La crítica musical ha sido un elemento importante en la historia de la música. Muchas veces ha servido de aliciente a compositores que encuentran un camino estético interesante, o, también, como un duro obstáculo que un intérprete, creador o institución debe sortear con argumentos de resultado artístico. En nuestro país, han sido pocos los espacios dedicados a la crítica musical y pocas también las voces que lo han hecho. Sin embargo, aún es posible encontrar en el archivo de diferentes periódicos referencias sobre los recitales de diferentes artistas que visitaron el país o de conciertos orquestales que solo unos pocos llevarían hoy en sus recuerdos. En aras de brindar al público la oportunidad de reflexionar acerca de la actividad musical que se desarrolla en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y de brindar a futuras generaciones una referencia acerca de estos eventos, hemos dispuesto este espacio para que distintas voces compartan sus impresiones sobre los diferentes conciertos de nuestra temporada. Esperamos que estos textos complementen la experiencia de asistir a nuestra temporada de conciertos y que con ellos el público confronte sus apreciaciones, cuestione y valide su criterio y entre en una discusión activa con nuestra programación.
Alguna vez leí que las estructuras sonoras musicales no son capaces por sí solas de contar una historia. Reza el argumento que esta incapacidad se debe, entre otras cosas, a que el lenguaje musical—a diferencia de los lenguajes verbales—no cuenta con un tiempo pretérito explícito. La música es, según esta visión, un sistema simbólico del presente puro. Recordaba este debate, un tanto esotérico, es cierto, mientras escuchaba el concierto que los pianistas Blanca Uribe de Colombia y Harold Martina de Curaçao ofrecían en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, el pasado miércoles 10 de agosto en Bogotá. Y lo recordaba, porque si de algo particular se trataba este concierto, tenía que ser sobre el pasado. Quizás no eran las estructuras sonoras de las piezas interpretadas las que aisladamente me hacían pensar en una narración sonora de algún ayer. Era el ensamblaje total del evento, la suma de sus múltiples dimensiones. En palabras del musicólogo Óscar Hernández, el concierto configuraba un “mundo de sentido” que me hablaba del ayer.
De entrada, la foto en blanco y negro de Blanca y Harold, que sirvió como portada del programa de manos, y que hizo las veces de breve introducción visual al concierto, proyectaba una linda imagen de los dos pianistas, algún tiempo atrás, posando detrás de un piano con su tapa abierta. Quizás eran los tonos blancos y negros los que le daban un aire remoto, del vintage tan hoy adorado por las tribus urbanas llamadas hipster. O quizás eran los mecanismos internos del piano, fruto de un desarrollo tecnológico ya antiguo y análogo. O quizás era mi lectura simplista, inspirada por alguna nostalgia que sin saber traía conmigo ese día. Se me ocurría, en todo caso, que la foto servía como una ventana al ayer de estos dos maravillosos pianistas, y de este modo invitaba a una meditación sobre el significado de sus carreras y su legado. Desde antes de iniciar, y quizás sin quererlo, el concierto se presentaba y se sentía como un homenaje.
El programa de mano, con un discreto dorado como el único color distinto al blanco y negro de sus páginas, sugería también un sobrio homenaje; un oro a la trayectoria de los artistas convocados. El nuevo diseño, más minimalista que anteriores versiones, proyectaba una refrescante estética de austeridad, y, en mi opinión, hacía más agradable la lectura. Quizás por la sensación inicial inspirada por la fotografía, esta versión se me antojaba también un tanto “retro”, lejos de los pastiches electrónicos del mundo virtual que nos envuelve. Irónicamente, el diseño simplificado también se me antojaba parecido al de un Kindle, esos aparaticos que quisieron darle a la lectura digital un aire de biblioteca de antaño. ¿Y el contenido? Escritas por la musicóloga Ellie Anne Duque, una de las más prestigiosas investigadoras musicales en Colombia, las notas al programa seguían fielmente los cánones retóricos de la tradición positivista de la musicología del siglo pasado: sin ambigüedades aparentes, el experto proporciona metódicamente los datos necesarios para una escucha “debidamente” informada. Así pues, la estrategia retórica de las notas también apuntaba a una tradición en retirada.
Una vez en la sala, el denominador común fue la lectura. Desde el inicio del concierto, Harold y Blanca se embarcaron en un ejercicio de lectura permanente de la partitura, ofreciendo interpretaciones musicales que, más allá de cualquier consideración puramente técnica, parecían expresar el gozo puro de hacer música; un gozo particular que quizás solo es proporcionado por el recorrido musical y vital de los artistas. El público, por su lado, tal vez siguiendo el llamado a la lectura de los intérpretes en escena, leía constantemente las notas al programa. Alguno acercaba su lupa al documento, como queriendo descifrar algún enigma de algún manuscrito antiguo ¿Un enigma de Ellie Anne? O ¿El tamaño de las letras? Mientras, los pianistas seguían leyendo. Quizás el énfasis en la lectura, tanto de los intérpretes como de los asistentes, era una expresión simbólica de una cultura docta y letrada que ve sus costumbres amenazadas por la tiranía de un mundo esencialmente audiovisual. Uribe y Martina acompañaban los gestos sonoros con sutiles movimientos de cabeza y cuerpo. Danzaban, sí, pero con sus ojos fijos en la partitura, parecían estar diciendo: “esta es la tradición escrita de la música, en la que nos formamos, y a la que homenajeamos mientras danzamos leyendo”.
Pero, ¿y qué decir de la música? ¿Qué decir de esas estructuras sonoras incapaces por sí mismas de narrar una historia? En una noche en la que sentía que todo aludía de algún modo al pasado, la música me parecía estar hablando de nostalgia. ¿De qué más? Para empezar, el orden del programa parecía expresar una lógica inversa a la habitual: parecía avanzar hacia atrás. Cuando casi todos los programas tienden a incluir el repertorio más “serio” y “pesado” en la primera mitad, Uribe y Martina decidían culminar, más bien, con el siempre delicado (y esta vez, ligeramente trágico) Brahms. Esta inversión del programa me permitió escuchar en el segundo movimiento de la Opus 34b una reminiscencia del goce más ligero que habíamos escuchado en la primera mitad. Después de todo, pensaba, la música sí podía expresar un tiempo pretérito. En esa primera mitad, Blanca y Harold habían iniciado con una sonata cortesana de Clementi, llena del estilo brillante y cantabile de la época, pero con ligeros toques sentimentales en el segundo movimiento. Habían cerrado con danzas embrujantes andaluzas, cuya interpretación ligeramente “sucia” hacía honor al exotismo con el que solemos juzgar esa música con aires gitanos. Y habían incluido una pieza que, al hacer uso de sutiles citas de aires nacionales andinos de algún pasado remoto, y a juzgar por los aplausos atronadores que le siguieron, marcó quizás el punto cumbre de la noche. Se trataba de Remembranzas del colombiano Jaime León.
Remembranzas, de eso nos habló la música esa noche. León, Uribe, y Martina desafiaron aquel precepto de la música como presente absoluto. Una noche llena de gozo y de nostalgia debía leerse obligatoriamente como homenaje a la carrera de estos brillantes pianistas latinoamericanos. La música en honor a la memoria.