La fotografía desde sus inicios ha mostrado la vida de los sectores sociales oprimidos; Henry F. Talbot, por ejemplo, buscó el sujeto para sus retratos en las caras de obreros y trabajadores, así como en gente de estratos desfavorecidos. El carácter transparente del medio fotográfico que se creó en el siglo XIX como potenciador de objetividad y, en consecuencia, como espejo de la realidad, resultaba perfecto para romper con el estigma burgués que amarraba la representación (por medio de la pintura, el dibujo y otros medios tradicionales) a la belleza clásica y a la vida de las clases acomodadas. Desde que los fotógrafos salieron del estudio a la calle, han buscado muchas veces reventar la aparente burbuja de bienestar social para revelar un lado deprimido de las urbes.

La película Los olvidados, realizada en México por Luis Buñuel (1950), es sin duda fuente de inspiración visual en el manejo de la marginalidad y la pobreza de las ciudades latinoamericanas. Con su mirada surrealista, Buñuel enmarcó temáticas universales de las relaciones humanas en ese contexto de delincuencia e injusticia potenciada por la escasez extrema. En este capítulo se presentan imágenes de la ciudad cruel que, como una mala madre, deja huérfanos a sus habitantes.

Las imágenes se convierten en testigo de las dramáticas emergencias sociales del continente y, sin duda, habilitan un mecanismo de denuncia. Pero ¿cómo no caer en la mirada miserabilista? ¿Cómo presentar la memoria subdesarrollada sin que se saque provecho del dolor de vidas ajenas? Siempre hay un riesgo…

Entre las décadas de los años cincuenta y setenta del siglo XX se consolida la necesidad de realizar desde Latinoamérica fotoperiodismo y ensayo documental muy políticos, que toman como designio de la imagen la protesta frente al desequilibrio económico y social. Al igual que en la mirada de Buñuel y de algunas obras maestras del Neorrealismo italiano, diversos fotógrafos logran que confluya en su trabajo el interés social por documentar historias del bajo mundo con una manera ética y sensible que evada la miseria como producto visual. Con sus retratos callejeros buscaron, además, presentar autenticidad y sinceridad de expresión en los sentimientos de seres del mundo real, de gente ordinaria que con sus expresiones, sus vidas y entornos genuinos ofrecían más honestidad que todas las imágenes de consumo que se vendían a las clases medias por medio de la publicidad.

Como establece Edmundo Desnoes, pionero de la crítica visual –inicialmente por sus aportes al libro Para verte mejor, América Latina–, es importante que la aproximación a las imágenes de pobreza de la región sea cuidadosa y aguda para entender cuáles son los ojos que nos miran, pues la mirada puede volverse un fraude por ser un tipo de lenguaje y no la realidad de una cultura1.

1 Edmundo Desnoes, “Cuba made me so”, en: The Photography Reader.