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La rigidez de la comúnmente llamada ‘música absoluta’

Enviado por HelenaAngel el Mié, 05/16/2018 - 16:26
Fecha de la noticia: 
Miércoles, Mayo 16, 2018 - 16:00
Concierto ofrecido por Joseph-Maurice Weder el miércoles 25 de abril en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en el marco de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2018.

El concierto del pasado miércoles 25 de abril en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango estuvo a cargo del joven pianista suizo Joseph-Maurice Weder. Hubo bastante afluencia, sin alcanzar a estar llena. El público pudo escuchar interpretaciones de obras del Romanticismo de Ludwig van Beethoven, Johannes Brahms, el checo Leoš Janáček y, finalmente y desde una orilla contemporánea, del compositor suizo Balz Trümpy.

El joven pianista, de traje gris claro, corbata negra y zapatos relucientes entró al escenario, se sentó frente al piano e inició el concierto con las Seis bagatelas, Op. 126 de Beethoven. Poco a poco el espacio se fue ambientando en el siglo XIX y llenando de la sonoridad de Weder. Como sucede a veces, al comienzo del concierto el ímpetu del músico no fue muy perceptible. En el ámbito musical, efectivamente puede ser comprensible y usual que sea necesario un tiempo para que, como diríamos coloquialmente, un artista ‘caliente motores’. Así, a lo largo de las dos primeras bagatelas, faltó fuerza y carácter en la interpretación, así como una mayor claridad en las dinámicas y los matices. Sin embargo, esto fue cambiando a medida que transcurrió la noche; en efecto durante el concierto este pianista dio ampliamente prueba de ser un talentoso intérprete.

Weder escogió tres de los movimientos que conforman la obra I’m Labyrinth de Trümpy, compuesta a inicios del siglo XXI, fue la segunda obra interpretada esa noche. Esta pieza fue un breve y muy interesante paréntesis, un cambio de ambiente, esta vez fantasmagórico y misterioso, un contraste sonoro de disonancias, silencios y juegos entre los registros del piano. Posteriormente, Joseph-Maurice Weder interpretó la Sonata para piano 1.X.1905 de Janáček, compuesta durante los primeros años del siglo XX, y con la que el pianista dio fin a la primera parte del concierto. Esta última obra, en la que hay un particular manejo armónico, del tiempo y de disonancias, fue un puente entre la obra de Trümpy y el regreso al siglo XIX con la Sonata No. 3, Op. 5 de Brahms, con la que el joven intérprete finalizó su recital. Al terminar, hubo mucho entusiasmo y aplausos por parte de los presentes. Weder se levantó e hizo la venia al público un par de veces, se retiró y volvió a salir al escenario para interpretar el Preludio No. 4, Op.28 de Chopin.

Fue agradable presenciar cómo, poco a poco, Weder se transformó sutilmente en el transcurso de su concierto para dejar percibir algo de sí mismo. Esto último lo considero fundamental en un intérprete. Aun así, me llamó la atención la rigidez, la solemnidad reflejada en sus gestos y su postura que, me permito afirmar, caracterizan de algún modo la escuela musical ‘clásica’ dentro de la que históricamente algunos protocolos de etiqueta y comportamiento parecieran en muchas ocasiones inquebrantables. Si bien la interpretación del repertorio escogido por el músico esa noche fue de un excelente nivel, no deja de ser llamativa la austeridad desde la que algunos músicos se comportan y relacionan con el público. Pareciera que hay una distancia, un abismo entre ellos en el escenario y el público que está relativamente lejos, allá, sentado y escuchando. En ese sentido fue igualmente interesante ver cómo la fotografía del programa de mano contradecía la actitud y presencia del pianista suizo en el escenario. Dos mujeres comentaron en el intermedio: ‘pero la foto del programa de mano es mentirosa, el músico no se ve igual en persona’. La fotografía presenta a un joven en una postura relajada, informal, amable y al mismo tiempo seguro de sí mismo. Aunque la apariencia y la actitud de todo individuo es importante pues lo definen como persona, sobre todo en estos tiempos en los que todo ‘entra por los ojos’, esa presión para un músico de constantemente ‘mostrarse’ ante los demás en el escenario debe ser particularmente compleja. Sin embargo, la sencillez es una cualidad invaluable y necesaria de cultivar.

Para concluir, quisiera decir que en ocasiones uno podría suponer o intuir que existen razones que justifican que un músico decida interpretar cierto repertorio y además en un orden específico. En el caso de este concierto, la escogencia del repertorio me causó curiosidad; es interesante sumergir a los oyentes principalmente en el Romanticismo del siglo XIX pero igualmente incluir una obra de comienzos de siglo XXI. Me pareció sugestivo el recorrido cronológico en el tiempo a través de las obras escogidas por Weder pues permitió percibir desde su interpretación del piano, diferentes estilos y estéticas en la evolución del repertorio musical.

Programa

L. v. BEETHOVEN: Seis bagatelas, Op. 126. B. TRÜMPY: Tres movimientos de I’m Labyrinth. L. JANÁČEK: Sonata para piano 1.X.1905. J. BRAHMS: Sonata No. 3 en fa menor, Op. 5.

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Concierto ofrecido por Joseph-Maurice Weder el miércoles 25 de abril en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en el marco de la Temporada Nacional de Conciertos del Banco de la República 2018.
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Noticias de la Red cultural del Banco de la República

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