Actividad realizada por el Centro Cultural del Banco de la República en Armenia

Por José Uriel Hernández Arenas, agroecólogo.

En nuestra región cafetera la naturaleza es exuberante, hay abundancia de todo: aguas, animales, plantas. Por doquiera nos rodea una rica biodiversidad vegetal, que antes sirvió a los nativos y a los primeros colonos para su alimentación, como medicina, para construir sus viviendas, sus muebles y enseres, y toda suerte de elementos de uso cotidiano; también hay plantas para apoyar los rituales y creencias y hasta para alterar los estados de ánimo. Nuestros padres y abuelos eran depositarios de ese conocimiento milenario transmitido por generaciones y hacían uso de él; antes eran los mediquillos o yerbateros con sus infusiones y bebidas, de donde nació la medicina moderna con sus drogas sintéticas copiadas en buena parte de las propiedades de los componentes naturales de los vegetales.

Muchos trabajos sobre los beneficios de las plantas se han hecho, partiendo desde los sumerios hace ya más de 5000 años, pasando en este continente por el aporte de las comunidades nativas, Gregorio López en el siglo XVII, Humboldt y Mutis en el XIX hasta nuestros días. Pero en esta región vemos como cada día se pierde más y más el conocimiento y uso de las plantas que nos rodean; los monocultivos y el uso indiscriminado de los herbicidas están erosionando peligrosamente nuestra biodiversidad, mientras tanto se busca con afán patentar el uso y el conocimiento ancestral de estas especies.

La riqueza cultural aún es posible encontrar entre algunos pobladores de la región cafetera; todo ese universo tan rico de usos de las plantas que nos rodean busca la validación académica de ese conocimiento tradicional, el reconocimiento social y quizá valor económico. La búsqueda de una vida más sana obliga a volcar el interés sobre alimentos y medicinas más naturales, y todo está en la naturaleza, en nuestro entorno.

Imagen principal Media
Detalle de ilustración de la edición 99 del Boletín Cultural y Bibliográfico