El tránsito hacia la recuperación alemana, tras sendas derrotas en dos guerras mundiales, no dejo de estar exento del dramatismo social y político que acompañó los años posteriores, tanto al Tratado de Versalles de 1919, como las capitulaciones de Berlín de 1945. El desgarrado país habría de verse sujeto a la tensión entablada entre las dos principales fuerzas ideológicas del momento, y cuya pugna incursionaría en la mayoría de los ámbitos de relacionamiento social, económico, político, religioso y cultural.
En este último, la plástica berlinesa se debatía entre la adopción del realismo socialista, preminente en su lado oriental, o el tachismo y el informalismo, en auge por la inmensa popularidad que el expresionismo abstracto se había granjeado en los Estados Unidos. George Baselitz, ante tal disyuntiva de elección estilística, optó por emprender un camino de exploración estética que le condujera al descubrimiento de su propio lenguaje. Como resultado, mantuvo la figuración, en contravía de la profusa abstracción que en Occidente se había asociado con el progreso de la libertad creativa inscrita en la pintura, contrapuesta a la figuración del realismo socialista. No obstante, su representación figurativa da lugar a personajes de descripciones visuales alejadas de realismo alguno, logrando articularlas con códigos del expresionismo, logrados a través de la distorsión y deformidad de sujetos circunscritos a escenarios turbios, signados por el caos, y desprovistos de significado alegórico.
Baselitz enfatiza la necesidad de deconstruir los ¨motivos¨ inscritos en sus pinturas, desmarcándolos de cualquier intención porque estos imiten algo real o simbolicen algún concepto, con el fin de que adquieran autonomía y restrinjan su acción al ámbito de constituirse meramente en figuras pictóricas. El único fin de la pintura es representar su rol de obra artística y nada más, transcendiendo incluso los convencionalismos promovidos desde la academia, cuando decidió dar forma a sus ¨pinturas fracturadas¨, consistentes en escenas cuya representación ha de lucir compartimentada por el trazo de líneas horizontales que dan lugar a la separación de varias franjas, en contravía de los clásicos parámetros de percepción.
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