica para encuadrar composiciones figurativas, percibidas en espacios naturales o urbanos, cuyos elementos estaban sujetos a la experimentación cromática, mediante la obturación de la lente al resaltar fuertes contrastes de luces y sombras, y gracias a la cual, la reproducción visual de acontecimientos específicos, de tipo testimonial, pasó a un segundo plano para dar cabida al surgimiento de escenas, casi abstractas, cargadas de simbolismos susceptibles de generar interpretaciones diversas entre los espectadores. Uno de aquellos artistas, inmerso en esta cruzada fue Emmanuel Radnitsky, más conocido bajo su seudónimo Man Ray. Desde Manhattan, su temprana fascinación por el lenguaje estético desplegado por el dadaísmo y el surrealismo, lo llevó a pintar cuadros de paisajes, retratos y bodegones que, en su opinión, sintetizaban elementos expresionistas y cubistas. Su constante curiosidad por la experimentación técnica, por el empleo de herramientas que denotaran la gestualidad del acto pictórico, lo llevó a sustituir el pincel por una pistola de aire.
La incursión en el ámbito fotográfico, gracias a la colaboración con la revista de André Bretón, Littérature, lo llevó a trabajar para otras publicaciones como Vanity Fair y Vogue, donde tuvo la oportunidad de capturar los retratos de celebridades de la escena artística de comienzos del siglo XX, como Pablo Picasso, George Braque, Joan Miro, Juan Gris, Luis Buñuel. Los procedimientos técnicos del revelado fotográfico no quedarían al margen de su curiosidad experimental, pues varias de sus composiciones visuales, son producto de una técnica que él mismo denominó rayografías y solarizaciones. La primera consiste en colocar objetos sobre el papel fotosensible para exponerlos a la luz directamente durante unos segundos y dejar así plasmadas sus siluetas; y en las solarizaciones, contrario de lo habitual en el proceso de revelado, se encendía la luz, a fin de invertir de manera parcial los claroscuros de la imagen.
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