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El "piano" y el "forte" de Andrés Zuluaga

Enviado por fcafiel el Lun, 10/02/2017 - 19:47
Fecha de la noticia: 
Jueves, Noviembre 3, 2016 - 13:30
Concierto ofrecido por el joven pianista Andrés Zuluaga (Colombia) el jueves 27 de octubre de 2016 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

El pasado jueves 27 de octubre, la Serie de los Jóvenes Intérpretes ofreció un anticipado recital del joven pianista Andrés Zuluaga, uno de los tantos discípulos de la renombrada (y nunca bien recordada) maestra Pilar Leyva. Anticipado porque la fecha original del recital era el 6 de octubre, y anticipado porque estamos hablando de una gran promesa del piano en Colombia.

Desde que Andrés salió al escenario e interpretó los primeros compases de la Sonata para piano No. 30, Op.109 de Ludwig van Beethoven, mis oídos (modestos pero musicales) identificaron a un verdadero artista. Debo admitir, tras asistir a decenas de conciertos de pianistas jóvenes, que mis oídos casi habían olvidado lo que es escuchar un forte enérgico pero mesurado y un pianissimo verdaderamente susurrado por los dedos de un pianista consagrado. En efecto, el uso de dinámicas de Andrés Zuluaga es tan expresivo que de inmediato me hicieron recordar a mí y a los demás miembros de la audiencia por qué el piano se llama como se llama: pianoforte, aquel instrumento ideado en el siglo XVIII cuya mayor novedad radicaba en su capacidad de producir un verdadero contraste de volumen, abriendo un mundo de posibilidades expresivas antes limitado por el clavecín.

Esta habilidad, rara en los jóvenes pianistas y aún en varios veteranos, no debe subestimarse. Si hay algo que nos ha legado la larga historia de la interpretación instrumental es que la maestría en su ejecución radica no únicamente en lo que el intérprete haga con el sonido de su instrumento sino en lo que también haga con los silencios que acompañan las notas. El silencio, como diría John Cage, es tan musical como el sonido y su uso es tan determinante para el éxito de una buena interpretación como lo es el sonido mismo.

Posesionado de estos conceptos, Andrés Zuluaga recorrió los tres movimientos de la sonata de Beethoven con seguridad y brío. Los pasajes de mayor virtuosismo adolecieron de ligeros deslices en el ataque de cada nota, pero la interpretación en conjunto fue excelente y dejó muy poco que desear.

Pasada la obra de Beethoven, Zuluaga eligió la poco conocida suite para piano Casiopeia del compositor colombiano Jorge Humberto Pinzón (n. 1968) para concluir la primera parte de su programa. La obra de Pinzón, caracterizada por una estética atonal que tiende hacia el estatismo, fue una verdadera prueba de resiliencia para Zuluaga y la audiencia, pero el pianista la superó con creces, haciendo lo que todo artista debe hacer con cada obra que caiga en su atril: tomársela en serio. En esta ocasión, como en la sonata de Beethoven, la interpretación de Zuluaga fue segura y sobresaliente en su uso de dinámicas, furiosa en los disonantes fortes y delicada en los reflexivos pianos.

Terminado el intermedio, Zuluaga retornó al escenario para someterse a una prueba de virtuosismo aún mayor que las anteriores para concluir su programa: la Sonata para piano No. 2 de Sergei Rachmaninov. Similar a las demás obras, Zuluaga mostró seguridad en la interpretación de los tres movimientos y, al final, a pesar de avanzar con cierta lucha en una coda que no careció de errores, concluyó la difícil obra de manera satisfactoria.

En retrospectiva, un recital como este, lleno de virtudes y escaso de defectos, puede considerarse como un verdadero triunfo para Andrés Zuluaga. El joven pianista, cuya carrera en el mundo profesional apenas está dando sus primeros pasos, puede estar seguro de que el porvenir será suyo si el camino que le queda por recorrer lo despeja con la pala del estudio y el trabajo constante e infatigable. Evidentemente, la mitad de ese camino ya está hecho.

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