La Tejedora de Coronas, de Germán Espinosa

Por: Luz Mary Giraldo*.

La estructura de la novela es compleja por la fuerza de las ideas que entran en controversia (las del Renacimiento y las del pensamiento ilustrado frente a las convicciones que respaldan el dogma cristiano y sostienen la Inquisición), además por la notable erudición del autor que se percibe en la confluencia de personajes que se relacionan con la época (entrando en juego la filosofía, la religión, el arte, la historia, la política, las matemáticas, el esoterismo), todo lo anterior expuesto en la voz narradora que en una suerte de monólogo interior rememora multitud de sucesos que entrecruzan tiempos y espacios, el argumento es sencillo si se le mira desde su linealidad y se le reconoce en la curva vital del personaje central. Es claro que al tratarse de una novela construida desde el sentido de la memoria, su linealidad se altera y el relato zigzaguea, como acontece con la memoria misma, obligando a una lectura muy atenta, para ver la asociación de hechos y emociones vividos por el personaje desde esa multiplicidad asociada al siglo XVIII.

La imagen inicial es altamente significativa y constituye un motivo repetido: una mujer frente a un espejo. Mirarse al espejo para ver el reflejo no sólo del “cuerpo y su turbación” sino de la historia del personaje y la Historia de su tiempo. Haciendo memoria, Genoveva Alcocer, mujer casi centenaria, cuenta ante el Tribunal del Santo Oficio que la juzga en Cartagena de Indias por bruja y hereje, su vida y la de la época en los lugares por los que fue viviendo o pasando. La memoria lleva a sus años juveniles y a su familia en Cartagena de Indias, lo que corresponde a los últimos años del siglo XVII y casi todo el siglo siguiente, es decir la plenitud de la Colonia en América, que es confrontada con el Siglo de las Luces en Francia y gran parte de Europa y sus repercusiones en Norteamérica, al destacarse la importancia de la Ilustración y sus personajes más representativos.

En este recuento Genoveva no sólo se narra a sí misma y a sus cercanos, todos aquellos que van acompañándola en su trasegar desde sus diecisiete años hasta su vejez más allá de los noventa años, ad portas de la hoguera de la Inquisición, sino ofrece un largo debate sobre Ilustración e Inquisición, para mostrar los dogmas y tradiciones impuestos con la conquista y colonización, destacando el pensamiento racional frente al irracional del espíritu medieval, lo que permite corroborar qué pasó en ese siglo soberbio en el que el personaje cumple un largo periplo de ida y vuelta que resulta un destacado aprendizaje vital. El viaje de esta aventurera la lleva a su madurez y al conocimiento de las ideas que se desarrollan y entran en auge durante el siglo, así como a un permanente proceso de iniciación que se logra en cada uno de los lugares por los que va pasando, con los personajes que va conociendo (algunos de ellos transformarán su vida o le harán modificar percepciones), y las cosas que observa, aprende y asimila, entre ellos rasgos culturales, sociales y humanos. De todas esas experiencias se destaca su ingreso y consagración a la logia masona en París, que determina muchos de sus actos y principios.

La aventura de viaje de Genoveva comienza saliendo de Cartagena de Indias a Quito, cumplidos los treinta años, donde desde su actitud receptiva percibe rasgos comunes a los de su país, de allí parte a Francia donde permanecerá muchísimos años, pasa por varias ciudades de España, entre ellos las provincias vascas, por Holanda, Prusia, Escandinavia, Italia, en fin, importantes lugares de Europa, hasta arribar a Estados Unidos, ya cerrando el viaje hacia el regreso a su tierra, donde tendrá contacto con personalidades definitivas en la comprensión de la modernidad y el valor de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La llegada a Cartagena de Indias, más de sesenta años después de su partida, hecha “un carcamal centenario”, se realiza con el deseo de fundar una logia y a su vez favorecer la libertad de pensamiento, mediante la difusión de escritos científicos y políticos, hasta ser detenida, juzgada y condenada.

Conocer España es confirmar no solamente la herencia arquitectónica, sino el idioma, los valores y las costumbres, los miedos y las culpas que imprimieron conquistadores y colonizadores, lo que con su larga estancia en París le permite entender el oscurantismo español sostenido por el espíritu medieval, de dónde viene la identidad latinoamericana y en particular la colombiana, siempre “de espaldas a la realidad de las ideas”, además de percibir en Francia el flujo del librepensamiento y el énfasis en la razón, y de percatarse de su prepotencia, de la actitud despectiva ante los del Nuevo Mundo o indianos como ella, así como de determinadas diferencias de trato entre las consideradas clases nobles frente a los súbditos o plebeyos.

Mientras Genoveva recapitula, habla con digresiones y asociaciones en las que relaciona emociones o sentimientos ante determinadas situaciones o experiencias, conduciendo siempre a cosas que marcaron su juventud en su país y en un año en particular: 1697, año definitivo, según se va entendiendo en la medida en que se avanza en la lectura. Narra su vida mostrando las diversas circunstancias que la llevaron a ser testigo de su tiempo, tanto en el Nuevo como en el Viejo Continente, alternando con personajes reales y ficticios y con lugares geográficos de diversas latitudes. El relato comienza a sus diecisiete años con Federico Goltar, hombre definitivo en su vida, no sin antes referirse a haber sido profanada por corsarios y piratas el mismo día en el que los filibusteros de la Tortuga y la armada francesa al mando del barón de Pointis toman y saquean Cartagena, hechos referidos con frecuencia y en determinados capítulos desarrollados con suma atención, para mostrar el impacto en todos los habitantes, el temor y el horror ante la impotencia de las víctimas. Genoveva y Federico son dos jóvenes inquietos e idealistas que manifiestan deseo de conocimiento, así como profundo amor y atracción entre los dos, lo que los lleva al descubrimiento del cuerpo y de la sensualidad sin lograr alcanzar una verdadera comunicación erótica, pues viven en una ciudad convencional determinada por censuras y de miedos. Esta ciudad está sostenida por la alianza entre la Iglesia y el Estado que definen sus tradiciones feudales y la moral de sus gobernantes e inquisidores, quienes detentan poder sobre sus siervos y sus fieles, institucionalizando la sumisión a la autoridad y a las creencias. Si bien la breve historia vivida y compartida por los dos jóvenes es intensa en amor y admiración, los dos van a constituirse en personajes emblemáticos de la búsqueda de nuevas posibilidades en América, gracias al razonamiento crítico logrado con el conocimiento de las ciencias físicas y naturales, dado con la pasión por el conocimiento que se concentra en las matemática y particularmente en la astronomía y la geografía, pasando más adelante por otras formas cercanas a lo esotérico, lo que significa una afrenta a la tradición y a las costumbres, particularmente al dogmatismo impartido por el cristianismo y defendido por la Inquisición, en este caso por la vía del fraile Miguel Echarri, “protocolario secretario del secreto Santo Oficio”. Genoveva y Federico sería la propuesta de cambio que vendrá con la sociedad criolla, en la que surgen los independentistas, los generadores de las luchas por la libertad. Los dos jóvenes son astrónomos empíricos, lectores y observadores de los astros, así como de la realidad que los circunda, la que perciben ajena a cualquier posibilidad de cuestionamiento y cambio mediante la investigación y la actitud cuestionadora (no es gratuita, por ejemplo, entre otras, la alusión a la Expedición Botánica y José Celestino Mutis, que en la Colonia abrían las puertas a la investigación científica en la Colonia). Federico y Genoveva son unos jóvenes inquietos ávidos de conocimiento que requieren una iniciación más profunda.

En la torre del mirador de su casa, Federico observa el firmamento desde un astrolabio y descubre un planeta verde al que denomina Genoveva, en homenaje a su joven amada, ya que considera que este nombre es significativo: “tejedora de coronas, de flores frescas o de simbólicas diademas siderales, el planeta Genoveva sería en adelante el que tejería las auroras de la gloria, bajo cuyo signo estarían florecidos los descubrimientos, las facultades inventivas y las ideas revolucionarias, porque según sus cálculos, era, además, el regente de Acuario, así que, aunque mal espectador podía suscitar acciones extravagantes, violencias, desviaciones morales y acaso catástrofes y suicidios, su reino, que no sería precisamente de tranquilidad, pertenecía más bien a los sabios, artistas o navegantes, a los intranquilos e inconformes, a los que deseaban cambiar al hombre y al mundo” (p. 44-45). La justificación del nombre del planeta es el principio vector de sus ideas y de las de Genoveva, encarnando así su necesidad de explicación a todo y sus constantes búsquedas, lo que Genoveva llevará a cabo durante toda su vida. Esto se percibe desde el comienzo de su historia y de la novela: afán de saber, de entender, de romper, de transgredir; la inquietante perspectiva de quien no puede quedarse quieto y desde una actitud aventurera cuestiona las ideas, las formas de conocimiento de la verdad y los dogmas que prolongan el espíritu medieval en América mediante las imposiciones y juicios de la Inquisición y sus determinantes inquisidores. Los dos son seres contestatarios y quieren ser personas de ciencia “a cualquier costa, ambición casi imposible en esta ciudad iletrada pero jactanciosa” (p. 13). Están condenados al silencio: no pueden siquiera comentar su descubrimiento, pues de hacerlo serían condenados por herejes. En el primer capítulo se cuenta una visita de Echarri a la casa de Lupercio Goltar (padre de Federico, marinero antes de llegar a América y posteriormente dedicado al comercio), en la que destacan los comentarios amenazantes ante quien intente poner en crisis la tradición y los dogmas, como si sospechara de las inquietantes aspiraciones del joven.

Federico cuenta con diversos instrumentos y libros que le permiten analizar el espacio cósmico y observar las estrellas, y sobresale un catalejo que en un momento dado le deja ver la cercanía de quienes asaltarán a Cartagena de Indias en 1697, fecha que, como ya se dijo, es constantemente aludida y referenciada por la catástrofe que trajo al territorio y por la violación de que fue objeto Genoveva de parte de los filibusteros. El relato del asalto es referido con intensidad en varios capítulos, sirviendo no propiamente de telón de fondo sino de vivencia de unos hechos traumáticos para la ciudad, los habitantes, las familias, los esclavos, los escasos militares, así como para destacar el abandono del ejercicio de gobierno del gobernador procedente de España, Diego de los Ríos, personaje inescrupuloso que cada pedido de cuentas saca a relucir su origen español y sus nexos con determinadas personalidades de la Corona.

Es de resaltar la frecuente exaltación de Genoveva de la belleza y sensualidad de su cuerpo floreciente, considerado un peligro por los mayores, cuerpo que fue “garantía de felicidad” y, como se verá en el trayecto de su vida, le facilitará toda clase de encuentros y disfrutes al servirle de puente entre erotismo y conocimiento. Ya su confesor le hablaba de cuidarse de su “belleza pecaminosa”, ésta sólo concebible en las concubinas, puesto que las esposas estarían condenadas a ser feas para no producir en otros deseos que incitaran a faltar a uno de los mandamientos. Su cuerpo, dirá la protagonista, será “cosmos que fluye sin cesar”, no apto para la procreación, consideración ésta que Genoveva sublimará en su edad adulta al asumir en Francia la adopción de la niña Marie en 1718, hermana de uno de sus amantes, niña dotada de cierto misterio, quien parece autista y se expresa en lengua primitiva, más exactamente con canciones en lenguaje Oc. Las evocaciones dedicadas a Marie la muestran con una enfermedad indefinida, de cierto carácter malévolo, casi diabólica, “macabrista excelsa”, que en plena adolescencia despierta en la viajera un amor que cambia el maternal por el sensual y es capaz de actos truculentos. Sin embargo, al final de la novela, Genoveva confesará ante el Tribunal que Marie Trascabel o Marie Alcocer era reencarnación de Federico, según lo había percibido en una sesión de espiritismo, y como algo anunciado en tiempos pasados en un sueño tenido en Quito en el que el joven le anunciaba que regresaría “al mundo material”, lo que explicaba la atracción entre las dos “desde el comienzo de la una hacia la otra, su imposibilidad de comunicarse con su familia, el poder melancólico que irradiaban sus ojos, ese estremecimiento sobrenatural de su presencia, Marie era Federico, era Federico reencarnado, la tuve tantos años conmigo sin saberlo, sin apenas sospecharlo” (472). Federico había sido fusilado en la Plaza de la Trinidad el infausto día de la toma de Cartagena, después de haber estado en mazmorra y su cadáver posiblemente sepultado en la fosa común.

Entre los recuerdos de Genoveva están, pues, el amado Federico, quien la iniciara en el afán de conocimiento; la toma de Cartagena en 1697; el impacto de su violación que la obliga a bañarse más de seis veces al día para intentar borrar la costra “inferida por la profanación de tantos desconocidos”; el descubrimiento del planeta que años más tarde sería avizorado por un astrónomo francés, lo que a los ojos de Genoveva y en justicia haría de Federico su verdadero descubridor, aunque en París fuera considerado imposible que alguien del Nuevo Mundo tuviera tales alcances. Con el paso del tiempo y del relato, sabremos que se trata del planeta Urano. Genoveva seguirá encontrando en cada uno de los hombres con quienes se relaciona en su vida a Federico, particularmente en François-Marie Arouet, quien posteriormente toma por seudónimo Voltaire, y quien no sólo será su amante en París sino la llevará por el camino del librepensamiento que determina el espíritu ilustrado, así como él la conduce a la iniciación en las logias masonas en un misterioso ritual que la declara de la Cofradía. Ella será la “Scherezada criolla” que le corrige a este amante francés hasta donde puede la noción que él y los europeos tienen de América, ya que lo conciben reino del buen salvaje donde sus habitantes parecen “chimpancés lampiños” y se vive entre la exuberancia y lo maravilloso de los cuentos de Las mil y una noches o de las fantasías caballerescas fundacionales. Genoveva cumple trabajos menores como miembro de la logia en París: encuesta a deshollinadores, a prostitutas, es criada del Observatorio, hace viajes con otros personajes destacados; es decir, es usada por los de la logia, pero ella también toma provecho de ésta.

Mientras narra su historia, Genoveva pone en contexto al lector para hacerle ver la estructura social de las colonias españolas y las características de los personajes al servicio del poder gubernamental o religioso: el gobernador Diego de los Ríos no sólo le ha quitado su amante Hortensia García a Fray Miguel Echarri, secretario del secreto Oficio, sino además de desordenado con su vida, borracho y mujeriego, logra con sus cómplices desviar para su lucro bienes de la Corona, deja desprotegida y abandonada a su suerte a la ciudad, lo que favorece la toma y el saqueo por la flota francesa. Por su parte, Echarri no es mejor: imparte justicia bajo el dogmatismo inquisitorial, es lascivo, envidioso, chantajista y vengativo. Por otro lado, los padres de Federico y Genoveva, llegados de España a buscar fortuna en Cartagena, han sido marineros y soldados, respectivamente, pero van a representar la sociedad mercantil de la sociedad hidalga; los hermanos de cada uno son seguidores de los modelos familiares: Cipriano Alcocer aspira ser soldado en defensa de la ciudad y Maria Rosa Goltar será como su madre Cristina Goltar, guardiana de las buenas costumbres y la moral, actitud que la llevará a perseguir a los jóvenes Federico y Genoveva acusándolos de lujuriosos, cosa que se verá contrariada en su edad adulta en Europa, cuando Genoveva la encuentra como regente de un prostíbulo. Si se trata de mostrar a los españoles o a los franceses o de otras latitudes, recurre a datos históricos, filosóficos o políticos, a las ciencias físicas y matemáticas, a muchas formas de conocimiento y de ideas y a la religión y el esoterismo, mostrando contrastes entre unos y otros, de la misma manera que lo hace con personajes o territorios, tanto como resaltar y oponer la razón y el conocimiento frente a la cerrazón del oscurantismo. Es de notar que en su travesía se relaciona con otros personajes reales como Humboldt, Franklin, Jefferson, Washington y tangencialmente con Luis XIV, con quienes se logran otras formas de conocimiento que contrastarán con el tiempo detenido en su propio territorio.

Es necesario tener en cuenta la presencia de Bernabé, un esclavo que perteneció a los Alcocer, con quien Genoveva sostiene relaciones eróticas desde su violación (como una forma de purificación), a quien libera de su condición de esclavo antes de dar inicio a su periplo por el mundo, dejándole además su casa como usufructo. Este liberto, a quien Genoveva parece dirigirse en varias ocasiones como a un gran amigo en el infortunio y testigo de sus primeras historias, es encontrado por ella abandonado y miserable, ya que la autoridad no respetó lo dispuesto por su benefactora. Bernabé llega a ser su paño de lágrimas: con él vuelve a tener encuentros eróticos en la plenitud de su vejez, como una manera de compartir la absoluta soledad que los define. Así mismo, la referencia en varias ocasiones a la Bruja de Antero, relacionada, como Bernabé, con la cultura popular, lo exótico y lo raizal y, desde la ambigüedad, con su otro yo, suerte de alter ego, no sólo en razón a la acusación y condena del pueblo y del Santo Oficio, sino desde su condición de bruja al buscar en las formas ocultas y/o enmascaradas, la lucidez para encontrar la verdad de la razón, que había sido, en últimas, el gran deseo de Federico.

Los diecinueve capítulos avanzan desde largas digresiones que asocian hechos del presente con acontecimientos pasados, que son narrados también como viaje por la memoria. El periplo vital y geográfico vivido por Genoveva parece una forma de peregrinaje, en muchos momentos solitario y con varios períodos en prisión (diez años en la Bastilla, varios días en Madrid o en el país Vasco), para finalmente regresar a Cartagena con una misión, “la necesidad de crear entre nosotros una sociedad de iluminados que difundiese las ideas avanzadas y en boga en Europa” que, unidas a los cuestionamientos de que había sido objeto desde su juventud, la habrán de llevar al encierro y la condena.

El viaje de conocimiento que realiza el personaje tiene características de viaje de héroe mítico. Sin embargo, ella es un héroe moderno: sale de casa para aprender y regresa a ella para morir, sin honores ni reconocimiento. Cada trayecto, como en los rituales de iniciación mítica, Genoveva tiene una especie de guía que la conduce a algún lugar en que algo ha de aprender. Comienza siguiendo a dos astrónomos que llegan de Europa a cumplir una misión: el francés Pascal Bignon y el italiano Guido Aldrovandi. Con ellos cumple varias travesías, por una parte eróticas y por otra de viaje: primero, van a Quito en 1711, de allí a París en 1912, donde los reconoce como miembros de una de las logias masonas, mientras ella asiste a su propio ritual de iniciación, al que inicialmente ha sido conducida por Voltaire. En 1720 va a Marsella, en 1722 a Prusia. Genoveva viaja a España en 1727 y en Madrid es apresada por considerarla una francesa peligrosa y, cuando han de juzgarla, Aldrovandi la rescata al disfrazarse de dominico del Santo Oficio y huye con ella hacia el norte, pasando por el norte de España, donde son metidos en un calabozo, para ser posteriormente liberados al no lograr comprobar que se trata de los mismos que huyeron de Madrid; allí debe sufrir una nueva violación. En 1736 va a Escandinavia, en 1753 asiste al último vestigio de Luis XIV, y cuando ya tiene casi ochenta años se entrevista en Italia con el papa Benedicto XIV, el “Santo Padre” , en 1758 aprende a fumar pipa en Nueva York, se encuentra con Franklin y Washington y comprende nuevamente que en las colonias americanas la intimidad es una quimera y no hay opinión pública, lo que haría procesar por hereje o hechicero a todo librepensador, pues “nunca sería necesario declarar loco al hombre de excepción”. (401). La llegada al Caribe supone una re-iniciación con Bologolo y con Bernabé, para suplir, ya nonagenaria, casi centenaria, la más absoluta soledad y el más horrendo abandono.

En este ir y venir por el tiempo, la historia y los recuerdos, Genoveva destaca las torturas de la Inquisición, “tendida sobre una mesa como de ocho pies de largo, en uno de cuyos extremos hay un collar se hierro que se abre en el centro para recibir su cuello, y a cuyos lados fuertes correas atan sus brazos y piernas, de tal modo que, activando el torno, su cuerpo es tirado con violencia, a la vez, en dos opuestas direcciones, con lo cual se dislocan sus coyunturas y sufre dolores sin cuento, o bien se le ajustan a los dedos anillos de los cuales es luego suspendida a la altura de dos o tres pies del piso, o se le flagela con disciplinas de hierro, (….)” (479) y un largo etcétera que se entreteje a su testimonio de vida; a manera de cierre retoma en el capítulo final la suma de sus relaciones: “memorando melancólicamente el pasado” que ya el lector ha tenido oportunidad de conocer desde la erudición del autor, y como si fuera depositario, igual que Bernabé, del relato de Genoveva. Vuelve entonces a desplegarse el espejo que ya no revela el cuerpo hermoso de Genoveva, sino el horroroso de la vejez y de cercanía de la muerte, “caricatura de la caricatura”.

LMG

Bibliografía

Germán Espinosa. La tejedora de coronas. Alfaguara: 2002

*Luz Mary Giraldo es una poeta, ensayista y crítica literaria nacida en Ibagué, Colombia. La autora nos ha permitido publicar este texto académico sobre los elementos que conforman la estructura de "La Tejedora de Coronas", célebre novela de Espinosa.