La energía nocturna de la calle crea un imaginario propio para la fotografía. La luminosidad artificial que desvela la noche, los particulares habitantes que surgen de la misma, sumados al peligro que a veces implica recorrerla, reflejan una experiencia urbana que ante la lente se manifiesta con una intensidad casi extraterrestre o sideral. Con el crecimiento de las ciudades, la vida callejera hace que el hogar se desplace y con ello que muera la privacidad. En ese sentido, los habitantes de la noche, más que nadie, revelan cómo vivencias antes imposibles ahora son factibles en la vida pública nocturna. La calle se convierte en escenario para el teatro de historias entrecruzadas.

La noche trae consigo la cara más oscura de las ciudades, no solo con sus parrandas, fiestas y bullicio, característicos de los países latinos, sino escondiendo bajo su máscara la delincuencia y los excesos. El fotógrafo que centra su mirada en esta amplia gama de espectáculos logra pasar desapercibido como un cazador de imágenes para “ver el mundo, ser el centro del mundo, pero mantenerse escondido del mismo”1. Toda esta faceta que se reservaba al espacio privado genera un espectáculo voyerista de encuentros, que son el objetivo perfecto para el observador tímido que se esconde tras la cámara. Un testigo que, en algunos casos, vive su existencia a través del registro de vidas ajenas escondiendo la soledad forzosa de las inmensas ciudades en las que, paradójicamente, se puede a la vez estar solo, pero rodeado de gente.

1 Colin Westerbeck y Joel Meyerowitz, Bystander: A History of Street Photography, p. 41.