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La arquitectura moderna en Colombia

1.

En el dintel del acceso al palacio de la Secesión en Viena (1898) dice: “A cada tiempo su arte / A cada arte su libertad”. A finales del siglo XIX, los arquitectos buscaban el lenguaje para la era industrial, el gran capital, el liberalismo racional y la metrópolis. Era un combate contra el neoclasicismo y demás historicismos vigentes desde varios siglos atrás. Tres circunstancias –social, técnica y artística– motivaron y soportaron la búsqueda. La industria potenció la producción y propició la migración a la ciudad, surgieron suburbios insalubres y agudos problemas urbanos para crecientes cantidades de población. El Palacio de Cristal (Londres, Exposición Industrial, 1851) empleó estructuras metálicas, con molduras y capiteles ciertamente, pero muy esbeltos y con vidrieras de total transparencia que integraban interior y exterior. Así mismo se experimentaba con el concreto reforzado –cemento con gravilla y varillas de hierro– que se podía fundir sobre formaletas diversas. Los brasileros habrían de llamarlo “la piedra líquida” por su maleabilidad y fortaleza. A su vez el arte moderno abandonaba la representación –de mitologías, paisajes o retratos– para indagar en el color, las texturas o la forma como hechos plásticos en sí mismos. En la intersección de esos tres elementos surgió la arquitectura moderna, construida con nuevos materiales: acero, concreto y vidrio.

Pero no hay una sola arquitectura moderna, existen el purismo, de formas prismáticas, blancas y cubierta plana, el High Tech en una apropiación casi mística de la técnica, el organicismo, que busca mimetizarse con el lugar, como una floración natural con materiales naturales –maderas, granitos o arcillas–, o lo vernacular, con técnicas tradicionales elaboradas bajo parámetros modernos, o el brutalismo, basado en la expresividad de los materiales, sus texturas y las trazas del fraguado y la construcción; aunque en la realidad todos ellos se hibridan o superponen. Su enseñanza se consolidó en la Escuela de la Bauhaus, donde se integró el arte moderno con la producción industrial y para el beneficio de toda la comunidad: el arquitecto ya no estaba al servicio del príncipe sino de la sociedad entera. En el medio latinoamericano, a mediados del siglo XX, la arquitectura del Brasil asimiló esas formas puras con gracia y las aplicó en la naturaleza tropical, con acertado manejo del clima y una modernidad particular y local que fue una influencia decisiva para nuestro país. De igual manera el diálogo latinoamericano, durante el siglo XX, logró aportes cruzados en luchas compartidas y solidarias.

2.

En Colombia tres instituciones forman su trípode de apoyo: la Sociedad Colombiana de Arquitectos (1934), la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional (1936) y la participación de jóvenes arquitectos modernos en el Ministerio de Obras Públicas. Tuvo luego un vocero en la revista Proa (1946), para difundir la sorprendente producción a mediados del siglo XX. Como obras pioneras resaltamos el Palacio Municipal de Medellín (Nel Rodríguez, 1927-1935), con reminiscencias clásicas –pilastras y arquitrabes– pero en juegos geométricos modernos. O la Biblioteca Nacional en Bogotá (Alberto Wills Ferro, 1933-1934), de simetría triádica –un cuerpo central y dos volúmenes a los lados– pero superficies desnudas, mucha luz y carácter próximo al art decó. El director de Proa, Carlos Martínez, hace el Teatro Infantil del Parque Nacional de Bogotá (1935) ya de formas cúbicas y superficies lisas, de notables calidad y funcionalidad para la biblioteca y el teatro que alberga. Descuella la Ciudad Universitaria (Leopoldo Rother, 1936) que sigue las pautas pedagógicas de Fritz Karsen y traza dos elipses que comunican los volúmenes, blancos y puristas, de las primeras facultades, sobre un eje desde la rectoría y la administración hasta la zona deportiva. Igualmente el Edificio García en Barranquilla (Manuel Carrerá, 1939) dispone apartamentos escalonados para permitir terrazas y constituir un excelente ejemplo de arquitectura caribeña. Y en la casa Salvino (Vicente Nasi, 1942), en la calle 53 con carrera séptima en Bogotá, contrasta un portal de piedra correspondiente al vestíbulo interno con los volúmenes cúbicos de la fachada; o en Medellín, el Edificio La Bastilla (Vieira, Vásquez y Dothée, 1945), despliega una fachada en piedra e interesantes balcones curvos esquineros.

3. 

Son ya plenamente modernos la Imprenta de la Ciudad Universitaria en Bogotá (Leopoldo Rother, 1949) que soluciona complejas funciones con la nueva arquitectura y que por fortuna ha sido reeditado como el museo de arquitectura. Son tres módulos sucesivos para los espacios de llegada, impresión y depósito, cubiertos por cáscaras curvas, en tanto que el juego de las escaleras pauta las circulaciones que recorren espacios hermosos y de trabajo. Significativa es la plaza del mercado de Girardot (Leopoldo Rother, 1946) una estructura en concreto con columnas en V que sostienen las bóvedas semicilíndricas de la cubierta. Tiene dos pisos con amplios vacíos que permiten el paso del aire, es una simple sombrilla sin paredes de gran frescura interior contrastante con la elevada temperatura exterior. O el estadio de béisbol de Cartagena (Solano, Ortega, Gaitán y Burbano, 1947) con pórticos de concreto en forma de C y bóvedas en sentido transversal que completan una imagen grácil, con amplias visuales sobre el diamante del juego. Y similar, años después, es el Hipódromo de Techo en Bogotá (Álvaro Hermida, 1957) cuyas cubiertas vuelan sin apoyo sobre los espectadores para darles sombra y permitir completa visibilidad sobre las pistas de carreras.

Un renglón en el que la arquitectura moderna colombiana fue muy productiva es la vivienda económica y colectiva. El Instituto de Crédito Territorial, el Banco Central Hipotecario, las cajas de vivienda popular y otras entidades públicas realizaron muchos barrios de altísima calidad, que contrastan con la penuria arquitectónica y urbanística de los actuales planes de vivienda. El Centro Urbano Antonio Nariño (1952) es un grupo de medianos y grandes bloques, donde aparece en Bogotá la propiedad horizontal y se reglamentan las limitaciones para transformar la propiedad. Por esta restricción estos conjuntos preservan su calidad original, lo que no sucede en los barrios de casas. La Unidad Hans Drews en Bogotá (Arbeláez, Pombo y Drews, 1962) crea un oasis magnífico, con jardines tranquilos y sobrios edificios, más todos los servicios tanto privados como comunales.

Es excelente el barrio de El Polo en Bogotá (1958), con casas de dos pisos en manzanas peculiares por su disposición esvástica que delimita espacios comunes –hoy desafortunadamente convertidos en estacionamientos para oficinas–, y otras de tres pisos, todas de severa factura y carácter. O el barrio Niza en Bogotá (1964) donde se alternan vías vehiculares con paseos verdes comunales, consolidado como uno de los mejores conjuntos de vivienda de la ciudad. O el Complejo Paulo VI en Bogotá (1968) y sus diversos sectores, con edificios sencillos pero correctos, y todos los servicios urbanos como una ciudad autosuficiente. Y el extraordinario Conjunto de la calle 26, Bogotá (Arturo Robledo y Ricardo Velásquez, 1965) con módulos escalonados encerrando una zona verde común maravillosa.

Se hicieron buenos edificios multifamiliares en Bogotá, como el Edificio Buraglia (Bruno Violi, 1946) donde prima el rigor constructivo y la elegancia clásica. En el primer piso había un amplio local para venta de automóviles y en el tercero los estacionamientos de los apartamentos que ocupan los tres pisos siguientes. Similar es el Edificio Rueda (Guillermo Bermúdez, 1955) formado por apartamentos dúplex distribuidos con precisión, el último piso remata con pérgolas y jardineras, y una fachada enchapada en piedra con exactitud y contundencia. Asimismo el Edificio Gibson (Enrique Triana, 1959), tiene un patio central y jardines laterales que permiten asoleación correcta en un predio abierto al sur, una forma límpida y sencilla, purismo excelso.

Hay agrupaciones sobresalientes de iniciativa privada como los apartamentos de Seguros Bolívar en Cartagena (Obregón & Valenzuela, 1967) con su forma en Z frente a la playa, corredores y viviendas abiertas al mar, frescura y detalles muy apropiados para su lugar. Pero el más importante de todos es el Conjunto Multifamiliar de El Polo, Bogotá (1961) en el que confluyen dos grandes: Guillermo Bermúdez y Rogelio Salmona. Son módulos trapezoidales que unidos generan una ligera curvatura, un generoso andén sobre la entrada y adentro un tranquilo jardín. Hay riqueza espacial en los apartamentos por la variación de alturas, el comedor hundido y arriba el salón, la chimenea girada y la escalera que sube a las habitaciones dominando todo.

Se hicieron casas valiosas pero casi todas han caído para dar paso en la actualidad a edificios de apartamentos que no dejan un centímetro libre. La mejor es la casa de Guillermo Bermúdez en Bogotá (1952), de sencillez apabullante lograda con talento y rigor. Un único espacio, alto y cubierto por dos bóvedas, una escalera purista que sube a las habitaciones y cuyos escalones flotan en el aire, un ventanal hacia el jardín interno y otro alto hacia la calle inundan la casa de luz y facilitan su relación con la naturaleza. Buenas casas se hicieron por estos años en todas las ciudades de Colombia, cito la casa Franco en Cali (Lago & Sáenz, 1956), otras más en Cali de Borrero Zamorano Giovanelli, o en Barranquilla, de Ricardo González Ripoll, que revelan cómo la arquitectura moderna, por medio de sombra y brisa, aleros, quiebrasoles o calados se adecúa en climas cálidos sin necesidad de aire acondicionado, con sostenibilidad y mucho confort. La casa de Rafael Obregón en Bogotá (1957) representante de un paradigma en los años 50 que consiste en grandes predios con garajes, cocinas y servicios amplios sobre la calle, enormes salones con jardines interiores y separados de las habitaciones, estas en un solo piso en predios grandes o en el segundo piso en predios menores, y siempre con arquitectura magnífica.

Hubo modernidad también en universidades, varias en Medellín, Barranquilla o Cali, pero destaco la Universidad Industrial de Santander en Bucaramanga (1953) por su espaciosa distribución de bloques sueltos, integrados por los lugares de reunión, auditorios, biblioteca y servicios. Son muchos los edificios de calidad, uno de ellos la Facultad de Economía en la sede Bogotá de la Universidad Nacional (1959), expresión del organicismo y producto de la colaboración de Fernando Martínez con Guillermo Bermúdez, con un recorrido lleno de sorpresas y dinámicas espaciales, luces indirectas y una hermosa biblioteca con calados en ladrillo que tamizan la luz y crean condiciones de recogimiento y estudio. O la Facultad de Enfermería de la Javeriana en Bogotá (Aníbal Moreno, 1965) con vigas pretensadas que alcanzan luces y voladizos atrevidos apoyados en pilares de ladrillo o concreto, con texturas características de su autor que contrastan con superficies blancas y lisas.

Hubo también muchas y bellas manifestaciones modernas en lo sagrado. Por ejemplo la Iglesia de Fátima en Medellín (Antonio Mesa, 1954), de planta en cruz con bóvedas parabólicas y una peculiar textura interna, enaltecida con vitrales, en una condición ya diferente de una catedral gótica. O varias iglesias de Juvenal Moya en Bogotá, como la capilla del Gimnasio Moderno (1954). Asimismo variados teatros y auditorios: un espacio cultural sobrecogedor para escuchar la música es el auditorio de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá (Esguerra Sáenz & Samper, 1963). Semeja un caracol por la manera como se ingresa en la sala, en tanto que sus paredes recubiertas con maderos suben hacia el techo para una perfecta acústica y semejar un templo musical.

En los clubes hubo también arquitectura selecta. Como el Club Campestre de Cali (Borrero Zamorano Giovanelli, 1954) y sus volúmenes horizontales y ligeros en medio de un paisaje exuberante. Otro tanto sucede en el Country Club o en Los Lagartos, en Bogotá, o en el Club Campestre en Cúcuta. Y también la hubo en fábricas y laboratorios. Destaco la Fábrica Squibb en Cali (Jorge Arango, 1953), una feliz síntesis de pureza volumétrica racionalista, la sensibilidad de un gran arquitecto y ante todo la funcionalidad para la producción industrial; los Laboratorios Abbot en Bogotá (Esguerra Sáenz Urdaneta & Samper, 1961-1963), de un brutalismo contenido en pabellones insertos en jardines y espacios apacibles; o la pureza extrema de los Laboratorios Vecol en Bogotá (Cuéllar Serrano Gómez, 1970), ejemplo excelso de lugares para el trabajo.

Con respecto a edificios de oficinas hubo muchos de calidad en varias ciudades que enriquecen nuestro patrimonio arquitectónico. Como el de Seguros Bolívar en la carrera Décima en Bogotá (1956) con un zócalo comercial bajo y arriba plantas libres, más el uso de todas las técnicas de luz, seguridad y confort. El Edificio del Sena en Bogotá (Esguerra Sáenz Urdaneta & Samper, 1956) que se soporta en cuatro columnas-árbol que sostienen el cuerpo, con una fachada equilibrada y solemne. De presencia refinada es el Edificio Ecopetrol en Bogotá (Cuéllar Serrano Gómez, 1957), ganador en la Primera Bienal Colombiana de Arquitectura. Se levanta sobre grandes columnas para liberar el paso al vestíbulo de ingreso, cada piso tiene planta libre con columnas y en el último la gerencia se distingue con un volumen abovedado que sobresale del cuerpo general. La Nacional de Seguros, en la plaza de Santander en Bogotá (Obregón & Valenzuela, 1960) tiene una fachada reticulada en concreto, un local bancario abajo y la escalera para subir al vestíbulo, luego los pisos repetidos, todo nítido, esencial y muy bien construido. Y es particular la Caja Agraria de Barranquilla (Fernando Martínez, 1961) por el uso del concreto e inmensos quiebrasoles que permiten que el edificio tenga frente sobre el paseo Bolívar en un clima tórrido.

Y entre la arquitectura orgánica, la expresión de mayor reconocimiento internacional para nuestra arquitectura, están las casas Ungar, Ochoa, Calderón, Santos y Wilkie de Fernando Martínez (años 60), planteadas como un recorrido en el que se tienen en cuenta la topografía, el sitio y las visuales sobre la Sabana, con muros que se curvan para definir ámbitos, conducir o enfatizar contrastes; una espacialidad que constituye un aporte a la arquitectura universal de aquellos años. El empleo del ladrillo, como algo integrado con los cerros bogotanos de donde se extrae este material, se condensa en el Refugio que hace Dicken Castro en su casa (1963); de sobrecogedora sencillez, con detalles y mobiliario en los que dialogan arcillas y maderas, interior cálido y reposado frente al hermoso paisaje circundante; como un Cabanon corbusierano.

Y con ladrillo se terminan torres, como el Banco de Crédito en Bogotá (Camacho & Guerrero, 1985) un aporte urbano por la plazuela sobre la carrera Séptima y la escalera que sube hacia la plaza de toros y un magistral manejo de los materiales. O las vecinas Torres del Parque (Rogelio Salmona, 1968) donde en vez de tres bloques insípidos surge un conjunto de gran riqueza formal. Mediante un módulo trapezoidal los cuerpos giran, en diálogo con la plaza de toros y sin interrumpir la visual a los cerros para construir apartamentos que observan los montes y la ciudad.

Hay gran sentido de modernidad en la renovación de la Plaza de Bolívar en Bogotá (Fernando Martínez, 1960) al resolver con ingenio el desnivel entre las carreras Séptima y Octava para formar una sola superficie. Impactó mucho la eliminación de las jardineras y mobiliarios anteriores pero se trataba de crear el foro de las manifestaciones cívicas, un espacio sublime enmarcado por la arquitectura histórica que lo rodea: la Catedral y el palacio arzobispal, el Capitolio Nacional y el Palacio Liévano; además del menos acertado Palacio de Justicia.

Y el proyecto más importante de la arquitectura moderna en Colombia: el Centro Internacional de Bogotá. Un conjunto concebido durante muchos años (1950-1970), con diseños de Cuéllar Serrano Gómez y Obregón & Valenzuela. Cada parte es soberbia, y todas comparten la plataforma peatonal y un estacionamiento inferior para más de mil carros, y así logran este nodo urbano, un referente del acervo cultural que debemos proteger.

4.

Si en el período anterior se dio la “época de oro” de la arquitectura colombiana (± 1950-1965) este segundo momento (1970-2018) comienza con un tiempo (1970-1990) menos brillante y escasas obras importantes, si bien las generaciones siguientes han resurgido con imaginación y en todo el país.

En la vivienda encontramos la casa de Jorge Rueda en los cerros orientales de Bogotá (1970) que prosigue con el ladrillo la vista, el manejo artesanal y sensible de los materiales, arcilla y madera, integrado con jardines y un juego de luces y sombras en espacios plácidos e íntimos. La Casa de la Queja, en el barrio San Antonio de Cali (Benjamín Barney, 1990-2000) ejemplifica cómo trabajar en barrios históricos. Una fachada sencilla integrada al entorno urbano y adentro los principios tradicionales de corredor y patio con materiales sobrios, manejados en sentido moderno y en medio de profusa vegetación con la que se logran aireación y frescura muy adecuadas para el lugar.

El Edificio Cusezar en Bogotá (Cuéllar Serrano Gómez, 1970) de excelente hechura: una nítida fachada con una retícula en concreto y, adentro, unos apartamentos mirando a la ciudad sobre el Gimnasio Moderno. El Edificio Colinsa en Bogotá (Fernando Martínez, 1969) tiene un muro cerrado por el sur y al oriente habitaciones escalonadas, hacia el poniente se abre hacia la Sabana con terrazas y ventanas muy horizontales. Llamativo es el quiebre geométrico entre los ventanales y el comedor del último piso, o esos muros que rematan la fachada para proteger la terraza superior. Y el Sendero del Chicó (Guillermo Bermúdez, 1979) cuya simétrica disposición alcanza trascendencia clásica, de pautas diagonales para los salones que sobresalen y los comedores atrás, todo con rigor y recio carácter.

El Edificio Avenida 82 en Bogotá (Ernesto Jiménez, 1995), distinguido en la XIV Bienal Colombiana de Arquitectura, presenta balcones profundos en la fachada y remates espigados en una composición armónica y de apartamentos luminosos. En la misma ciudad y del mismo autor (Jiménez & Cortés Boshell, 1990) el Conjunto Campoalegre compuesto por bloques que delimitan un jardín privado común donde hay silencio y recogimiento. O el Conjunto Parque Central Bavaria, Bogotá (varios autores, 1989) enmarcando una plaza pública mediante una rítmica secuencia de volúmenes en la parte alta y un aporticado comercial en el piso bajo. Es asimismo muy apacible la agrupación en la Avenida La Playa en Medellín (Ana Elvira Vélez, 2004), de apartamentos económicos de área libre y núcleos de servicios, con posibilidades adaptables a las cambiantes necesidades de una familia. Y de la misma arquitecta la Urbanización Atlántida (Medellín, 1996) con ingeniosas unidades escalonadas horizontal y verticalmente para acoplarse a la topografía, en tanto que cada entrada se marca gracias a su retroceso y un balcón en voladizo que la cubre. Y para terminar, ejemplos de vivienda, en Medellín el Edificio Guayacán de Aviñón 2 (2007) entre los muchos de Carlos Pardo y la firma Obranegra, de gran oficio, belleza y eficacia.

Entre las edificaciones universitarias sobresale el Edificio Lleras en la Universidad los Andes en Bogotá (Daniel Bermúdez, 1989, asesorado por su padre, el gran arquitecto Guillermo Bermúdez). Un lugar particular, un edificio terraza que casi no se ve pero que resuelve la entrada norte a la Universidad y conforma una plaza circular convertida en su nodo cívico. O la Sede Amazonas de la Universidad Nacional en Leticia (Santiago Moreno, 2007) que asimila sin pintoresquismos la arquitectura indígena: grandes cubiertas, atravesadas por las brisas pero hecha con materiales modernos, además, con una composición de volúmenes que genera espacios variados y para las condiciones climáticas del lugar.

En este período se hacen muchísimos colegios en todas las ciudades del país, e indudables aciertos de nuestros buenos arquitectos. Señalo el sentido experimental de las propuestas de Giancarlo Mazzanti, con el Kindergarten de El Porvenir, Bogotá (2009) y sus prismas dispuestos irregularmente pero integrados por una pérgola circular y otra quebrada para generar caminos y ambientes didácticos variados y en positivo contraste con el entorno popular donde sirve. O el Kindergarten Timayui en Santa Marta (2011) de bloques de tres aulas acopladas en torno al espacio central, con cubiertas muy inclinadas para refrescar el aire por efecto chimenea y dar confort a los niños.

De arquitectura religiosa cito la capilla para los Campos de Paz en Medellín (Laureano Forero y Rodrigo Arboleda, 1975), un despliegue sobre una grieta de luz central de elementos de concreto desplazados y ascendentes, como unas manos en oración en un ambiente de recogimiento y mística. La nueva Catedral de Sal de Zipaquirá (Roswell Garavito, 1992) es más pequeña que la vieja catedral pero igualmente grandiosa. Se ingresa por el camino del viacrucis con estaciones elaboradas sobre la roca salina; luces, colores y formas bien diseñadas llevan hasta la iglesia misma. Montaña horadada, pilares enormes, bóvedas y penumbra en un espacio espiritual. Y luminosa es la iglesia del colegio Los Nogales en Bogotá (Daniel Bonilla, 2001), en concreto finamente fundido y un muro lateral que se convierte en puerta de hojas enormes que se abren para integrarse con los patios, más mobiliario y elementos complementarios de refinado diseño.

Para instalaciones deportivas destaco la Unidad Deportiva de El Salitre en Bogotá (Camacho & Guerrero, 1970). Un coliseo de planta cuadrada dispuesto en diagonal para ubicar las graderías a los lados, en el medio la cancha con cubiertas inclinadas y una claraboya triangular superior que la ilumina. Años después se hizo en la misma ciudad el Centro Recreativo Compensar (Motta & Rodríguez, 1992), en el que llama la atención el edificio recostado a un lado y su organización longitudinal que articula la secuencia de las canchas. En tiempos recientes el grupo Paisajes Emergentes (Mazo Mejía & Callejas, 2010) diseña el Complejo Acuático en Medellín, piscinas para competencias con camerinos y servicios, en concretos a la vista y texturas especiales, más patios formando ambientes menores de luces y aireación convenientes.

En cuanto a la cultura, sobresalen el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional sede Bogotá (Eugenia de Cardoso, 1972), exterior escueto de paredes blancas cerradas, solo abiertas abajo en el vestíbulo y las oficinas, y adentro la espectacular sala como una espiral abanicada de madera, perfectas visuales al escenario y acústica correcta. La Biblioteca Virgilio Barco (Rogelio Salmona, 1999-2001) como un parque completo con senderos, terrazas y espacios de juego en medio de generosa vegetación. Se llega a través de patios amplios hasta una fuente escalonada monumental antes del ingreso. Adentro es un remolino circular con los servicios y la hermosa sala con aperturas hacia estanques exteriores; al lado los auditorios, áreas de exposiciones y cafeterías y en la cubierta un teatro al aire libre y, sobre todo, un paseo en contacto con el cielo y el paisaje bogotano. Del mismo autor es el Fondo de Cultura Económica en el centro histórico de Bogotá (2005): un pórtico sobre la calle continúa los paramentos coloniales y luego irrumpen patios internos, públicos, modernos y amplios. Luego el auditorio y la librería del fondo, y arriba un excitante recorrido para percibir la ciudad y los cerros.

Al Museo del Banco de la República (E. Triana y J. C. Rojas, 2001) se ingresa por la colonial Casa de la Moneda y el edificio republicano del museo anterior, atravesando épocas hasta llegar a patios modernos que se comunican con la plazuela sobre la esquina de la iglesia de La Candelaria en Bogotá. Una arquitectura prismática, elegante y pura con una escalera entre una ranura espacial que comunica las calles 10 y 11, o conduce a las salas de exposición. Y de similar pureza, dentro de la diversidad del repertorio moderno, el Pabellón del Café en uno de los patios del Museo Nacional en Bogotá (Leonardo Álvarez, 1999) se inserta con respeto en el viejo panóptico. Estructura de acero y vidrio, transparencia y contundencia en afortunado diálogo con las pesadas mamposterías de la cárcel, ahora convertida en urna de la cultura colombiana.

Se han hecho muchas bibliotecas en varias ciudades. Una es la Biblioteca de El Tintal (Daniel Bermúdez, 2000) de fuerte impacto social, un imaginativo reciclaje de compactadoras de basura transformadas en centro cultural para beneficio del occidente popular de la ciudad de Bogotá. Sus formas en concreto exhiben unos bolsillos cenitales que iluminan las salas de lectura con la sencillez y el rigor tectónico propio de su autor. Y en Medellín, la Biblioteca de San Javier (Javier Vera, 2005) de cuerpos escalonados de concreto, arquitectura sencilla y bien construida, amplias terrazas y una riqueza interior de variados niveles; o la Biblioteca de Belén (Hiroshi Naito, 2007) en un barrio central de la ciudad donde reconocemos la arquitectura tradicional colombiana y también la japonesa de la mejor calidad, maderas, formas simples, patios y estanques en una afortunada confluencia de dos herencias profundas fundidas en un proyecto moderno.

También reelaboran la tradición los proyectos en guadua de Simón Vélez, como el Pabellón Zeri, realizado para Hannover, Alemania (2000) y reconstruido en Manizales como propuesta de potenciar de modo moderno ese material ancestral de nuestras tierras cafeteras. Mediante inyección de concreto en las juntas se logran nudos resistentes y de gran belleza en composiciones geométricas clásicas de magnífica espacialidad. O el Parque Educativo en Vigía del Fuerte, municipio de Antioquia (grupo Taller Síntesis, dirigido por el arquitecto Farid Maya, 2013) que utiliza técnicas y materiales tradicionales elaborados en clave contemporánea. Resuena la índole de las casas vecinas, su sentido espacial y constructivo pero ahora con sofisticación profesional. Y el Edificio Ágora en Bogotá (Daniel Bermúdez y otros socios, 2017) un hito cultural que conjuga la sencillez formal del prisma con un rico interior que adopta la nueva tecnología, y potencia la comunicación y la expresión de nuestras gentes.

En la dimensión urbana, a finales del siglo XX y en este siglo XXI la arquitectura ha vuelto su atención sobre la ciudad para enriquecerla, para valorar el espacio público y concebir la arquitectura como irreemplazable aparato de construcción de ciudadanía. Representativo de esta visión es el paseo urbano de la carrera 15 (F. Cortés, 1995) entre la avenida Chile y la calle 100 en Bogotá, que reorganiza una calle comercial desordenada para construir andenes bien pensados, con mobiliario especial y renovada arborización. De igual forma la Carrera 14 en Armenia, dignifica los andenes y prioriza al peatón, sin carros estacionados encima, con circulaciones definidas, pisos bien pensados, arborización renovada, bancas y áreas de descanso, como lugares de acogida y comunicación.

La Plaza de los Pies Descalzos en Medellín (2000, de Pérez, Vélez, Spera y Uribe) es admirable por su sencillez y la diversidad ofrecida a los visitantes: adultos y jóvenes que reposan o se quitan los zapatos, y niños que juegan con chorros de agua o en la arena, diversidad lúdica de ámbitos y no un mero espacio libre, descanso y observación, buen diseño y urbanidad. Y son muchos los parques que surgen en Colombia, como el Parque del Agua en Bucaramanga (Lorenzo Castro, 2004), con cauces y estanques distintos e integrados a exuberante arborización, mobiliario y arquitecturas de preciosa factura. O el Orquideorama en Medellín (Plan B Arquitectos, 2006) componente de varias buenas obras en el Jardín Botánico, una sombrilla urbana con florecientes columnas de acero y madera, como árboles cuyas copas se abren al cielo con sentido tectónico y ecológicas sugerencias.

De mucho valor, dentro de numerosos proyectos urbanos hechos en todo el país, es la Ronda del Sinú en Montería (J. J. Parra y C. Villamil, 2005) que recupera una zona abandonada para transformarla en paseo con arte, quioscos, monumentos y feraz vegetación. Un sitio acogedor que convoca a todos en convivencia y solidaridad. O el proyecto piloto para la quebrada Juan Bobo (liderado por la Empresa de Desarrollo Urbano de Medellín, 2006) una renovación de gran escala que reconoce familias que ocupaban la ronda y, sin expulsarlas de allí, las traslada a nuevos edificios en la misma zona. Un proyecto integral de vivienda, espacio público, recuperación paisajística y equipamientos que articula el sector al resto de la ciudad.

Una iniciativa no realizada todavía es el Proyecto de los Ministerios, en el centro histórico de Bogotá (J. P. Ortiz, 2012), que identifica y respeta los edificios patrimoniales, integra el trazado urbano del sector y crea una ciudadela nueva con pasajes, patios y plazas internas que se tejen entre los edificios patrimoniales y acogen las actividades tradicionales que allí suceden actualmente, y arriba los bloques de las oficinas. Y como parte de un gran plan urbano para recuperar los tanques de agua en Medellín y convertirlos en parques y puntos de encuentro, con dependencias culturales y servicios a la población, se concretan varios, en diferentes topografías y sectores. Por ejemplo la Unidad de Vida Articulada (UVA) del barrio San Miguel (Colectivo 720, de M. F. Camargo y L. Tombé, 2014) donde los tanques cilíndricos determinan paseos y terrazas circulares, con espectaculares visuales sobre la ciudad y una espacialidad barroca de aspecto moderno y límpido. Manifestación de nuevas generaciones de arquitectos en espacios cívicos y lúdicos que enriquecen la ciudad.

* Arquitecto y profesor de la Universidad Nacional de Colombia.

Fecha de prublicacion: 
Martes, Mayo 21, 2019 - 11:45
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Una página importante de la cultura nacional Carlos Niño Murcia
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