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Los palacios de gobierno

La ciudad se compone de los elementos primarios, el tejido residencial y el espacio público. Es la estructura de la ciudad y de la sociedad entera: la res privata, vida personal, familia e individualidades, y la res publica, encuentros en la calle y la plaza, edificios públicos, la simbología trascendental, los monumentos, la administración y los servicios sociales.

Kevin Lynch reconoce en la ciudad senderos, límites, distritos o bordes y, sobre todo, los hitos que puntúan el espacio y orientan el recorrido y la topología urbana. Para Francesco Milizia estos mojones cumplen tres condiciones: a) ser de acceso público; b) tener una localización especial, frente a la plaza o como remate de una avenida, o por lo menos un ámbito que los hace más visibles, y c) ser construidos en materiales duraderos y con esmerada elaboración y decoro.

Según Michel Foucault, el poder se ejerce y también se representa. En sus edificios se realizan las funciones de administración, debates o manifestaciones, y a la vez, ellos impresionan por su imponencia y crean una imagen de los valores que consolidan la comunidad política. Para Hegel el punto superior de la sociedad es la creación del Estado, entidad superior que prevalece sobre las personas y sus intereses individuales, sobre los gobiernos y los partidos políticos, concretado en la Constitución, las leyes y las instituciones. En este complejo cultural y político la arquitectura es fundamental como manifestación y albergue de la humanidad civilizada.

El edificio público más importante de toda nación, y por supuesto también en Colombia, es el Capitolio Nacional, pero como este es visto de manera particular en este fascículo  no se incluye en este escrito; tampoco los de la ciudad colonial, sino solo los construidos desde nuestra independencia. Se destacan, entre varios, el Observatorio Astronómico y el Palacio de la Carrera en Bogotá, la Aduana de Barranquilla, o la Gobernación de Bucaramanga –similar a las de los varios departamentos como soportes de la construcción de la República. Para concretar estos proyectos se crea en 1905, durante el gobierno de Rafael Reyes, el Ministerio de Obras Públicas, después de los avatares y desencuentros del siglo XIX.

Con el fin de comprender los diferentes palacios de gobierno establezco de manera didáctica sus diversos momentos: los edificios clásicos de comienzos del siglo XX, los historicistas eclécticos de los años 30, los de transición a la abstracción moderna de los 40 y los modernos racionalistas, de 1950 en adelante.

A la primera modalidad corresponde el neoclásicismo. Se realizan gracias a los dineros recibidos como indemnización por el robo de Panamá y son el Palacio Nacional de Cali, el de Medellín o el de Manizales y luego el de Honda. El de Cali (Joseph Maertens, 1926-1933), sobre un costado de la plaza de Caycedo, tiene un basamento con sillería rústica en el piso bajo, luego dos niveles integrados por pilastras y finalmente un ático en mansarda que se interrumpe en el centro con un frontón triangular arriba y abajo el portal de la entrada. Su repertorio clásico pretende solemnidad y presencia, en una composición integral que cumple la doble función de albergar y representar el poder mediante un recorrido jerárquico que comienza desde la vista distante y su secuencia espacial a través de ejes: gran portal, vestíbulos, escaleras, patios y grandes salones, más las dependencias anexas de oficinas y servicios.

Semejantes son el Palacio Nacional y la gobernación de Antioquia (ambos en Medellín y del arquitecto belga Agustín Goovaerts, 1926-1929), el primero, convertido hoy en un centro comercial, pero que preserva su aspecto masivo y algo románico, un ingreso esquinero con columnas y arcuaciones de piedra de esmerada factura, además de patios con columnatas en varios niveles. La segunda tiene apariencia neogótica y hermosos detalles, si bien ha sido opacada por el paso del metro elevado. O el Edificio Nacional en Manizales, con su fachada clásica y un torreón rematado por una cúpula sobre la esquina donde se dispone la entrada, sobre el eje diagonal un patio comunicado con dos patios laterales rectangulares y al fondo la escalera en una disposición que se haría muy corriente.

En una escala más pequeña, el Edificio Nacional de Honda logra la idea de majestad en ciudades menores y con edificaciones más modestas, aunque también imponentes y conspicuas. Tiene una entrada esquinera, algo recurrente para predios pequeños, con un arco de medio punto con sillería resaltada en la parte baja y arriba un frontón circular rebajado como remate. Del hall se toman los corredores y la escalera que irrumpe sobre los patios, con tres niveles de oficinas y todo dentro del repertorio ya enunciado.

La segunda manera (años 30 y 40) despliega un lenguaje aún clásico pero ahora más ecléctico e historicista, mezcla elementos art nouveau, deco y hasta premoderno con remanentes clásicos. Lo vemos en ciudades históricas como Cartagena, Popayán o Tunja, pues se considera que el lenguaje historicista es apropiado para estos entornos patrimoniales. El Edificio Nacional de Popayán tiene un basamento en piedra, luego dos niveles con una expresión adusta, remata en una repisa que marca el tercer nivel con ventanas continuas y al final la gran cornisa y el ático. El volumen tiene como fulcro una torre ante una plaza abierta que recibe a la población antes de ingresar al edificio. Es destacable el vestíbulo, con doble escalera y elementos clasicistas muy elaborados, en maderas labradas y finas, yeserías y molduras.

Es curioso el Palacio Nacional de Tunja, bastante ecléctico y nada colonial, pero fue demolido, y aún más lo es el Palacio Nacional de Neiva, en un estilo morisco-opita. Exhibe arcos de herradura resaltados por la bicromía de la sillería, capiteles expresivos en el pórtico, a manera de cornisa un juego de ladrillos escalonados de índole mozárabe y la delicada torre, como un minarete con una terraza superior y pronunciados aleros que terminan en una cúpula. Un aspecto exótico con destacada presencia para las pragmáticas funciones administrativas.

Se reconoce un tercer momento de transición entre estos historicismos y la arquitectura moderna con aspectos de ambos lenguajes. Persiste la simetría y el acceso central –o esquinero– a un gran vestíbulo donde se toma la secuencia de patios, escaleras y estancias principales pero ya con mayor sencillez y progresiva presencia del concreto. En muchos se ven pilastras y remates, si bien ya no moldurados, como por ejemplo el Palacio de Justicia de Bucaramanga, con su distribución simétrica clásica por el cuerpo central sobresaliente y dos alas laterales dentro de una sencillez radical. O el Edificio Nacional de Cúcuta (Alberto Wills Ferro, 1937), donde sobresale un cuerpo central cuyas alas ya tienen ventanas horizontales y continuas, con esquinas redondeadas; sin embargo, su planimetría es clásica: un gran rectángulo con un volumen que lo atraviesa para definir dos patios en una composición simétrica.

En el Edificio Nacional de Túquerres (Ernst Blumenthal, 1941) se abandona la simetría, en un lado están los correos y en el otro las oficinas, mientras que en el vértice de la L un cuerpo vertical señala el vestíbulo y las escaleras. Ya no es, pues, organización clásica,  sin embargo comparte con los anteriores la idea de concretar un elemento significativo para la cohesión política de la sociedad. En esta misma transición, el Edificio Nacional de Pasto (Bruno Violi, 1939-1944) es un magnífico encastre de un cuerpo bajo para los correos y telégrafos más un volumen alto para las demás dependencias.

El cuarto lenguaje es ya radicalmente moderno y surge hacia 1950. El Edificio Nacional de Venadillo (de Francisco Pizano, con Guillermo Bermúdez, 1948) impacta por la novedad de su repertorio: cuerpo bajo con tres bóvedas de concreto y un prisma mayor levantado sobre pilotes para señalar el ingreso principal; despliega grandes ventanales, calados y formas prismáticas atravesadas por las brisas y protegidas por sombras profundas dentro de gran sencillez y transparencia. Es también moderno el Edificio Nacional de Montería, con esbeltas columnas sin capitel ni basamento, en tres pisos de carácter regular y sobrio.

El edificio que refleja con contundencia este nuevo lenguaje es el Edificio Nacional de Barranquilla (Leopoldo Rother, 1946-1952). Se levanta sobre plataformas elevadas a donde sube la población a participar de un foro cívico que domina el paisaje, como un bloque de cuatro niveles y repetitividad mecánica. Todo es permeable y ligero: grandes columnas cilíndricas, ventanas moduladas, calados y persianas, escaleras de concreto que sobresalen del volumen y parecen levitar sin apoyos y, como remate, las bóvedas de la cubierta. Expone los materiales en su escueta naturaleza y perfora las formas para permitir las brisas con un sentido muy diferente al encerramiento del viejo clasicismo.

Esta síntesis concluye con edificios modernos, ahora en cuerpos elevados, como es el caso del Palacio Nacional de Manizales (Carlos Martínez y Eduardo Londoño) donde se combina un volumen bajo con una torre de 11 pisos; o la Gobernación de Valle del Cauca en Cali, frente a la plaza de San Francisco (Camacho & Guerrero) que sirve de atrio de una torre sencilla y potente como símbolo nuevo de la sociedad y su gobierno. Todos confirman que la arquitectura es fundamental en la construcción de la sociedad, para darle cohesión política y cultural, para estructurar la ciudad y la comunidad mediante obras asociadas con la grandiosidad de la república romana como imagen de poder civil.

*Arquitecto

Fecha de prublicacion: 
Miércoles, Mayo 16, 2018 - 14:00
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