Desde que se tiene la noción de arte pictórico, la recreación de ilusiones visuales ha irradiado su proceso técnico al momento de idear figuras y plasmar espacios representados en medios bidimensionales como los lienzos o tridimensionales como el mármol. La recreación de ilusiones atraviesa variados periodos históricos que connotan toda una multiplicidad de recursos, pudiendo remitirnos desde a la fascinación de los artistas de la Grecia clásica (siglo V a. C.), por captar el desplazamiento de los cuerpos en el espacio a fin de dotar de movimiento a escenas escultóricas o pictóricas sobre sus grandes mitos o hazañas militares; pasando por la insistente fijación de los artistas del Renacimiento por capturar la esencia de espacios tridimensionales, merced de métodos matemáticos y geométricos, esperando plasmar en sus obras la ilusión de ser espejos del mundo.
Conforme el paso de los siglos, los cambios en la representación estética van impactando la contemplación que los espectadores de su respectivo tiempo se van forjando ante los diferentes encuentros que tienen con aquellas obras. El auge de los grandes centros de enseñanza estética, ubicados en las principales metrópolis europeas, erigió a tales instituciones en árbitros de un juicio que se consideraba autosuficiente para declarar cuales piezas de representación podían ser o no dignas de denominarse arte.
Las vanguardias que proliferaron en la escena artística de Occidente, desde finales del siglo XIX, contrariaron las convenciones académicas del arte que concebía a las piezas como un reflejo del mundo, y en su lugar tomaron conciencia del espacio autónomo del lienzo como lugar de experimentación estética, susceptible de dar lugar a la creatividad personal, sacrificando los consabidos aspectos de verismo hasta entonces dominantes. La abstracción tomó la posta en el auge de representación estética del mundo a fin de brindar miradas de carácter más subjetivo, desde las manchas expresivas de los estados de ánimo de los artistas, hasta la geometrización que aspira captar la esencia figurativa de paisajes urbanos y rurales de la cotidianidad.
La obra de Juan Cárdenas es consciente de la disyuntiva entablada entre la superficie de la pintura y la profundidad de la pintura, logrando conciliar convencionalismos de la abstracción y el academicismo en la representación de escenarios, como su taller personal, donde la contemplación de espacios, aparentemente ceñidos a las reglas de la perspectiva mas verista, conminan a efectuar una observación más atenta para descubrir recursos de abstracción figurativa mediante la yuxtaposición de planos geométricos, que hacen de la totalidad de sus lienzos espacios de compartimentación cuasi ortogonales. Se hace evidente el conocimiento de Cárdenas sobre la historia del arte al adaptar diversos géneros a su particular estilo, siendo posible encontrar abordajes temáticos en torno a paisajes, retratos, autorretratos y naturalezas muertas, cuya particularidad se ve connotada por detalles asociados sus experiencias personales.
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