Tras la división y repartición del continente africano, a finales del siglo XIX, entre las diferentes potencias europeas, la curiosidad por lo exótico se vio exacerbada por el envió de comisiones de exploración geográfica desde las metrópolis, a fin de saciar la indagaciones intelectuales y científicas acerca de costumbres, poblaciones, fauna, recursos minerales y especies vegetales y botánicas, que permitieran dilucidar, de manera aproximada, el potencial de productividad económica inserto sobre aquellos territorios susceptibles de colonización.
Con la llegada de colonos blancos al continente africano, se puso de manifiesto la intención de proyectar en el territorio, jerarquías de dominación social, fundamentadas en una estratificación racial que encumbraba en su cima a la minoría europea, en virtud de su color de piel, menoscabando el bienestar de derechos de la mayoría negra que habitaba el país desde hacía milenios. Sudáfrica fue el país donde mayor resonancia tuvo la materialización de aquella infame sujeción decimonónica, enclaustrada en el sistema de apartheid que estuvo vigente durante la segunda mitad del siglo XX. Holandeses y británicos configuraron un modelo social, político y cultural, donde, pese a discrepancias internas, como bien lo vino a reflejar la Guerra de los Boers (1899-1902), siempre confluyeron en la exclusión de la población negra de la prosperidad económica y productiva del país, relegándolos del ejercicio de sus derechos sociales y políticos, dando lugar a una cotidianidad de la miseria donde los protagonistas siempre eran la población negra. La lente de Alf Kumalo, pone de manifiesto, a través de sus imágenes, las vivencias de aquella cotidianidad, donde el activismo de líderes e intelectuales negros chocaba con el represivo accionar del gobierno, único medio que le quedaba a éste por extender la vida de un sistema de organización sociopolítica anacrónico y próximo a sucumbir.
Cada fotografía revela una faceta de la vida espiritual y de la riqueza cultural sudafricana, inserta en un contexto que complicaba el libre desenvolvimiento de una sección poblacional que constituía la mayoría del país, un país inscrito dentro de lo que, desde nociones euro centristas, se denominaba la periferia, habitada por el otro, y cuyas concepciones del mundo no vinieron a ser del interés para la intelectualidad de las grandes metrópolis, sino hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, para saciar la curiosidad por el potencial económico del territorio, y para hallar nuevos referentes de estética que suplieran los cánones de belleza pictórica dominantes en las academias de bellas artes europeas. De ahí que los museos etnográficos, con sus exposiciones de máscaras tribales, estatuillas de ídolos animistas, elementos de guerra, objetos rituales, vestimentas, y manufacturas, se convertirían en espacios de gran concurrencia para muchos de los artistas que idearían los principios de las vanguardias estilísticas tomando como referencia los patrones estéticos allí expuestos.
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