Coleccionar objetos es una función netamente humana. Ya sea por diversos motivos, personales o sociales, el hombre reúne objetos con un propósito determinado. Las colecciones plantean un sistema de conocimiento y un bagaje articulado con la historia y las necesidades humanas de recolección de datos, información y materialidad en sí misma. Dada su función flexible y permanente, una colección nunca termina de completarse porque hay una carencia de objetos, el complemento de otros y el fin de continuar este ejercicio permanente. De estas particularidades deriva una íntima relación entre el coleccionista y sus objetos, las historias en torno a cada uno de ellos y la función sentimental que le agregue el poseedor de los mismos. Para la clasificación de los coleccionistas, existen dos básicas tipologías: los que utilizan la razón y otros, los que hacen uso de la pasión. Los primeros suelen utilizar sus conocimientos para organizar su acervo, estudiarlo y preservarlo de manera categórica; los segundos son más emocionales, se dejan guiar por la intuición y los gustos personales. Sea la clasificación que aplique, cada colección es un cosmos especial. Para ejemplificar esta condición de coleccionismo, basta con observar las prácticas fúnebres de los egipcios, rituales que implicaban el hecho de reunir todas sus pertenencias y enterrarse con ellas, a manera de identificación con la materialidad. Durante el Renacimiento, el coleccionismo de objetos tomó una función más investigativa al enfocar el conocimiento en los objetos, sustraídos de su contexto y estudiados en torno al mismo. Con el paso de los años, numerosas casas reales europeas atesoraban grandes colecciones de arte y literatura, así como objetos científicos, con el fin de demostrar el poder político y social de sus dinastías. Paradójicamente y con el paso del tiempo, este coleccionismo privado se transformó en un coleccionismo de condiciones democráticas al perder su función exclusiva de disfrute para luego ser admirado por el resto de la población; este suceso condicionará la creación de varios museos nacionales europeos. De esta sucesiva práctica social, se logró la clasificación de los objetos en cinco tipos, derivados del racionalismo: naturalia (elementos naturales), artificialia (objetos hechos por el hombre), mirabilia (rarezas naturales o manufacturadas), scientifica (instrumentos) y biblioteca. En tiempos de la Ilustración empezó a ser frecuente en los coleccionistas un interés erudito por analizar y ordenar sus acervos, paralelo al interés fetichista de reunirlos por mero placer. Ya en el siglo XIX se potenció una modalidad de adquisición de objetos a través de las subastas, actividad en el cual diversos personajes poderosos, como industriales, banqueros, comerciantes o filántropos, adquirieron obras de arte y diversos objetos, reunidos para conformar luego una colección privada, antecesora de numerosos museos privados en el mundo.
En el caso colombiano es sobresaliente e inquietante el trasegar histórico de las colecciones públicas y privadas. Por ejemplo, el poder de la Iglesia Católica durante los siglos XVII, XVIII y parte del XIX, determinó la función coleccionista de esta institución al reunir objetos dedicados al culto como custodias, esculturas y pinturas; luego, con la influencia de la Ilustración, la Expedición Botánica reunió cerca de seis mil láminas evidenciando el avance científico en el estudio, clasificación y representación gráfica de especies vegetales en la actual Colombia a comienzos del siglo XIX. Después, con colecciones privadas formadas a partir de objetos reunidos por particulares como Antonio Caballero y Góngora, Antonio Nariño y Rafael Urdaneta, se dio inicio a museos como el Nacional, el más antiguo del país. Más adelante, ya en el siglo XX, la gestión institucional fue vital para conformar colecciones públicas de arte y literatura como las gestadas por el Banco de la República. Particularmente sobresale el caso del coleccionista colombiano Hernando Santos Castillo, quien a lo largo de su vida reunió diversos objetos, principalmente obras de arte hechas por artistas de renombre como Alejandro Obregón, Feliza Bursztyn, Bernardo Salcedo y Norman Mejía. Este personaje encarna el prototipo de coleccionista apasionado, fervoroso de sus objetos pero también del coleccionista que por un interés histórico o artístico utiliza la razón y el conocimiento para estudiar y clasificar los objetos aglutinados. Cada uno los objetos recopilados por los coleccionistas cuentan una historia particular, ligada a personajes conocidos o anónimos, lugares y momentos.
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