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Vigencia de la música vocal

Enviado por HelenaAngel el Mié, 05/09/2018 - 16:43
Fecha de la noticia: 
Miércoles, Mayo 9, 2018 - 16:15
Concierto de Stile Antico realizado en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango el domingo 15 de abril de 2018.

El término ‘música de cámara’ no solo hace referencia a los pequeños formatos que van desde un solista hasta una pequeña orquesta, un cantante acompañado o un coro. El término sugiere, además, una práctica social: hacer música en la intimidad del hogar, sin otra intención que pasarla bien y abandonarse al gozo de los sentidos, encontrarse entre amigos y tocar sin muchas pretensiones. Esta tradición puede trazarse históricamente desde el Renacimiento, aunque su auge fue durante los años del Clasicismo y el Romanticismo, cuando ya había una burguesía educada en la lectura e interpretación de partituras que hacía y escuchaba música en hogares y pequeñas salas de concierto.

La naturaleza de este encuentro por goce no ha cambiado, aún en nuestros días, así la práctica se haya profesionalizado. Lo que sí es cierto es que a través de la música de cámara se tomó distancia de la práctica musical en los templos y con obras dedicadas a Dios, tradición apabullante en tiempos pasados de la Europa medieval. La propuesta del concierto de Stile Antico, ensamble vocal que retomó casi en su totalidad repertorio del Renacimiento inglés y español, se apartó, paradójicamente, del contexto de práctica de música en templos en el que fue escrita, para situarse en un contexto de cámara y, por ende, de otro tipo de goce más terrenal y mundano.

Una de las características que más llamativas del concierto fue la ausencia de un director que, de espaldas al público, indicara a los músicos cómo hacer su labor. A veces los asistentes a conciertos nos concentramos en los malabares del director, como si fuera un encantador, preguntándonos por el significado de cada movimiento de dedo, brazo, cabeza y cuerpo entero, a costa del mismo resultado musical. Esta escena típica de lo que sabemos, fue —y sigue siendo— la práctica coral tradicional, sin demeritar el importante trabajo del director, fue reemplazada por el primario recurso de las miradas de complicidad entre los integrantes de un grupo de colegas de perfiles muy diversos, pero con la característica común del gusto por hacer música. Y de manera rigurosa.

Basta decir que técnica e interpretativamente, el concierto fue de tal nivel que el público no dudó un instante en agradecer con generosos aplausos cada obra que finalizaba, por corta que fuera. Y esto se debió a varios factores: primero, la ya mencionada falta de director provocó una conexión más cercana entre los intérpretes y su público. Ver los gestos de aprobación, las sonrisas, unas cejas que se levantan para decir «tu turno» o «mi turno», invitaron a la intimidad en la que estos doce cantantes deciden cómo hacer música. Segundo, la libertad con la que cada uno de ellos resaltaba entre los demás, no desde un ego deliberado, sino más bien del entendimiento de cada obra, cada voz, y un acercamiento académico e histórico a los compositores y su tiempo, reveló la magia de la polifonía y de los grandes maestros de esta técnica.

Con obras que iban desde los cantos de cuatro hasta más de diez voces simultáneas, se hicieron visibles las ilimitadas posibilidades de la música vocal. Y en cada una de ellas fue posible distinguir el papel individual de los cantantes, siendo este el guion virtuoso del ensamble. Sería injusto no reconocer, ante tal interpretación, la belleza de la voz como elemento primitivo, tanto o más que la percusión, del quehacer musical del hombre. A partir de estas libertades individuales quedó claro el genio de los aclamados polifonistas renacentistas, quienes otorgaron en sus obras igual importancia a cada una de las voces para las que escribían.

La disposición de los músicos en escena es un tercer elemento que llamó mi atención. Stile Antico evitó la acartonada disposición por voces —sopranos a un lado, contraltos y tenores en el medio, bajos en el otro costado—, para dar paso a un juego de ajedrez en el que, obra tras obra, los cantantes se iban reacomodando en el tablero o saliendo de este. Esto, además de jugar en beneficio de la posibilidad de distinguir cada voz, mostró el dominio técnico e interpretativo de cada cantante: con qué soltura y tranquilidad cantaban obras escritas para doce voces, manteniendo la afinación y logrando una masa sonora estable, equilibrada y delicada.

Finalmente, la diversidad del repertorio fue otro acierto. Si bien la mayoría de la música presentada fue escrita entre los siglos XVI y XVII, Stile Antico incluyó himnos, motetes y madrigales tanto en el obligado latín de la vieja tradición, como en el audaz inglés de tiempos de la Reforma. Y, para cerrar con broche de oro, renovando la vigencia de la práctica vocal en nuestros tiempos, presentaron dos obras de compositores contemporáneos, una de ellas a partir de un viejo motete y la otra sobre un poema de William Shakespeare. Dios, la paz, el amor y la muerte, dentro y fuera del contexto religioso, fueron los temas protagonistas de este concierto.

Programa

W. BYRD: Vigilate; Ecce Virgo Concipiet. R. RAMSEY: Sleep, fleshly birth. O. GIBBONS: O clap your hands together. C. DE MORALES: Jubilate Deo. T. L. DE VICTORIA: O Vos Omnes. J. McCABE: Woefully arrayed. T. TALLIS: Gloria in excelsis Deo; In pace, in idipsum, de la misa Puer natus est. S. DE VIVANCO: Veni, dilecte mi. J. CLEMENS NON PAPA: Ego flos campi, del libro Song and Songs. H. WATKINS: The Phoenix and the Turtle. T. TOMKINS: O Praise the Lord.

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Concierto de Stile Antico realizado en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango el domingo 15 de abril de 2018.
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Noticias de la Red cultural del Banco de la República

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