A Leopoldo Richter (1896-1984) se le considera un artista determinante en el desarrollo del arte moderno en Colombia, un entomólogo y naturalista de convicción que plasmó en cada una de sus obras la admiración que sentía por las comunidades indígenas del país y por la biodiversidad de la selva tropical.
“El viejo que habla”, un mural de 1956 de más de 3 m. de largo y 2 m. de alto, pertenece a la Colección de Arte del Banco de la República y se exhibe de forma permanente en el Centro Cultural del Banco de la República en Buenaventura.
“El filósofo de la selva”, como se le conoció a Leopoldo Richter, fue un hombre que con abnegación dedicó su vida a dos grandes pasiones: el arte y la naturaleza. Richter nació en Grossauheim, Alemania, país en que se formó como entomólogo y artista, y del que partió hacia Suramérica en 1926 tratando de emular las travesías de Alexander Von Humbolt. Tras vivir en Venezuela y Brasil, Richter llegó a Colombia en 1935. Pronto se vinculó al Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia en donde trabajó por más de 23 años y desarrolló, entre muchas otras cosas, un catálogo de membrácidos colombianos, que él mismo ilustró, y numerosas expediciones científicas por la Amazonía, la Orinoquía y Serranía de La Macarena, viajes en los que a modo de apuntes, retrató la vida y cosmovisión de los pueblos indígenas. Temas que terminaron por ser leitmotiv de su obra artística.
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Restauración del mural El viejo que habla
El mural, restaurado en 2017 por el Banco de la República, está hecho con 828 tabletas de cerámica pintadas con esmaltes vidriados —técnica de la que Richter fue pionero y maestro—, adheridas con cemento a paneles metálicos que facilitan su montaje y transporte. La obra se exhibió por primera vez en la feria de Corona de 1956, empresa que prestó sus instalaciones al artista y en la que realizó buena parte de sus obras en cerámica. En 1994 la familia Echavarría, propietaria de Corona y dueña original del mural, donó la obra al Museo del Oro y de ahí pasó a ser parte de la Colección de Arte del Banco de la República.
El eje central de la obra es una reunión en la que diez individuos y algunos animales escuchan atentamente a un personaje central sentado en posición de loto, tras ellos se aprecian dos malocas y el follaje típico de la selva.
“Como en la mayoría de las obras de Richter, en el mural las composiciones se presentan en primer plano y carecen de perspectiva. El viejo que habla es representativo, asimismo, de la tendencia del pintor a colmar de formas sus murales, a llenar todos los espacios, sin que por ello las obras parezcan recargadas”, explica María Carolina Leiva, profesional que participó en la restauración del mural.
Cuando se indaga por la intensión original de la obra, Gisela y Juanita Richter, esposa e hija del artista respectivamente, coinciden en señalar el mural como “un homenaje a la mística de la palabra en las culturas indígenas”.
En varias ocasiones Leopoldo Richter expresó su admiración por el trato que reciben los ancianos al interior de estas comunidades, que los consideran sabios dotados de experiencia que se han comprometido en transmitir sus saberes a los descendientes.