Por cerca de 40 años Manuel Parada guardó bajo llave en una de las vitrinas de su biblioteca tres pequeñas piezas arqueológicas que adquirió durante los años en que trabajó como guía de turismo: una ocarina en forma de caracol del altiplano de Nariño, una cerámica de San Agustín y una nariguera en oro de la región Quimbaya. El 26 de noviembre de 2013, de acuerdo con las nuevas leyes sobre el patrimonio arqueológico colombiano, Manuel cedió la tenencia de estas piezas al Museo del Oro, institución que en adelante se encargará de su conservación y difusión. Esta decisión, según él mismo, “coloca el patrimonio en el lugar que le corresponde: el Museo. Allí no sólo lo disfrutaré yo, ahora será de todos”.
En 1960, Manuel Parada era funcionario de la Oficina de Recursos Naturales del Ministerio de Agricultura. Sin embargo, un deseo de aventura lo motivó a dejar su escritorio, colgar su corbata y con un morral en los hombros convertirse en guía nacional de turismo, un trabajo que lo llevó por todo el país y le permitió conocer la historia detrás de sitios tan emblemáticos como la Sierra Nevada de Santa Marta, el Parque Arqueológico de San Agustín y el Museo del Oro de Bogotá. A este último, según nos cuenta, lo visitó casi semanalmente durante 52 años; él mejor que nadie vivió los cambios del Museo, desde que era sólo una decena de vitrinas en el sótano del Banco de la República hasta sus grandes transformaciones en 1968 y 2008.
“A mí me interesaban los temas de arqueología, pero no sabía nada al respecto. Yo había estudiado turismo e inglés en la Universidad Javeriana, pero fue en el Museo del Oro donde tuve mi primer acercamiento al tema, durante las capacitaciones que el Museo ofrecía a guías externos como yo. Después, entre las idas y vueltas de mi trabajo, conocí a un par de arqueólogos norteamericanos que me enseñaron otras cosas, también sobre ornitología, así he aprendido a apreciar la belleza e historia de estas piezas”, explica.
Las piezas que Manuel Parada tenía en su poder fueron adquiridas antes de 1997, año en que entró en vigencia la Ley General de Cultura (Ley 397) que estipuló que todos los objetos arqueológicos son un patrimonio de la Nación colombiana y como tal tienen un valor cultural excepcional que no puede expresarse en dinero, pues ninguna cifra equivale a su significado histórico y cultural, ni a su poder para guardar la memoria colectiva del país. Por ende, en Colombia está prohibida la compra y venta, además del saqueo y exportación del patrimonio arqueológico.
“La primera que compré fue la nariguera de oro, en 1962; me la ofreció un campesino, mientras yo tomaba un café con un amigo en el Edificio Avianca de Bogotá; cuando la vi, de inmediato pensé en comprarla, ni siquiera le pedí descuento. La ocarina la compré en Ipiales en 1965 y la vasija en San Agustín en 1970, esta última en una época en la que se decía que las mejores piezas arqueológicas se las estaban llevando lejos del país, entonces yo pensé que comprándola algo bueno se quedaría”, recuerda.
La Ley también estipula que quienes tengan piezas en su poder —así como le sucedía a Manuel— pueden ser nombrados “tenedores de bienes arqueológicos” siempre y cuando las registren ante el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), quien evalúa si la persona o institución que las tiene en su poder puede cumplir con las obligaciones de cuidado, preservación y responsabilidad que implica el patrimonio. La ausencia de este registro autoriza al ICANH a decomisar y entregar el patrimonio arqueológico a un tenedor que, como el Museo del Oro, cumpla con las obligaciones establecidas.



“En este caso fue el propio señor Parada quien se acercó al Museo del Oro y nos expresó su deseo de ceder la tenencia de estas piezas. El Museo lo asesoró para hacer las fichas técnicas de las mismas y los trámites de registro ante el ICANH, y en ese momento, mediante una carta, él le expresó al Instituto su deseo de que fuera el Museo de Oro el tenedor oficial de las mismas. El ICANH aceptó y nos lo informó a través de una carta oficial dirigida al Sr. Parada y a María Alicia Uribe, directora del Museo, en donde además puntualizaba el procedimiento oficial que debíamos seguir para llevarlo a cabo”, explica Juanita Sáenz, Jefe de la Sección de Registro del Museo del Oro.
Con el acta oficial de esta entrega, el Museo registrará estas tres piezas ante el ICANH como su nuevo tenedor oficial. Esta fue, por cierto, la última vez que estos tres objetos fueron tocados con las manos o viajaron en taxi dentro de una bolsa: estando al cuidado del Museo del Oro, sólo conocen los guantes, las vitrinas o las estanterías, y en caso de salir temporalmente a una exposición por Colombia o en el extranjero, los camiones blindados.
Desde que fueron expedidos los decretos reglamentarios y se puso a punto el mecanismo de cesión de tenencia en 2011, esta es la sexta cesión que recibe el Museo del Oro. La mayor parte han sido de arqueólogos o instituciones, aunque vale la pena resaltar la realizada por la señora Ligia Henao, quien para cumplir la voluntad de su hermana Graciela Henao, fallecida un par de meses antes, cedió al Museo del Oro la tenencia de su colección de cerámicas Quimbaya.
“Cada solicitud debe contar con la aprobación del Comité Asesor y del Comité de Compras del Banco de la República, quienes aprueban si las piezas deben ingresar a la colección del Museo del Oro y por ende asumir los gastos futuros que esta tenencia implica para la institución, como seguros, restauración, conservación, inventarios y en algunos casos embalaje y transporte de las piezas”, puntualiza Sáenz.
¿Qué pasará con las piezas que Manuel Parada le entregó al Museo del Oro? “Una de esas piezas, la ocarina en forma de caracol, ya tiene un destino seguro: será enviada a Pasto donde hará parte del nuevo guion curatorial del Museo del Oro Nariño”, comenta María Alicia Uribe.
“Para mí es una alegría infinita que estas piezas estén ahora en manos del Museo del Oro, sé que ellos sabrán cuidarlas y darles el valor que tienen. Así termina mi historia como guía de turismo, y después de tantos años mostrándoles a los viajeros la cara buena de Colombia, me retiro a descansar y a cuidar de mi señora que anda malita. Seguramente volveremos de visita al Museo del Oro y espero encontrarme algún día una de estas piezas en las vitrinas”, concluye Manuel.
El deseo de Manuel ya es una realidad: el lunes siguiente a la entrega, el 2 de diciembre de 2013, la nariguera Quimbaya y la cerámica de San Agustín entraron a ser parte de la exposición en el Museo del Oro de Bogotá, donde serán admiradas -y agradecidas- por más de 500.000 personas cada año.