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El Capitolio Nacional

A finales del siglo XVIII, los solares de la manzana sur de la plaza mayor de Santafé estuvieron ocupados por edificaciones como la residencia de los Virreyes, el Cuartel, el Tribunal de Cuentas, la Cárcel de Corte, la Real Audiencia, las escribanías y caballerías. En este período hubo varios intentos infructuosos por parte de diferentes virreyes para reemplazar dichas dependencias por una edilicia que albergara “los principales organismos del gobierno colonial”. Esta búsqueda se prolongó hasta después del proceso de Independencia de la corona española y las edificaciones continuaron siendo empleadas para el desarrollo de las actividades administrativas de justicia y gobierno −propias de los poderes ejecutivo y legislativo de la incipiente república−. Posteriormente, con la conformación del Congreso de la República en 1821 y con esta, la Constitución de Cúcuta, se hizo aún más necesario contar con una edificación donde sesionaran las cámaras del Congreso y del Senado.

En 1834 se autorizó al poder ejecutivo la contratación de un arquitecto para que diseñara el edificio que albergara todo el andamiaje administrativo de la república. Tras varios intentos fallidos para dar solución a lo ya aprobado, el Congreso expidió la Ley 3 de marzo de 1846, que aprobaba la anhelada construcción. Para tal efecto, el ejecutivo procedió a destinar la manzana sur de la plaza mayor de Bogotá y una cuota anual fija del tesoro nacional para su ejecución. El entonces general Tomás Cipriano de Mosquera, quien se encontraba al frente de su primera presidencia de la Nueva Granada, recibió desde Caracas y de parte del ministro Manuel Ancízar, la noticia de haber hallado a un arquitecto llamado Thomas Reed que estaba en la capacidad de proyectar y dirigir las obras de una edificación de la naturaleza de un palacio nacional y en disponibilidad para viajar a Bogotá.

En agosto de 1846 y desde Caracas, Reed firmó un contrato en el que se le asignaba el cargo de "arquitecto Director Superintendente de obras públicas" y que adicionalmente incluía la enseñanza de clases de arquitectura a los alumnos de la Escuela Militar en Bogotá. Meses después, abandonó Venezuela y se dirigió rumbo a Bogotá para dibujar un “plano en grande destinable a palacio de gobierno con sus elevaciones y secciones” y acompañado de las condiciones arquitectónicas y estéticas de la obra. Su arribo a Bogotá se dio en noviembre de 1846.

El inicio de las obras del capitolio

La inauguración de las obras del capitolio se dieron el 20 de julio de 1847, en la esquina suroccidental de la plaza mayor de Bogotá y contó con la presencia del máximo jefe de estado, los secretarios de estado, el arzobispo Manuel José Mosquera, el arquitecto Reed y algunos ciudadanos. En el actual primer patio del capitolio se encuentra una placa en bronce y en relieve, realizada en 1881 por Ferdinand von Miller, que representa ese primer momento en que Reed sostiene el “plano original” que contiene la fachada y la planta del capitolio. En aquel acto, en los cimientos del capitolio, quedó enterrada una urna de cristal que contenía algunas monedas de la época y un documento con los nombres de los participantes.

Las primeras obras consistieron en la demolición de las edificaciones antes mencionadas. Situación que durante toda la segunda mitad del siglo XIX dejó sin sedes fijas a varias instituciones del gobierno republicano como la Cámara de Representantes que como sede para sus sesiones ocupó espacios como las galerías Arrubla. Tanto el contrato para realizar los trabajos de demolición como el encargo para la construcción de los cimientos, terraplén y zócalo se adjudicaron a José María Arrubla. Hacia 1850, el entonces presidente José Hilario López aprobó el traspaso de dicho contrato y la terminación de las obras a Juan Manuel Arrubla, cuyos costos superaban por mucho el presupuesto inicial.

El proyecto original del capitolio

Los planos del proyecto original del capitolio desaparecieron en algún momento del siglo XX y solo se conserva una transcripción del discurso conceptual que Reed elaboró para sustentar sus dibujos. Es probable que el proyecto contara con un plano para los cimientos, terrado y zócalo, otro para el basamento, un tercer dibujo para el primer alto y un dibujo con los cortes transversal, longitudinal y las fachadas principal y posterior. Estos documentos fueron empleados por los arquitectos que dieron continuidad a la edificación para el seguimiento de las obras incluso después de la partida de Reed hacía el Perú y hasta finales del siglo XIX.

El proyecto original del capitolio fue una construcción simétrica, en piedra labrada, ladrillo, cal, arena lavada y agua, con unos cimientos subterráneos y dados para las columnas; un terraplén como base, acueductos subterráneos y canales intermurales. De implantación cuadrada y proporciones rectangulares, un primer y segundo alto debían ajustarse en la totalidad del solar designado. En el eje central de la fachada se erigió tanto el acceso principal del cual se desprendían dos “cuerpos iguales sobre cada lado del edificio” como dos grandes salones para que sesionaran los representantes de las dos cámaras y la residencia del presidente con un acceso privado que daba a una calle secundaria. En la esquina suroccidental del segundo alto se localizó el espacio destinado para la Corte de Justicia y en el extremo opuesto, en la esquina suroriental, el Tribunal de Cundinamarca. En la volumetría el capitolio no pretendió sobrepasar la altura de la catedral que durante mucho tiempo se constituyó como el edificio más alto de la ciudad. El capitolio también conservó “sobriedad y serenidad” con las amplias horizontales de todos los contornos y sin pensar en portar en ninguna de sus cámaras el remate de una bóveda o cúpula, sino superpuestas, dejando el espacio intermedio para las barras o circulaciones. Reed propuso una fachada principal con un gran pórtico central soportado por seis filas de columnas jónicas con sus remates en volutas. Sobre este se proyectó un frontón rebajado y centrado. Dos patios en los extremos norte y sur daban hacía las fachadas que se abrían al pueblo. El primer patio estaba compuesto por “un bosque de columnas jónicas” que permitía el paso de luminosidad hacía las fachadas interiores del edificio y la interacción del pueblo con el bosque mencionado. El segundo patio daba a las caballerizas y apuntaba al observatorio astronómico. Igualmente, sobre la fachada, después de la columnata, se proyectó una imposta que cubría los dos pisos y separaba los cuerpos de ventanas enmarcadas de los dos altos.

Dada la probabilidad de contacto en la Bauakademie entre Reed como alumno y Schinkel como profesor, es también factible que durante su estancia en Berlín, Reed presenciara el proceso de construcción (entre 1831 y 1836) del “Atlas Museum”. Las similitudes de esta última edificación con el capitolio colombiano son innegables y en menor medida frente a otras edificaciones en Europa y EE.UU., como el capitolio de Ohio de Thomas U. Walter, construido hacía 1847. En términos generales, el proyecto de Reed pretendía dar cabida a todo el aparato administrativo de la Nueva Granada y para ello decidió acudir a los órdenes clásicos, como el jónico, presente en muchos de los elementos arquitectónicos descritos.

“El enfermo de piedra” en los siglos XIX y XX

La construcción del capitolio se convirtió en un laboratorio de arquitectura e ingeniería. Contó con la práctica y trabajos in situ de los alumnos de la escuela práctica de oficiales en construcción y los conceptos adquiridos en la cátedra de arquitectura, teoría y práctica de los alumnos de la Universidad Central. Adicionalmente, en las obras participaron canteros y albañiles de otras provincias de la república. Algunas fotografías de la segunda mitad del siglo XIX dan cuenta de los avances de las obras del capitolio: una imagen de la década de 1880 muestra el muro de cerramiento que se erigió en 1851 para que bordeara el solar completo, e incluía los cimientos o dados de las bases de las columnas del edificio; un registro de 1895 muestra la terminación de la fachada, escalinata, conformación del patio norte, columnas jónicas, volutas y frontis −terminados en fachada más no en la segunda y tercera fila de columnas−. Debido al statu quo de la república, y concretamente a los diferentes estallidos de las guerras civiles, se interrumpieron los avances de las obras del capitolio. A finales del siglo XIX el muro occidental del capitolio presentó fallas estructurales que hicieron dudar de la calidad de ejecución de los cimientos que estuvieron a cargo del maestro Francisco Olaya. Este problema salió a la luz una y otra vez desde 1851 hasta el año de la terminación del edificio en 1911.

El capitolio recibió el nombre de “enfermo de piedra” debido al interminable proceso constructivo generado por las múltiples interrupciones que ocasionaron los enfrentamientos civiles, la falta de fondos, los incumplimientos en los contratos y los problemas técnicos que se extendieron desde 1850 hasta las primeras décadas del siglo XX. Periodo en el que intervinieron en los diferentes frentes constructivos arquitectos como Francisco Olaya, Pietro Cantini y Alberto Tanco Borda, carpinteros como Emilio Froes y el artista Mario Lambardi.

Bibliografía

Archivo fotográfico de Ecuador. Thomas Reed. 1872. Fotografía de Pedro José Vargas.

Corradine Angulo, Alberto. Historia del Capitolio Nacional de Colombia. Bogotá, Editorial Escala, 1998.

Ortega Díaz, Alfredo. Arquitectura de Bogotá (facsimilar). Bogotá, Ediciones Proa Ltda, 1988.

Saldarriaga Roa, Alberto; Ortiz Crespo, Alfonso, Pinzón, José Alexander. En busca de Thomas Reed. Arquitectura y política en el siglo XIX. Bogotá, IDPC, 2017.

Fecha de prublicacion: 
Miércoles, Mayo 16, 2018 - 11:45
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