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Declaraciones de amor a la BLAA

Enviado por HelenaAngel el Vie, 08/03/2018 - 11:42
La BLAA es una biblioteca llena de tesoros y un extraordinario centro de cultura e historia, no solamente por lo que ofrece en Bogotá sino por su red nacional y su promoción de eventos, exposiciones y tertulias a través del país. Cada una de sus sedes regionales, de Quibdó a Cartagena y tantas otras, son también lugares irremplazables de encuentros y microcosmos vivos con sus estudiantes preparando clases, sus ancianos leyendo la prensa, sus investigadores—y un personal admirable en su atención al público. Felicitaciones en su cumpleaños! 
Aline Helg. Professeure ordinaire. Département d'histoire générale Faculté des Lettres Université de Genève.
Soy un viejo usuario de la BLAA. Desde 1958 me ha servido enormemente; su arquitectura, las pinturas (el mural de Obregón en el vestíbulo, o pinturas como las de Ramírez Villamizar) intensificaron mi sensibilidad en esos años de tránsito por la adolescencia y la primera juventud. Mucho tiempo de mi trabajo de investigación ha transcurrido en sus salas y cabinas especiales y muchas horas en su maravillosa sala de música. Cuando acudo a sus fondos me entusiasma ver cómo los aprovechan centenares de niños y adolescentes; de jóvenes universitarios, investigadores de las nuevas generaciones o ancianos acuciosos. Si hay un ejemplo de algo positivo que arraigó en la vida colombiana más reciente no dudaría en señalar a la BLAA.
Dr. Marco Palacios. Profesor-investigador. El Colegio de México, A.C.
La Subgerencia cultural ha sido siempre un referente de audacia, rigor, valentía, profundidad, independencia, vocación de país, una gran fabrica de ideas y un motor de creatividad en todo el país, Desde Paris los acompaño, asi como ustedes nos han acompañado durante tantos años con su fuerza. En algún momento, la BLAA fue mi casa mas de un año, allí lei todo lo que había de literatura de viajes y literatura gay, aun esas lecturas me mueven el piso y me invitan a mantenerme en pie, Un fuerte abrazo,
Luis Armando Soto Boutin. Delegado Permanente Adjunto. UNESCO.
He sido lector y cliente del BLAA desde 1963, empezando en tiempos del Dr Jaime Duarte French, quien mantuvo mucha disciplina en la sala de lectores: no fue permitido quitar la chaqueta. A mi me trato bien, y debo a la Biblioteca, su Sala de Raros y Curiosos, su sistema de prestamos tan inteligente y sencillo, su gente siempre amable, muchisimo mas que en este breve parafo puedo decir. Para mi es la mejor biblioteca del mundo, un orgullo de Colombia, y con sus sucursales, orgullo de todo Colombia.
Muy feliz cumpleaños, y muchos años mas.
Malcolm Deas.
Uno se enamora de mujeres especiales, y cuando no es de una mujer, sino una institución, también debe ser especial. La Biblioteca Luis Ángel Arango es una isla en medio de un mar difícil. Cuando se recortan los presupuestos de investigación, cuando se pone en duda el papel de las artes y humanidades, de las ciencias sociales, allí está la Luis Ángel con sus cientos de miles de libros, con sus colecciones de manuscritos, de fotografías, con sus servicios, y con su gente, siempre amable y atenta. Es una isla a la cual acudimos todos los que nos refugiamos en la lectura, los que queremos encontrar cosas nuevas y los que sentimos un especial placer con los "raros y curiosos".  Sin la Luis Ángel ningún investigador serio habría podido llevar a cabo su investigación. Y muchos estudiantes de todo el país habría encontrado difícil despertar su curiosidad por aprender, leer e investigar. Y no solo en Bogotá: en cada rincón donde esa institución tan especial, y tan hermosa, llega con sus brazos acogedores.
Carl Henrik Langebaek 
La Biblioteca Luis Angel Arango es un encanto para cualquier investigador.  Guardo siempre recuerdos memorables de mis visitas, no sólo por la riqueza de documentos que he podido revisar, sino por la exquisita atención que siempre he recibido de quienes allí trabajan de manera ejemplar, con una vocación pública extraordinaria.  Su labor de digitalización es así mismo notable.  Consulto su catálogo con alguna regularidad y he tenido así acceso a muy importantes textos, vitales para mi investigación.  Me he sentido además sumamente privilegiado por haber podido colaborar con el Boletín Cultural y Bibliográfico, la revista cultural más hermosa que conozco y que ha impulsado, como pocos en nuestro medio, la práctica de reseñar libros.  Tan solo lamento no tener más tiempo, ni vivir más cerca, para pasar más horas en la Luis Angel y gozar de todas sus fantásticas actividades.
Eduardo Posada Carbó
Por la labor silenciosa, constante y meticulosa de las personas que día a día seleccionan libros, los analizan, los catalogan, los digitalizan, los bajan una y otra vez de la estantería para entregárselos a un niño; por las cientos de veces al día que responden preguntas, abren una base de datos, enseñan a alguien cómo manejar un computador, a todos ustedes: los actuales colaboradores y todos los que han pasado durante estos sesenta años, ¡muchas gracias! esta celebración es posible gracias a ustedes.
Angela Pérez Mejía
Mis recuerdos de la Biblioteca Luis Ángel Arango vividos a través de la Biblioteca Bartolomé Calvo
Dirigir el Área Cultural del Banco de la República en Cartagena ha sido uno de los empleos más maravillosos que he tenido en la vida. No sólo por el amplio espectro de la cultura que ello abarcó sino por las instituciones que correspondían a ese cargo: la Biblioteca Bartolomé Calvo, la hija mayor de la Luís Ángel Arango, y el Museo del Oro Zenú, uno de los museos regionales, filiales del de Bogotá.
Dirigía la Biblioteca Luis Ángel Arango la cartagenera Lina Espitaleta a quien correspondió su modernización y organización en la nueva sede de la calle 11 con la carrera 4ª de Bogotá.  En Cartagena, Silvia Marín era la bibliotecóloga jefe y Marlin Romero la coordinadora del museo. Tres maravillosas mujeres que me enseñaron el arte de la ordenación, catalogación y manejo de los libros y los misterios de los museos y, tremendamente importante, el entrenamiento en el manejo de las claves de la bóveda del oro. Mucho sufrí con la fila de turistas que esperaban entrar al museo mientras mis manos tensas forcejeaban con la clave de la gran caja fuerte que me correspondía abrir. Eran dos las cerraduras, la otra la manejaba la coordinadora
▬Tranquila doctora, me animaba, es cuestión de entrenamiento y tranquilidad, no se preocupe que los turistas esperan! ▬ Yo sudaba… Los sistemas de seguridad del Banco de La República eran los más estrictos del país; pero al fin aprendí.
La Biblioteca Luis Ángel Arango desde Bogotá dirigía nuestra labor, directamente lo hacía Lina pero también contábamos con Elsa Martínez, la subdirectora técnica y con Marina Lemus, encargada de los eventos culturales. Mis colaboradoras eran todas mujeres, sólo al final de mi estadía el Banco nos cedió a dos buenos jóvenes que se integraron a nuestra labor. Los nombres todos ellos tienen un puesto en mi corazón.  La BLAA manejaba el catálogo local. Teníamos cerca de 26.000 volúmenes pero muchos no estaban incluidos en la colección pues venían de la biblioteca del historiador cartagenero Donaldo Bossa, adquirida por la Luis Ángel para la biblioteca Calvo, y su catalogación se demoraba. Guillermo Galán (q.e.p.d.), un impaciente gerente local del banco, tomó la excepcional determinación de que los catalogáramos nosotras. No gustó mucho la decisión a la Subgerencia Cultural en Bogotá pero Lina Espitaleta nos apoyó. En maratónicas jornadas en poco menos de tres meses completamos el trabajo. No había computadores entonces. La Luís Ángel lo recibió a satisfacción e incluyó todos nuestros libros en el catálogo general.
Los libros eran la prioridad y su adquisición un proceso riguroso. Bogotá definía las listas de títulos a comprar, empastaba los ejemplares y los enviaba a las bibliotecas. A algunas se les consultaban necesidades y la Calvo era una de las privilegiadas. Mandábamos nuestras listas cada año y sin falta nos compraban casi todos los títulos pedidos. El gerente Galán, además, por cuenta de Cartagena me mandaba a Bogotá a la feria del libro para escoger publicaciones. Era simplemente maravilloso!
La llegada de los libros era un acontecimiento emocionante. Cuando los muchachos del banco nos llevaban las cajas llegadas de la capital nos peleábamos por abrirlas. Ver los tomos cuidadosamente empastados en cuerinas verdes o azules, marcados con letras y números dorados, oliendo a nuevo y a taller de tipografía definitivamente aceleraba el corazón. Evitar ojearlos no era fácil pues de inmediato había que colocarlos y ordenarlos en los estantes para que los usuarios los consultaran al día siguiente. La Calvo, al contrario de la Luis Ángel, era de estantería abierta. Nos preciábamos de la educación y el cariño de nuestros clientes y de tener el más bajo porcentaje de pérdidas entre las bibliotecas de la principal, todas con acceso a estantes abiertos. Periódicamente la BLAA reunía a funcionarios de sus filiales de todo el país, generalmente en Bogotá en el Club Choquenzá, para recibir entrenamiento en diferentes áreas relacionadas con el trabajo bibliotecológico y con la cultura. 
Se decía que la Bartolomé Calvo era su favorita pues era su hija mayor y la que tenía la colección más importante después de la de Bogotá; además Lina era Cartagenera. Algo de razón había, ella nos visitaba todos los años en sus vacaciones cuando venía a visitar a su familia, pero todas las bibliotecas eran sus consentidas. Esta distinción por la Calvo se justificaba por el número de sus usuarios y por pertenecer a la más antigua sucursal del Banco de la República, Cartagena empezó a funcionar como agencia en 1923.
El gran premio lo recibimos cuando la Luis Ángel determinó no abrir una sala infantil especializada y decidió enviar a Cartagena la colección que había comprado para el efecto, con la instrucción de abrir como programa nuestro una biblioteca infantil. No podíamos creerlo! Los pequeños, procedentes en su mayoría de los barrios más pobres de la ciudad, eran visitantes continuos de nuestras bellas instalaciones frente al Parque Bolívar, y ocupaban parte del mezzanine en juegos y lecturas. Nuestra emoción se multiplicó cuando nos asignaron una sede especial, nada menos que la casa de la calle de San Agustín Chiquita donde había vivido Simón Bolívar en 1812 y probablemente redactado el Manifiesto de Cartagena!  Estaba hermosamente restaurada y decorada con motivos bolivarianos, pero no adaptada para biblioteca y menos de niños. Hubo que inventarse programas especiales e historias infantiles sobre “el señor” cuyas palabras cubrían las paredes en hieráticas láminas de piedra.  Pero hubo enseñanzas más prosaicas y más útiles.  Muchos pequeñitos no conocían el uso del sanitario ni alcanzaban su altura. El baño era un desastre. Ana María, la linda coordinadora de la nueva biblioteca, experta en preescolar, halló la solución: una tarima de madera alrededor del inodoro que facilitaba al chiquillo su función, y un cuento didáctico: “Catalino se hizo pis”, que enseñaba higiene y buenas costumbres. Santo remedio; el resultado fue espectacular, tanto que hubo que atender a muchos niños que acudían a la sala infantil solo para usar el servicio. Era un trajín extra, pero de allí surgieron ávidos lectores. Fueron tiempos de arduo trabajo, así era en Cartagena.
En el Museo del Oro sucedió algo similar: los niños no conocían el aire acondicionado, que surgía de grandes muebles colocados a la entrada en la parte baja de la pared del vestíbulo. Maravillados no se apartaban de ellos y no era fácil inducirlos a que entraran a las salas. Marlín entonces reorganizó la visita, el primer paso consistió en familiarizar al grupo con el aire acondicionado, enseñarle cómo funcionaba y permitir a los niños poner sus manitas cerca de las rejillas donde en medio de risas, gritos y algarabía se les helaban y las aplicaban a sus mejillas. Terminado este proceso continuaba sin tropiezos la visita guiada.
No puedo terminar esta crónica sin mencionar las actividades culturales. La BLAA nos impulsaba a organizar conferencias abiertas al público. Eran un programa anual en que importantes personajes de las artes, la ciencia y las letras disertaban sobre variadísimos temas. En Bogotá nos indicaban conferencistas, o los sugeríamos nosotros y la biblioteca financiaba sus gastos y honorarios. ¿Cómo no recordar a Jorge Palacios, el padre de los archivos en Colombia, que fue uno de los primeros en la ciudad en visibilizar “La trata de negros por Cartagena de Indias”, para sorpresa y aún rechazo de algunos? ¿O a Raúl Gómez Jattin, el poeta loriqueño y nacional que con su profundo vozarrón llenaba la biblioteca a reventar con gentes sentadas hasta en el suelo y las escaleras? Nos fascinaba, pero llegaba ten mal trajeado y en tan precarias condiciones que hacíamos recolectas y le conseguíamos atuendos presentables. ¿O a aquel usuario tan especial, Jose Abello, el joven dulce que nos inundaba con su sonrisa y enseñaba a pintar a los pequeñitos?
Nada de esto habría pasado, ni yo hubiera podido vivir tan grandes satisfacciones sin el patrocinio y la valiosa tutela de la Biblioteca Luis Ángel Arango, que hoy llena mis felices recuerdos.
Adelaida Sourdis. Bogotá, febrero 23 de 2018

Tweets sobre #BLAA60Años

Fecha de publicación: 
Viernes, Agosto 3, 2018 - 11:45
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¿Qué significa la Luis Ángel para ti?
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