Con el advenimiento de la segunda Revolución industrial, comenzaron a emerger gradualmente las tensiones entre las nociones de arte/industria y belleza/funcionalidad. La compartimentación entre el valor estético, de las piezas realizadas por artistas y artesanos, comenzó a acentuarse cuando se puso de manifiesto cuán divergente resultaba ser la funcionalidad de los objetos elaborados por cada uno, más allá de las primacías estéticas que optaran por imprimir sobre el resultado final.
El proceso de producción se vio ampliamente modificado pues los artesanos ya no tenían el control total sobre el mismo en la concepción de sus obras, sino que, en virtud de los avances tecnológicos, se vislumbró la especialización fraccionada de cada una de sus componentes, y su masiva serialización, por lo cual se le brindaba mayor preeminencia al rol utilitario de los objetos, a la vez que se fueron relegando los detalles de ornamentación dirigidos a la representación de un valor estético.
Como réplica ante la serialización, desde el arte se respondió con la concepción de objetos que, en lugar de acudir a la mecanización, se remitió al empleo de técnicas cercanas a la manualidad, y de características únicas, generando piezas de alto valor económico por su valor estético, menoscabando el elitario.
Fue desde la arquitectura donde se abordó la concepción del diseño, con el objetivo de conciliar cada una de las facetas contradictorias que hasta entonces habían condicionado funcionalidad estética con funcionalidad utilitaria, y un gran ejemplo de ello fue el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, quien aplicó su conceptualización sobre la creación de mobiliario cotidiano, siendo las sillas su principal objeto de atención.
A través de materiales económicos, como alambre galvanizado, madera rota, papel o cartón, aspira crear belleza, inscrita en sillas de bajo costo y fácil difusión. De ahí que, a comienzos de los años setenta, fabricara su línea de muebles, titulada Easy Edge, cuya particularidad residía en su creación a partir de cartón corrugado, unido en sus extremos con pegamento. No obstante, el aura de objeto de diseño en torno a sus mobiliarios los convirtió en artefactos de alto precio, contrariando la aspiración inicial de presentarlos como alternativas baratas a los muebles tradicionales.
Asimismo, procedió a experimentar con el manejo de las tiras curvadas de madera en la fabricación de sillas, alcanzando una simbiosis entre acabado y estructura, a fin de rememorar las canastas que anteriormente servían de contenedores de productos en el mercado.
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