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Arquitectura y paisaje en la Sierra Tairona

QUIZÁS EL SITIO arqueológico más célebre de Colombia –uno de los cientos que aparecen en la Sierra Nevada de Santa Marta– se conoce como “Ciudad Perdida”. Este apelativo resulta engañoso, pues hace parte de la vida de los actuales indígenas de la Sierra, quienes lo conocen como Teyuna y reclaman los vestigios tairona, sus saberes y sus objetos como legado de sus antepasados. En los registros históricos coloniales, cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo o Fray Pedro Simón, describen estos “crecidos pueblos de indios” y el oro que allí se encontraba, el que dio origen a una práctica de saqueo que llega hasta nuestros días. Atrajo a numerosos guaqueros, de los que se reporta que conformaron un “sindicato” con más de 2.000 miembros cuando, a mediados del siglo xx, llegan a la zona miles de colonos desplazados por la violencia desde el interior del país. Estos usaron la extensa infraestructura lítica como materia prima para construir sus casas, sus trochas y sus sitios de cultivo. Así, heridos por la guaquería y en muchos casos dislocados por la colonización los encuentran los arqueólogos en la década de 1970. Se sabe hoy que el proceso de construcción progresiva de esta red de basamentos líticos comienza alrededor del año 650 1  y estaba en pleno dinamismo cuando llega la invasión colonial en el siglo xvi. Extrapolando datos de los pocos asentamientos estudiados, se calcula, conservadoramente, que pudieron albergar una población de alrededor de medio millón de habitantes, entre los que se hablaban varias lenguas (de las que hoy sobreviven tres), organizados en lo que los europeos caracterizaron como una federación de “provincias” con autoridades centrales. En la esquina formada entre las cuencas de los ríos Palomino, en la vertiente norte del macizo, y Fundación, en la sur occidental, se presenta un continuo de infraestructura lítica que configura una red de asentamientos (hasta hoy registrados 245): “Los pueblos pasaban de mil, con caminos enlosados de a cuatro y seis leguas”, nos cuenta Simón 2 . Su tejido evidencia una forma particular de organización urbana, que no es precisamente ni nucleada ni lineal, sino que se entrelaza formando una malla, como lo denota el sitio de Teyuna3 .

Al recorrerlo, lo primero que salta a la vista es la dificultad para identificar sus límites, pues el entramado de terrazas, muros de contención y caminos en piedra con los que se entreteje va perdiendo densidad pero no desaparece del todo, hasta que va aumentando nuevamente para configurar un nuevo “sitio” o asentamiento. Quizás lo más impactante es cómo este vasto continuo de basamentos líticos se abraza a la abrupta topografía siguiendo la forma misma de las laderas y creando una segunda geomorfología que –manteniendo el mismo lenguaje de formas sinuosas– se superpone a las agudas pendientes y los angostos filos.

Este tejido de piedra narra, ante todo, una relación con el paisaje. Primero, es evidencia del manejo de la topografía a partir del cual se organizó el poblamiento. Da cuenta de lo que hoy podríamos considerar un “ordenamiento territorial” (seguramente sin el carácter obsesivo e instrumental del sentido de “orden” moderno). Así, en la parte media y alta de las cuencas de los ríos de la Sierra Nevada, donde el relieve es más abrupto y los valles más profundos, se privilegian los filos y las zonas de pendientes medias para la construcción de los poblados. Las vegas y las planadas no presentan evidencia de terrazas habitacionales ni de equipamiento urbano, allí se encuentran vestigios de canalización o de drenaje lo que indica que en la parte alta de las cuencas las escasas áreas planas se usaban para cultivo, no para vivienda. Por su parte, las laderas de mayores pendientes tuvieron usos forestales y estaban, como las describe Simón, recubiertas de “arboledas, casi todas frutales y de madera…” 4  protegiendo así las vegas fértiles y los deslizamiento y erosión.

En la parte baja de las cuencas y en la zona costera, donde el relieve es más suave, se observa otro patrón. Aquí los asentamientos abandonan los filos y se emplazan en los planos, dejando de todas maneras las vegas fértiles de los ríos como zonas de cultivo. Según las prospecciones arqueológicas preliminares, en la parte media-baja y baja de las cuencas, donde la topografía es más favorable, aparecen los asentamientos más importantes: los “más principales de aquella provincia” como Pocigueica o Tairona, éste último situado, de acuerdo con Simón 5 , no lejos de la desembocadura del río Don Diego. Es posible, así, que el sitio conocido como “Ciudad Perdida”, sin duda el de mayor importancia en el alto Buritaca, haya estado conectado con sitios de mayor envergadura en la cuenca media-baja del mismo río.

Además de establecer esta relación con la tierra y la topografía, la infraestructura lítica configura una relación particular con el agua. Primero, con los ríos, en la medida en que la red de asentamientos se entreteje a lado y lado de los cauces, con numerosos puntos de cruce, donde, seguramente, hubo puentes construidos con materiales perecederos (cuya tecnología subsiste en alguna medida en los puentes de madera y liana tejidos por indígenas actuales). Las cuencas de los ríos, seguramente fueron, como siguen siendo hoy, eje de la vida social y simbólica de las poblaciones. A lo largo del continuo cultural chibcha, del que hacen parte los pueblos históricos de la Sierra Nevada de Santa Marta, el cauce de cada río es un distintivo central de pertenencia que organiza los territorios verticalmente, aprovechando la multiplicidad de climas y ecosistemas resultantes de la variación altitudinal en las cordilleras tropicales.

La tecnología lítica evidencia también el manejo de escorrentías, pues los caminos y muros de contención tienen además como función canalizar, y mediante giros en la topografía, drenar y dirigir las aguas lluvias. Su funcionalidad, así como la de los canales de desagüe, se basa, no en el principio de contener la fuerza del agua sino en el de jugar con ella y reorientarla, evitando la erosión.

Esta infraestructura atestigua, sobre todo, una relación especial con la piedra misma. La “roca madre” se aprovecha muchas veces, dándole forma, para los muros de contención, los pasos de los puentes y caminos y para conformar escaleras, puentes y canales. La piedra en bloques de diversos tipos fue la clave para construir los muros a la manera de gaviones dinámicos de “tierra armada”, con los que se construyen las terrazas y contenciones. Pulida en lajas, sirvió para adoquinar plazas con “limpieza y curiosidad como la tenían en los patios enlosados de grandísimas y pulidas piedras, con sus asientos en lo mismo, como también los caminos de lajas de a tercia” como los describe Simón 6 . Las rocas, talladas y a veces inscritas, se usan además para indicar sitios de importancia (como la llamada “piedra del mapa” en Teyuna). Evocan el uso de las piedras entre los actuales pueblos de la sierra, con las que señalan los sitios de observación astronómica, los de meditación y “adivinación” o los que conectan visualmente los lugares de la vida cotidiana con los picos y los filos que configuran los hitos sagrados del territorio.

La urdimbre de terrazas y asentamientos esta entretejida por caminos de piedra, que presentan características diversas en cuanto a su ancho, la calidad de su cimentación en piedra, el terminado de las lajas y escalones y lo que hoy llamaríamos las “obras de arte”: las canalizaciones, drenajes, elevaciones, puentes de lajas de piedra. Nos hablan así de una jerarquía de rutas que se puede leer tanto a nivel del asentamiento como del conjunto. El sector central de Teyuna se desarrolla linealmente sobre el filo teniendo como eje una calzada escalonada de tres metros de ancho. De allí, una serie de caminos principales interconectan el sitio y lo comunican con el páramo y la nieve, con las cabeceras del río, con las cuencas afluentes, con el bajo Buritaca y con los cerca de 30 sitios que se funden –precisamente por medio de la red de caminos– en una suerte de conurbación en el alto Buritaca y sus afluentes.

Cuando describe el sitio de Tairona, Simón nos dice que “aunque pajizo era de casas bien fundadas y curiosas” y en una de sus plazas “tres grandes caneyes o bohíos, tan capaces que podían alojarse en cada uno con comodidad trescientos soldados y de ahí para arriba porque eran aposentos de su rey…” 7 . Para imaginar la arquitectura de las casas y “caneyes” se cuenta con dos referentes. Por una parte, los basamentos líticos nos muestran que las edificaciones, casi todas redondas y ovales, se erigieron sobre zócalos de piedra que amarran las columnas de madera, llegando a cubrir grandes luces. Por otra parte, la arquitectura indígena contemporánea en la América tropical nos muestra la diversidad de tierras, maderas, lianas y palmas usadas mediante ingeniosas técnicas constructivas y soluciones estructurales que juegan con la flexibilidad y el dinamismo de los materiales. Además, son arquitecturas que, como en el caso de las casas y poblados indígenas actuales en la Sierra Nevada, se construyen “en acuerdo” con el bosque y el entorno 8 , por lo que más que “conservarlo”, son factor de su reproducción.

Si tomamos la infraestructura lítica como dispositivo heurístico para aproximar la orga-nización social de sus habitantes, resaltan dos aspectos. Primero, la inexistencia de perímetros marcados en el continuo lítico contrasta con el carácter “discreto” de la espacialidad moderna y refleja el carácter fluido que seguramente tuvieron las soberanías y las fronteras. Expresa una territorialidad abierta, donde los bordes no se crean trazando líneas excluyentes sino manteniendo áreas porosas.

Segundo, el trabajo en piedra revela un sistema de jerarquías: sobre el filo aparecen las terrazas más amplias y elaboradas a los lados de una amplia calzada, sin duda el eje central del asentamiento. A su vez, en cada uno de los grupos de terrazas o “sectores” se aprecia un área central. Así, las jerarquías en el asentamiento adoptan la estructura de una serie de nodos que se conectan entre sí y con un nodo central. La misma estructura se aprecia también a escala de la parte alta de la cuenca. Esta organización nos habla de una sociedad con una jerarquía compleja y a la vez horizontal, como lo muestra el que la mayoría de la población habitara asentamientos con claras características urbanas, denotando un acceso democratizado a los beneficios de la infraestructura.

Esta extensa red de vestigios líticos que materializa la relación de este pueblo con los paisajes tropicales, contrasta con la forma moderna de ocupar la Sierra Nevada. A pesar de que hoy está mucho menos poblada que en el pasado, aparece golpeada por la erosión, las basuras y la sequía. Por ello, es quizás más importante que nunca que escuchemos, para pensar en el futuro, lo que cuenta este sorprendente tejido de piedra. 

Referencias

1 ICANH, 2009. Parque arqueológico Teyuna - Ciudad Perdida. Guía para visitantes. Bogotá, ICANH-GHF . Volver arriba

2 Simón, Fray Pedro, 1981. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme, tomo vi . Bogotá, Biblioteca Banco Popular, p. 272. . Volver arriba

3 Serje, Margarita, 1984. “Organización urbana en Ciudad Perdida”. En: Cuadernos de Arquitectura No. 9. Bogotá, Editorial Escala. . Volver arriba

4 Simón, op. cit., p. 285. . Volver arriba

Ibídem, p. 14. . Volver arriba

6 Ibídem, p. 285. . Volver arriba

7 Ibídem, p. 14. . Volver arriba

8 Londoño, Juana, 2012. Arquitectura y bosque en la Sierra Nevada de Santa Marta. Bogotá, Edición Juana Londoño. . Volver arriba

Fecha de prublicacion: 
Domingo, Noviembre 19, 2017 - 16:45
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